martes, 20 de agosto de 2013

Bitácora, el canto del mar en la Alianza Francesa de El Salvador

Mauricio Vallejo Márquez brinda un recital-conversatorio de su poemario Bitácora, una lectura de poesía que combina música y postales de fragmentos de sus poemas. Bitácora es un canto del mar, el relato de la vida de marinos y sus familias que se embarcan en el peligroso y hermoso viaje de la vida, en el que existen naufragios y eternidad. La música estará a cargo del cantautor Carlos Rubio Calles. Las postales expuestas son un trabajo de Ediciones La Fragua Martes 10 de septiembre 7:30 pm Alianza Francesa de San Salvador
Colonia y Calle la Mascota #547
Pasaje #2, San Salvador.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Antes ver

por Mauricio Vallejo Márquez

Recuerdo mi primer par de anteojos. Tenía seis años. Desde hace más de 2 creía que el mundo era algo recubierto de neblina y el cielo era algo incomprensible entre celeste y azul, me decían que viera las estrellas y nada. Era extraño. Cuando cursaba preparatoria en el Externado de San José la Señorita Margarita le dijo a mi mamá que debía ver el oculista, así que fui. Cuando empecé a ver pasar los cristales frente a mí fue maravilloso, aquella densa neblina se volvía clara y podía ver. Recuerdo cuando salí junto a mi abuela y mi tío Luis Manuel de la óptica, estaba tan sorprendido, había redescubierto el mundo.
Esa felicidad se vio opacado al llegar al colegio la mañana siguiente, desde el portón comenzaron las burlas, niños maleducados que me llamaban cuatro ojos, choco, ciego y otros apelativos todavía más bajos. Mis compañeros también fueron así, pero que se puede esperar de niños que se divertían menospreciando a otros. Claro que no todos eran así. En fin al principio eso fue duro para mí, pasé de ser cotidiano a ser el blanco de apodos y burlas. Pero no estaba dispuesto a eso, así que no me dejé y comencé a imponerme a fuerza, lo que me valió castigos de parte de mis profesores, quienes no amonestaban a los niños molestones, sino al que se defendía (a mí). Esos años en el Externado así fueron. En esos tiempos éramos pocos niños los que usábamos anteojos.
Como todo niño, de vez en cuando quebraba mis anteojos. Eso era una tragedia, sobre todo porque sin ellos era técnicamente un ciego por mi alta graduación de miopía y astigmatismo. Y cada vez que recuperaba los lentes me sentía en la gloria, todo un victorioso espartano.
Tengo 33 años, y no puedo imaginarme mi vida sin anteojos. A veces me he sentido incomodo con ellos, pero en definitiva han sido fundamentales en mi vida. Al final de cuentas las burlas no valen  lo mismo que tener la oportunidad de ver con claridad, ¿Quién será más ciego? ¿El que ve con lentes o el que se burla de los que usan lentes?

martes, 13 de agosto de 2013

La carretera

Por Mauricio Vallejo Márquez

Tenía años de no sentir que navegaba por una carretera. Esa sensación de arrullo mientras el vehículo se desliza por el inmenso río de asfalto, a tal grado que poco a poco se tiene la sensación de que entremos a un sueño.
Cuando viajaba todos los viernes al oriente del país se volvió algo tan acostumbrado, que cuando estaba en San Salvador sólo quería permanecer en casa. Ahora, después de casi diez años de no salir tan seguido, viajo con tanta frecuencia y aún me queda la necesidad de continuar viajando.
Mientras miraba los almanaques viejos en la casa de mi familia paterna en Tonaca me decía: “quiero viajar”. Pero no sólo ese salir del país, sino conocer mi país, sus rincones, sus aristas, su gente, sus costumbres, sus alimentos. Con ese trabajo de viajar a Oriente comencé ese sueño y ahora, de nuevo tengo esa oportunidad y aún queda en mí la necesidad de seguir caminando entre nuestra gente, nuestros valles, nuestras playas. Aún hay mucho por seguir conociendo y todo gracias a que un vehículo navega por la carretera.