martes, 14 de enero de 2014

Ese incomprensible y terrible odio

por Mauricio Vallejo Márquez

Nunca he comprendido el odio. Esa necesidad de destruir a otro individuo sólo por razones tan ilógicas como pensar distinto o ser diferente. Llegar al punto de asesinar o pretender mellar los caminos de alguien, hablar mal de otros, procurar hacerle daño. Todo eso me parece tan bajo.
No lo comprendo, porque son cosas tan diferentes a molestarse con una persona o incluso a sentirse ofendido o resentido.
El hecho de que se odie a alguien no cabe en mi cabeza. El mundo no avanza de esa forma, al contrario se deteriora porque el odio lleva a la destrucción como lo demuestra la historia. Alemania se sumó en una hecatombe por culpa de odiar sin razón durante la segunda guerra mundial, así como muchas dictaduras.
Pero, a pesar de todo lo que nos pueda enseñar la historia no podemos dejar de ser realistas, mucha gente es así y por eso existió la persecución de musulmanes, la Inquisición, el Holocausto judío, las bombas de Hiroshima y Nagazaki, el Apartheid, el genocidio étnico y religioso, la guerra civil en El Salvador.
La gente odia y lo demuestra en su vida, odiando por odiar, buscando hacer daño a toda costa porque le desagrada algo o alguien y con el tiempo su ímpetu está enfocado en eso.
El odio tiene un génesis, existe una causa: el descontento y el desagrado.
Es tan diferente a sentirse molesto, ofendido o resentido porque se llega a desear la muerte o aniquilación de lo que le desagrada. Se pasa de ser victima a victimario. Odiar, es un acto tan terrible que desencadena en asesinatos, genocidios, torturas y destrucción. No lo entiendo, en verdad. En el mundo necesitamos construir entre todos, no odiar. Recuerdo aquella hermosa canción de John Lennon que afirma: “todo lo que necesitamos es amor”. ¿Cuesta tanto entender esto?
Existe gente que odia sin razón ¿Es acaso necesario tenerla (la razón) para odiar? En definitiva, no. De por sí el odio es algo irracional, algo que no tiene sentido. Existen personas que incluso se odian a sí mismas.
El odio es una emoción en la que se manifiesta la repulsión hacia otra persona, animal o cosa.
Esa emoción que es los contrario del amor es producida por la aversión, el desagrado de algo o alguien que no se da cuenta que al hacerlo no sólo procura la destrucción de los que lo rodean, sino de sí mismos.

sábado, 4 de enero de 2014

Moldeando nubes

por Mauricio Vallejo Márquez

Mis abuelos paternos querían construir una segunda planta en su casa. Mientras era pequeño veía como crecía la obra, pero un día dejaron de construir y esa parte de la casa se convirtió en terraza donde Ursula tendía la ropa. En cambio para mí era el lugar perfecto para ver el cerro San Jacinto y para contar nubes. El sólo hecho de ver la calle desde ahí era aprender que existen otras perspectivas.
Veía a la gente andar, venir desde la amplia cuesta de la Calle México en la Santa Clara, ver pasar la ruta 22 y subir como si fuera una montaña rusa. Esa subida me encantaba.
Tengo ocho años de no pasar por ahí, de no ver los muros con hiedra y las maguen Dawid que mi abuelo había diseñado en el portón y en los muros, pero sigue siendo una casa que recuerdo bien de mi niñez. Tenía tres patios, no muy grandes, en los que jugué y veía a mi abuela procurando elaborar jardines, con su palita removiendo la tierra, mezclándola. Ese jardín tenía su encanto, pero a mí me agradaba más estar en la terraza. Sin embargo, estaba prohibido.
Se subía a ella por una escalera de aluminio que se inclinaban los peldaños por el peso. Ursula la subía con destreza, igual que Jaime. Y yo... también. Cada vez que se daba la oportunidad y nadie me veía, subía.
Y arriba volvía a moldear nubes, a ver historias en ellas, a ver los zopilotes en la distancia llevando sostenido su vuelo como si pretendieran recoger el azul sin lograrlo. Veía las palomas en vuelo y bajar y quedarse un segundo entre piedrecitas y migas de pan. Y veía pasar las desbandada de pericos antes del atardecer, llenando de sus voces todo, incluso sobrevolando arriba de mí, muy cerca.
Quizá por eso siempre me fascinó la altura, porque el mundo del cielo daba tanto que hablar, que ver, que decir. Así empezó esa afición de niño de subir para ver el volcán en toda su dimensión, ver tantas cosas, el simple pasar de las nubes, los arreboles del cielo, la línea efímera del vuelo de los pájaros. Simplemente  ver la inmensidad que nos estaba prohibida y que siempre estaba ahí, esperándonos con generosidad.
Ahora las terrazas las veo con más serenidad, pero recuerdo esas tardes, esas noches y veo que esa dimensión sigue creciendo y volviéndose más hermosa mientras pasan los años.

