miércoles, 24 de abril de 2013

Un encuentro inesperado con Borges

por Mauricio Vallejo Márquez

Borges me conocía. O quizá mejor dicho, yo conocía a Jorge Luis Borges. Ese maravilloso escritor que desde la oscuridad de su mirada de luz pronunciaba sílabas tan excelsas. Y yo frente a él apenas podía decirle que me encantaban sus versos, sobre todo el Poema de los dones. Él apenas se inclinaba y con sus manos sobre su bastón apenas dejó que su sonrisa procurara arquearse.
-Sigue... - me dijo.
-Hasta ahí me lo puedo -le contesté
Su sonrisa se pronunció aún más en medio de la penumbra. Ya de por sí la habitación parecía una inmensa sombra en la que apenas me dibujaba. Sólo veía al maestro argentino, su saco, las mangas blancas, su bastón, la corbata impecable y la blancura de su cabello.
-Entonces no lo conoces -rompió el silencio.
Y empecé a revisar en mi memoria los versos y apenas algunos saltaban, no había esa infinita biblioteca ciega para que fuera auscultada en mis ojos sin bastón. Como todo sueño que poco a poco se afirma para luego esfumarse como la neblina. Era la primera vez que soñaba con un escritor, a parte de mi padre.
Mientras Borges con toda su serenidad comenzó a afinar cada palabra con su vos hasta que los completó:
-”Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido”
.

Y tras eso sólo el silencio. A volver a sus libros y volver a esculpir esas maravillosas letras en mi mente por el sólo gusto de conocerlas, repasarlas, pronunciarlas. Hasta que me lo vuelva a encontrar y no me quede en silencio.

lunes, 8 de abril de 2013

El sábado presento Bitácora


por Mauricio Vallejo Márquez

Bitácora fue escrito en un cuaderno cuadriculado. En las páginas que me sobraron cuando curse Historia I con Ricardo Rivera Salas en la UCA. Lo tenía forrado con negativos del Suplemento Cultural 3000 y portadas sobrantes de un plaquette que publiqué en el 2000 llamado Cantar bajo el vidrio.

Recuerdo bien el día en que lo comencé a escribir. No estoy seguro de la fecha exacta, sólo sé que era el 2008 antes de agosto. 

Había escuchado hasta la saciedad el poema de Whitman que hablaba del Capitán, así como de Dios. En ese poemario todos mis mundos habitaron un inmenso océano donde el mar está vivo y me habita.
El libro fue impreso en noviembre de 2012, pero hasta este año fue ensamblado. El día en que me dieron los paquetes no lo creía. Y aún viendo los paquetes frente a mí sigue siendo mágico. Es un libro al que le dedique muchas horas de trabajo y mucho corazón.


Esa tarde la idea surgió de la palabra capitán, que ya antes Walt Whitman la lleva a la altura en su trabajo. Sin embargo el capitán del barco en mi libro puede ser visto de dos formas, así como el resto de sucesos que se desarrollan a lo largo del poemario en donde el  mar canta, así como los naufragos, los muertos y las familias de estos. Bitácora somos nosotros, es lo que hemos vivido.

Bitácora es un sueño. Es un libro que trabajé mucho y en el que he dejado el alma. Es uno de los poemarios que más he disfrutado escribir, corregir y ahora presentar. Agradezco mucho el apoyo de mi tía Marlya Vallejo en este proyecto porque no sólo ha creído en mí sino que ha sido una importante columna en mi vida, quien ha sido como una madre para mí; así como las generosas palabras de mi amigo Edgar Daniel Quisquinay en la introducción, al buen análisis que me ha hecho mi padre mítico Alfonso Velis-Tobar, así como su incondicional apoyo en estos años. También a mi primo Francisco Asís Márquez por el diseño de portada y contraportada, que siempre es un lujo contar con su talentoso trabajo. Y cómo no agradecerle por el apoyo al buen amigo Bilal Portillo para que su presentación se desarrolle en la Asociación Cultural Islámica Shiíta de Islam En El Salvador, con quien compartimos no sólo temas en común sino una edificante amistad. También agradezco a Cesar Ramírez Caralvá por sus atinados consejos y su amistad, y a Carlos Clará porque no sólo compartimos poesía y amor por los libros sino por la complice amistad de abrirnos paso en un mundo que requiere más libros, a ambos les agradezco por apoyarme con sus comentarios el día de la presentación, este sábado 13 de abril a las 6:30 pm.

