jueves, 27 de marzo de 2014

Arriba


Por Mauricio Vallejo Márquez

No puedo caminar sin ver a mi alrededor. Eso  de quedarme fijo sólo en el camino no es para tener un paso firme, sino para negar el entorno. Y eso no va conmigo. Me gusta ver la calle, las aceras, los jardines, las casas, la gente. Me agrada que pueda descubrir historias en sus miradas y gestos, en los movimientos que hacen y no sentirme ajeno a la vida.
En esas caminatas me he descubierto. Me siento orgulloso de moverme en las trincheras, de andar a pie como la gran mayoría, subirme a los buses y de igual forma que en la calle encontrarme y ver que la gente está ahí y tiene necesidades, sueños y vive. Encontrar a veces los tristes rostros de la amargura, de las deudas, del nada de dinero. Al encontrarme en los buses descubro la enorme gama de situaciones que vivimos y pretendemos callar. La gran diferencia entre los países que he visitado, en El Salvador tenemos lo nuestro.
Pero a veces entre todas esas cosas que vamos descubriendo por el camino olvidamos que arriba tenemos un cielo. Al poner mi frente hacia las nubes me percato que esa enorme bóveda celeste está ahí y no dejará de estarlo. Veo las nubes, sus formas, su movimiento. Observo el rayo de luz que las traspasa y el juego de luces que van pintando el cielo dependiendo de la hora y del clima. El cielo poco a poco se torna celeste, gris, naranja, violeta, azul, azul negro y de vez en cuando rosado o blanco. Según se le antoje al día.

Ese cielo tiene sin rastro, el vuelo de tantos pájaros. Bandadas de ellos se lo cruzan como pequeñas manchas negras en ese cerúleo cielo para después desaparecer. De pronto, el cielo sólo se llena de aves y así, pasan las horas. Una paloma se posa en un tendido eléctrico y sus compañeras comienzan a llenar de música esos alambres, mientras la vida sigue y a nadie se le ocurre mirar hacia arriba.

martes, 25 de marzo de 2014

El muro



Por Mauricio Vallejo Márquez

El muro. Ese enorme muro negro con letras blancas que tiene escrito el nombre de nuestros mártires. Nombres que reafirman nuestra historia y nos dicen que sí tuvimos una guerra y también un Acuerdo de Paz. Un verdadero testimonio que nos muestra de dónde vinimos y a dónde no debemos de regresar.
Mi padre, Mauricio Vallejo, se encuentra ahí mencionado al igual que Roberto Franco, Monseñor Romero, Amílcar Colocho y tantos nombres más que incluso faltan en ese muro.


En este mes que recordamos el martirio de Monseñor Romero es un buen lugar para recordar que así como Romero existieron muchos hombres y mujeres que también dieron su vida para que ahora las cosas sean diferentes. Tantos que no pudieron ver estos cambios que se han logrado en El Salvador, sin saber, pero intuyendo que son partícipes, hechores, sembradores de estos cambios. De ver después de 12 años a la derecha y a la izquierda compartiendo curules y alternancia en el Ejecutivo. Cambios que muchos soñaron y que ahora vivimos

Es hermoso encontrarme con él. El muro podrá tener color de luto, pero así como en el simbolismo maya los huesos resaltan sobre la noche. Una verdadera muestra de que los actos de todos ellos son más fuertes que la muerte. 

Procuro siempre llegar a visitarlo, tocarlo aunque sea frío. Es como visitar la tumba que nunca tuvo mi papá, la tumba donde nunca pudimos llorarlo. Sé que su lucha, su ejemplo y su memoria sigue viva. Lo sé. Así como emerge cada cierto tiempo en sus escritos, que durante años me fueron difíciles de leer; no porque fueran conmovedores, sino porque él los escribió. Y entre lágrimas logré trascribir muchos, pero aún tenemos deuda con él.

El muro del parque Cuscatlán es un monumento que dignifica la memoria de tantos y para tantos familiares de esos mártires y héroes es el único lugar donde se le puede ofrecer una flor a su memoria. De pronto, aparece una carta que no tienen ninguna intención de ser privada, una madre le escribe a su hijo, un hijo a su madre y así se van bordando palabras nostálgicas y orgullosas por esas personas que ya no se ven, pero se sienten.

