martes, 25 de febrero de 2014

Veinticuatro


Ver pasar la vida

por Mauricio Vallejo Márquez

Al llegar al centro de la calle, justo donde dan inicio los cuatro caminos de la cruz calle, el sol apenas me hería. Parpadeé y puse de visera mi mano. Ya la tarde le daba mucha pereza seguir sosteniendo el sol, y poco a poco se venía la noche. Veía pasar los carros como se ve pasar el día, sin razón, sólo el hecho de observar cómo sin sentido.
Tenía diecisiete, a esa edad uno siente que el mundo sólo tiene sentido si uno hace su voluntad . Y demasiada voluntad en la mano de un joven es como llevar una granada sin seguro. En fin, veía pasar la tarde sin razón. Quizá pretendiendo tener en exceso eso que tanto queremos ahora: tiempo. Porque en esos años bastaba sentarme afuera de mi casa y sonreírle a la luna mientras escuchaba los innumerables diálogos de los vecinos, que sin querer iban contando su historia. Los veía ir y venir, sus gustos, sus ataduras y a veces sus mentiras. Sólo con sentarme ahí para observar, como se ve la televisión o se escarba en internet, no sé.
Entre todas las historias que vi, ninguna resulta tan recurrente como la que me llevó a escribir La Espera. Una historia que viví y aún recuerdo como si siempre permaneciera, esas búsquedas que cada cierto tiempo vuelven a llegar a uno. Y claro hay tantas más que llegan por llegar. En esos años las calles eran nuestros centros de juego ante la ausencia de parques. Aunque los había. Y en ellas veíamos pasar a la gente, las historias y la vida. En esos lugares aprendí a ver la vida como lo que es. Veía que el tiempo no existía, aunque avanzaba. No me preocupaba la muerte, porque estaba en la edad de la inmortalidad.

Con los años me fui percatando que la vida no era comprensible. Aunque le dedicáramos horas a estudiarla, y aunque comprendiéramos fragmentos. Y ahora al volver a esa cruz calle y ver que el sol sigue comportándose igual, sé que yo ya no soy el mismo, ni la calle y menos la sombra. Sobre todo porque ahora observar tiene una perspectiva distinta, el sólo hecho de la vida.

sábado, 22 de febrero de 2014

Creación y cambios

por Mauricio Vallejo Márquez

Mientras veía por primera vez la Guerra de las galaxias (Star wars), la pantalla mostraba los personajes con intercomunicadores de los que no sólo emitía sonido, sino también hologramas. Así como las naves espaciales, androides y una gama de productos tecnológicos que sólo los creía reales en sueños. La ciencia ficción era fantasía para mí, no un preámbulo del futuro.
No me imaginé que en pocos años un día andaríamos en la mano instrumentos parecidos. Estaba en la década de 1980 cuando los pasaban en una franja televisiva de vacaciones llamada Gente Chica junto a otra selección animosa de películas y caricaturas. Ni por cerca imaginé que un día incluso vería robots y tantos avances tecnológicos en nuestra cotidianidad.
Todos estos cambios no fueran posibles si no existiera la apertura para evolucionar y estar dispuestos a los cambios, y a mejorar. La misma modernidad nos hace dar ese paso que lo vemos en la tecnología y por supuesto con el pensamiento. Las ideas llegan a alimentarse cuando hay disposición para que se den.
Ahora que llevamos en las manos celulares, palms y otros me doy cuenta que sólo la apertura para cambiar o evolucionar nos permite avanzar. Darnos cuenta que el mundo y el tiempo tienen otras posibilidades que sólo llegan a mostrarse o a realizarse si nosotros estamos dispuestos a esos cambios, por simples que parezcan. Julio Verne se imaginó un viaje a la luna, un submarino y tantas cosas más que ahora son una realidad. Todo comenzó con una visión. Cada invento nació de una necesidad y de que una persona se interesó por encontrarle una solución o sólo el gusto de emprender una obra hermosa.
Cada una de las acciones que desarrollamos tienen una razón, nada se hace sólo por darse aunque parezca ilógico. Incluso el supuesto nimio hecho de entretener o de gustar s suficientemente digno de dar en algún momento esas historias pueden un día lograr cambios en el mundo.
Verne no se imaginó que al escribir del capitán Nemo y su Nautilo (submarino) desencadenaría en otros individuos el ánimo suficiente para que se probaran modelos prototipos que en nuestra época existen con independencia al resultado de su uso. Tampoco se cuestionó si alguna nación emprendería los viajes espaciales. Sin embargo, son una realidad, incluso hay viajes turísticos al rededor del planeta y miles de satélites artificiales rodean la Tierra.
He escuchado a algunos afirmar que no es necesario hacer algo nuevo porque ya no existe nada por crearse, que todo está hecho. Sin embargo so mismo le pudieron decir en su momento a Leonardo da Vinci, Albert Einstein y a tantos más. Así como se les habrá querido frenar el genio creador a Rubén Darío y a César Vallejo en poesía y a otros creadores en las diferentes disciplinas artísticas, deportivas y de ocio en las que la creación es fundamental para innovar.
La creación se detiene, el mundo se detendrá. Sin creación volveríamos de nuevo a un tiempo oscuro, sin sueños y carente de inspiración para revolucionar el mundo. Y eso no es y no debe ser porque el universo surgió de una creación, así como de la aceptación de la misma. Creemos.