Este es mi primero libro de poesía editado. Antes había presentado los plaquettes Tiempo en la Marea (en coautoria con Rafael Mendoza López), Cantar bajo el vidrio, La Casa, El Último Salmo y Cuentos de Ocio, también un libro de relatos: La decisión, la venganza y otros cuentos, sin embargo este tiene mi vida en cada verso. Es como presentar el hijo favorito de uno.

Todos están invitados a formar parte de este canto del mar que se resume en una humilde Bitácora.



 INVITACIÓN
La Asociación Cultural Islámica Shiíta de El Salvador y Ediciones la Fragua tienen el honor de invitar a la presentación del libro Bitácora del poeta y escritor Mauricio Vallejoo Márquez.
La presentación estará a Cargo de César Ramírez (Caralvá) quien es escritor, antropologo y fundador del Suplemento Cultural 3000, y Carlos Clará que es poeta y director editorial de Índole y Aura.
Bitácora es el primer libro de poesía de Vallejo Márquez y consta de 29 poemas en el que el Mar se muestra vivo.
"Bitácora es todo un canto simbólico del mar", afirma  el poeta y académico Alfonso Velis Tobar sobre el libro.
La presentación se desarrollará en la Asocación Cultural Islámica Shiíta de El Salvador que se encuentra ubicada en Colonia y Calle Centroamerica #122, San Salvador a partir de las 6:30 pm. Abajo de estas líneas pueden observar un mapa que les ayudará a llegar.

viernes, 5 de abril de 2013

Esas tardes de Bohemia

por Mauricio Vallejo Márquez


Don Luis amaba a poesía y los libros. Por años procuró mantener viva una iniciativa llamada la Bohemia, que procuraba reunir aficionados a la literatura y a cultores neófitos de dicho arte. Las primeras reuniones se realizaron en un salón de usos múltiples del Hospital Militar que gustosamente apoyaba el General Fernando Moreira, director de ese centro.

Allí llegaban muchas personas entre las que más recuerdo estaban mi abuela Josefina, Jean Carlo de la Gasca, Herberth Vaquerano, Mustafá Al Salvadorí, Rafael Mendoza López, Leopoldo Carrillo y otros amigos y amigas que sus nombres se me escapan.

Nos leíamos nuestros poemas. Las reuniones eran una vez al mes y recuerdo que las disfrutaba muchísimo. Era un adolescente, tenía entre 14 y 16 años, y la literatura representaba tanto en mi vida que la oportunidad de presentar mis versos en cierne era un sueño. Sin embargo, no sólo fue gratificante presentar mis escritos, sino también aprender de cada uno de los que asistían.

Mustafá también me permitió la maravillosa oportunidad de actuar en Tiradentis, una obra que se presentó en el Auditorio de la UCA por el grupo Zumbi do Palmares. Fue muy paciente con nuestra juventud. En esa misma obra Rafael representó a un sacerdote.

Don Luis de la Gasca fue siempre tan amable y solícito. Siempre estaba dispuesto a una buena plática y a recitar poemas andaluces (su pasión) con música o sin esta. Era un deleite escucharlo: “tengo el caballo en la puerta... te quieres... venir conmigo...”. Extraño escucharlo. Teníamos planes de publicar su poemario Andalucía Ritual que es una verdadera delicia.

Estos días que poco leo junto a amigos mis escritos, a no ser los que comparto con Carlos Santos y Wilfredo Arriola, he recordado esas tardes de Bohemia, en las que no eran de bohemia.

jueves, 4 de abril de 2013

Cárcel


Canelo

por Mauricio Vallejo Márquez

Canelo se llamaba. Era un perro de ojos grandes y con increíbles características de una raza indeterminada (aguacatero). Se paseaba a su antojo por la colonia, incluso con tal desenfado que parecía amo y señor, sin pretenderlo.

Vivía cerca de la panadería y sabía a qué horas le brindaban un mendrugo de pan o una caricia.
Raramente lo vi sacando la lengua o haciendo algún gesto curioso. Vivía en la casa de Ronald, donde nunca pasaba. Seguro que sólo llegaba a dormir, porque Canelo era un habitante de toda la colonia y de sus alrededores.

Parecía responder a los saludos con una inclinación de su cabeza. Era curioso, porque daba la impresión de que conocía a la gente y sabía ser educado y silencioso. Nunca lo escuché ladrar, pero seguro que no era mudo.