viernes, 3 de enero de 2014

Desenterrando obras

Por Mauricio Vallejo Márquez

Un homenaje es algo especial, una muestra de afecto, una aprobación para la memoria de hombres y mujeres que han hecho algo importante, que han peleado por algo importante. Los regímenes represivos siempre han procurado silenciar esa memoria histórica porque les recuerdan que fueron capaces de matar a personas que aportaban a la sociedad, personas que buscaban justicia y a las que despectivamente llamaban "guerrinches" o "terengos" o "piricuacos" y siguen llamando, con el mismo odio con que siguen odiando  los "rojos". Sin embargo, la justicia llega a su tiempo y todo llega a conocerse a pesar de los esfuerzos que se hagan por ocultarla.
Hay municipios donde esa historia sigue vive y se rememora para no olvidar la lucha de personas por las causas justas, por la solidaridad y la tolerancia, como sucede en  Tonacatepeque, que  a pesar del tiempo y el silencio le tiene a mi papá cariño. El 4 de julio se cumplirán 33 años de desaparecido, sin embargo su memoria sigue presente. Se trató de silenciarlo, de olvidarlo y aunque en algún momento así parecía, pero con el tiempo se comienza a conocer su historia. A pesar de todo sigue vivo y seguirá vivo, siendo eterno en sus 23 años, como el día en que lo secuestraron y torturaron.
Y existe mucha razón para estar feliz porque su historia se revela, así como muchos motivos para agradecer,  a tantos que desean mostrar su ejemplo, su obra, su memoria.
Recuerdo cuando Carlos Fajardo hizo el primer homenaje en Tonacatepeque para mi papá. Lo preparó todo, un evento maravilloso que no imaginamos que iba a llegar a tener tanta fuerza como la que ahora tiene. Don Carlos sembró esa semilla. La preparó por seis meses e incluso fue incluido en el programa de las fiestas patronales. Así como el primer homenaje que se desarrolló en La Rayuela con mi primo Óscar Márquez y la coordinación del poeta René Chacón en Santa Tecla, ese evento en que nos acompañó Nidia Díaz, Julio Iraheta Santos, Roberto Quezada, Julio Bautista, Luis Angulo, Alberto López Serrano y muchas personas más.
Ahora, el poeta Rob Escobar es el motor de estos homenajes junto al Gremio de Artistas de Tonacatepeque y la Sociedad La Noche de Vallejo, la llama que enciende el fuego y no deja morir sus memoria, su historia, su palabra. Rob es alguien al que hay que agradecerle tanto, porque no sólo desea rescatar la memoria de mi padre, sino la de Tonacatepeque y su gente. Incluso en su honor se fundó el colectivo que coordina: La Noche de Vallejo.
El 7 de julio se realizó un hermoso homenaje en que compañeros de ella contaron su historia. Mercedes Cañadas narró el momento en que lo secuestraron. Ella estuvo ahí contempló esa atrocidad que el Gobierno de esos años hacía con las personas jóvenes, los intelectuales y artistas. Luego ese recorrido en las calles de Tonacatepeque con Rob Escobar leyendo a través del megafono el Mero Gallo, mientras se arrojaban cohetes de vara y los jóvenes tocaban el tambor y los pitos hasta llegar al mural que intervino Acción Poética en su honor.
La noche del 28 de diciembre mientras avanzábamos en la procesión y veíamos a Rob sostener su imagen, pensaba en su tesón y en su amistad. Así como en la de cada uno de los compañeros, compañeras, amigos y amigas que nos acompañan, que se encuentran prestos en este esfuerzo de rescatar su memoria.