sábado, 15 de febrero de 2014

Dèjá vu

por Mauricio Vallejo Márquez

Una calle por la tarde se convierte en el pretexto perfecto para que los recuerdos lleguen. Una flor en la acera evoca que esos días de niñez vuelvan con sólo estar ahí, con su delicado tamaño, con sus pétalos tan iguales a los que veía con ese tenue violeta que a veces tiraba a azul. Mientras el viento se suma para hacerla chocar contra la pared y volver a caer y quedar inerte, sólo para ser apreciada por los escasos ojos que se inclinan para escarbar algo de historia en ella.
Cuando era niño había una enredadera  de esa flor en la casa de mis abuelos y todas las tardes me paseaba cerca de esta. Recogía sus hojas y con sus flores era posible ver las hélices azules de helicópteros que caían de la escasa estatura de esos años. No importaba con qué jugará, siempre al final volvía a las pequeñas hélices. Y con esas hélices volaba. Todo aquel jardín llegó a convertirse en mi mundo, en esas tardes cuando recorría la grama sin pensar en lo que más tarde vendría, así recorrí los guayabos, el árbol de aguacate y el de mango. Los dos colosos que llenaban el cielo.
Y todo eso volvió mientras caminaba, cuando iba por las aceras de una calle en ese habitual tránsito diario, en el que siempre surge un recuerdo, una imagen o incluso la sensación de que en ese caminar algo ya lo hemos vivido o como si en algún momento lo soñamos. Un pequeño detalles resulta una fotografía en nuestros recuerdos que vamos volviendo a ver, como sucede con los archivos de las computadoras.
Y entre los rostros de la gente, poco a poco vamos encontrándonos con esos sueños, con las personas que creemos conocer o haber conocido, aunque es la primera vez que lo vemos. Cualquier gesto o un rasgo es suficiente para asociarlo a alguien que nos es familiar e incluso confundirlo, hasta encontrar la frialdad del no, a pesar de la calidez del saludo.
Así como a veces es necesaria una segunda mirada para recordar un lugar, a una persona o comenzar a volar entre toda la suma de recuerdos que se agolpan con sólo ver la delicada caída de una hoja. Todo lo que vivimos llega a presentarse como algo que debíamos vivir.
Cuando se dice que la vida es un espiral que parece ser un mismo círculo sin final, se tiene la razón. Lo importante de todo es saber apreciar la diferencia entre los aciertos y los errores para no cometerlos. El detalle es que no siempre se tiene conciencia de ello y por eso es necesario saber observar, tener la capacidad de apreciar los detalles. Sólo así el Déjà vu se convierte en sólo eso, una imagen que se considera ya vivida, pero sin serla.