Ya son más de 20 años de esos días y hasta la fecha no he vuelto a ver otro perro igual. ¿Será porque nadie es igual a otro? Sin duda, pero es esa singularidad que aparta del resto lo que genera un recuerdo. Ese hecho de ser diferente a los otros canes fue suficiente para que no se borrará de mi mente aunque ya no lo vea deambular por las calles

martes, 2 de abril de 2013

Esos recuerdos que vamos cargando

por Mauricio Vallejo Márquez

La vida se va. Pero también la vida llega, a pesar de que la muerte esté cercana. Pero lo que pasó representa en muchos casos razón suficiente para no continuar o para cargar esos ayeres que nos van encorvando hasta rozar el suelo. Esa carga que nos resistimos a soltar resulta tan pesada que apenas nos permite movernos, porque la rutina de vivir sumidos nos resulta natural. Sumidos a los recuerdos, a comparar el pasado, a no tener la capacidad de ver al futuro ni al presente.
En la colonia veo como todo parece ser igual que hace 10 ó 15 años, sin embargo los cambios son tan sustanciales. Han muerto tantos, otros se han marchado y los que quedan o volvemos apenas seguimos teniendo el mismo nombre, pero ya no somos los mismos.
Recuerdo que las tardes se iban serenas bajo el laurel de la India, en la sublime banca de Armindo donde jugábamos ajedrez y el resto de espectadores que podían ser docenas bebían en botellas de vidrio café o en bolsa. Y no importaba tanto que el reloj caminara o se paraba porque el tiempo no tenía importancia. No había facebook, ni twitter ni señales de que el internet nos devoraría los instantes.
El sol se sigue ocultando entre los escasos árboles y el volcán sigue inmarcesible. Las calles a veces nos ven correr o apenas apresurar los pasos, pero ya no más como fuimos en algún momento y eso nos va mermando. Porqué no mirar a otro rumbo, porque no dejar el pasado, no a la sombra, sino en su lugar como una referencia y avanzar y avanzar.
Somos gente de pasado sin duda, de un pasado que muchas veces no tiene memoria, que a penas resuelve entre corazonadas un recuerdo y la comparación ingenua de “que todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Acaso no es mejor el hoy?

lunes, 1 de abril de 2013

Atardeceres, nubes y Gosth riders in the sky

Por Mauricio Vallejo Márquez

Tengo mucho tiempo de no ver con atención el cielo. He olvidado que las nubes pueden ser cualquier cosa y que incluso pueden narrar una historia. Me he cansado de olvidar que sólo dirigir los ojos al horizonte es suficiente para no habitarme, para dejar ese paso absurdo de la cotidianidad.
En ese cielo que va cambiando de colores he dibujado sueños y he invertido tardes de mi niñez, además de alguna madrugada como aquella de Año Nuevo cuando Ángel Augusto Huezo tocaba su guitarra y mirábamos por la ventana el asomo del sol de año nuevo. ¿Cuántos años tenía entonces? No lo sé, quizá 16 ó 17. Sin embargo ese sol joven se ha disipado y únicamente recuerdo que esa noche compartimos soledades con música y esperas.
Por las tardes seguía teniendo esa cuestionada costumbre de subir a los techos para ver las nubes y sus caprichosas formas que eran bordadas por los vientos. Pocos compartieron conmigo esa afición, entre esos pocos estuvo Jaime Escobar y Edgar Nasser.
El cielo, al igual que el mar, me ha fascinado. Esa inmensidad celeste, cerúlea, cyan, gris, amarilla, naranja, roja, púrpura, azul-negra, negra. Una paleta única que dice mucho de sus tiempos al igual que esa inmensa gama de accesorios: estrellas, satélites y nubes.
Escuché más de alguna vez a Johnny Cash, no puedo negar que muchas de sus canciones me gustan. Hay una en particular que me encanta, Ghost riders in the sky. Me encanta la forma en que describe el posible delirio de un vaquero que observa el atardecer como el estruendo cabalgar de los jinetes fantasmas que arrean el ganado de pezuñas de hierro y ojos de fuego. Me encanta el ritmo, las imágenes. Tanto que cuando me reencuentro con esta maravillosa tonada del “hombre de negro” urjo de escucharla muchas veces.
Las imágenes que estos vaqueros desentrañan en el firmamento me recuerdan la preciada mitología griega y si no es la divinización de los elementos, al menos es darle la idea de que cada movimiento de la naturaleza, y en especial el cenit, es una persona o un animal que ejerce la acción.
Ese movimiento de nubes me contó mis primeras historias, cuando era niño. Ahora el cielo sigue diciendo cosas, contando historias, mostrando instantes. Que grave error he tenido al dejar de verlo y que espero enmendar a partir de hoy.