Bilal Arif Portillo, mi compañero y hermano, es uno de ellos. Un hombre que apoya la cultura y las causas justas.  Él elaboró el primer homenaje digital para rescatar la memoria de mi padre, incluso subió varias grabaciones en las que podemos escuchar la voz de mi papá. 
Esa noche era hermoso ver a mi madre feliz, sintiendo que la memoria de su esposo estaba viva, que su lucha tenía sentido y sé que ella se sentía con la fuerza de seguir adelante, recordándolo y en la convicción de avanzar a pesar de la adversidad. 
Yo no conocí a mi padre. Cuando lo desaparecieron tenía un año y medio, y en ese poco tiempo no llegué a verlo mucho, según me cuentan. Él estaba comprometido con la causa y en esas ocasiones tuvo que salir al exilio. Así que con lo que me cuentan sus personas más cercanas como Ursula, mi mamá, mi abuela y sus amistades he llegado a saber un poco de él. Me resulta hermoso y me apasiona escuchar a sus amigos contando de él, diciendo pequeñas escenas de su vida. Cuando las escucho siento que puedo saber un poco más de él.
Por esa razón los testimonios son importantes, las palabras que dejaron sus amigos: Ricardo Alas y Nelson Guardado, que se suman a los que en su momento dejaron Roberto Quezada, Donald Paz, Ramón Arita y José Roberto Cea. Testimonios que ayudan a reconstruir su historia y a entenderlo. Algo que me es grato y que agradezco infinitamente.
Algunos de ellos no han podido estar presente en los homenajes como Roberto Palencia y Alfonso Velis, pero a pesar de la distancia siempre nos llenan con esa hermosa amistad que nos fue legada. Palencia con su compañía y consejos, además de La Pájara Pinta;  Velis con su apoyo y con el rescate analítico de su obra, que esperamos un día lograr publicar.
Mi amigo Carlos Rubio Calles que nunca nos abandona, y siempre recuerda a mi padre cuando canta Guillotina. Su guitarra y su voz siempre están presentes.
Y a estos se suman poetas como Jorge Galán y Fernando Valverde que lo incluyeron en una Antología de poesía salvadoreña de la editorial Visor.
Me acuerdo de esa tarde en que Álvaro Darío Lara me propuso realizar una edición completa de Tres Mil en homenaje a mi papá. Esa vez él escribió un editorial, Roberto Quezada y Giovani Galeas unas palabras; también unos comentarios de Rafael Menjívar Ochoa, Ricardo Lindo y Ovido Villafuerte. Fue hermoso y conmovedor editar y diagramar esa edición que llevaba como portada la fotografía histórica que le tomó Luis Galdámez en los alrededores de Extensión Universitaria en la UES.
Y no podemos olvidar que esto fue posible gracias a que mi abuela, Josefina Pineda, en tiempos de guerra decidió conservar la obra de mi papá. No la quemó o desapareció como lo hizo en su momento mi familia paterna. Se jugó la vida guardándola.  Esa tarde en que desenterramos la obra junto a Alex Guardado, Godofredo Carranza y Atxil Josa en el patio de mi abuela fue uno de los días más hermosos de mi vida. Decía el maestro Godo "Ya podemos decir que se desentierran obras, maestro".
Ahora creo que esas palabras son cada vez más ciertas, y paso a paso seguiremos en esa lucha de mantener viva su memoria hasta que conozcamos toda la verdad, así como la de esas miles de víctimas que la represión quiso silenciar.