Es hermoso que se haya pensado en construir este muro. Recuerdo cuando se juntaban los nombres, como aparecían algunos repetidos y todo esto se publicó en Diario Co Latino como una antesala para luego edificar este Monumento a la Memoria. Me emocioné tanto al ver escrito Edgar Mauricio Vallejo Marroquín, y más ahora que cada cierto tiempo llego a encontrarme con ese nombre a quien conozco por historias.
Estar ahí tiene una dulce y honda carga emocional. Recorrerlo y ver las rosas, cartas, fotografías, señales de velas resulta maravilloso. No podemos decir que somos un pueblo que olvida, porque en ese muro se aprecia que muchos tienen presentes a los suyos.


Soy el único de mi familia que lo ha visitado. Hasta la fecha no sé porque razón no van sus hermanos. Claro, él no está ahí. Una persona sin tumba, un desaparecido siempre es esperado, porque no hay muerte si no se ve y si no existe prueba. Por eso, aunque siempre se espere su regreso, el muro es testimonio de que él, así como el resto de mártires, fueron protagonistas y hacedores de esta paz que hoy vivimos.



domingo, 23 de marzo de 2014

El equinoccio del año dos de baktun

Por Mauricio Vallejo Márquez

Somos indígenas. Somos parte de los pueblos originarios que habitaron Mesoamérica y aún la habitan.
Recuerdo que cuando era niño escuchaba algunos compañeros expresarse despectivamente de los indígenas y cuando alguno decía algo que no era considerado inteligente decían: “no seas tan indio o tan grencho”. Siempre me pareció algo feo de parte esas personas. No darle el valor que poseen a nuestros pueblos originarios es una verdadera injusticia que por años sólo se convirtió en una deuda que fue creciendo.
Sin embargo, ahora las cosas comienzan a cambiar, los Pueblos originarios resurgen con más fuerza, y la gente que comienza a indagar en la historia se da cuenta de su hermosura, dignidad y valentía.
Celebré junto a los mayas el Equinoccio de primavera. Fui a las ruinas de San Andrés para encontrarme con mi pasado y presente.  Entre las pirámides dejé que el sol me guiará y procuré hacerme parte del pasto, de la tierra, del aire. Llegué temprano para no sólo ver la preparación, sino la apertura para la ceremonia, ver el ambiente, la gente a la espera. Muchos estaban aguardando bajo la sombra mientras los Tatas se preparaban y era hermoso ver los cuatro colores representados banderas dirigidas a cada uno de los cuatro puntos cardinales: rojo (el día), negro (La noche), amarillo (el maíz) y blanco (Los huesos), todo ahí dispuesto, aguardando, a la espera.
De pronto los pies de un Tata salen de área del fuego sagrado con un cuenco de barro que emana un humo agradable. Limpia los cuerpos, el espíritu y se balancea como un péndulo frente a cada uno. Cuando todos han sido limpiados, el sol vuelve a abrazar con más fuerza el área de ceremonias de San Andrés.
Es hermoso ver el vestido de nuestra gente, de nuestros pueblos originarios, de los tatas, de las abuelas de Izalco, de cada uno de ellos. Ver sus refajos, sus camisas y vestidos. Andando descalzos en el suelo tan caldeado, porque el sol cada vez estaba más fuerte y sostenido, mientras los que estábamos ahí procurábamos mantener toda nuestra atención en el respeto para la ceremonia.
El fuego sagrado se encendió y el Tata Neto dio inicio a la ceremonia. La gente comenzó a acercarse. La gran mayoría vestidos de blanco parecían emular las nubes, mientras el humo del fuego sagrado arañaba el cielo. Comenzó el agradecimiento reverenciado a los cuatro puntos cardinales.
Luego la marimba sonó. Comenzamos a bailar en círculos alrededor del fuego, primero en el sentido de las agujas de un reloj, luego al contrario de estas.
Llevamos velas blancas para brindarlas como tributo, además incienso, de miel, de maíz. Y muchas cosas más, todas estas orgánicas, nada de plástico ni envueltas. Procurando mantener la pureza.
Primero pasaron los niños y las niñas. Luego las mujeres. Al final los hombres. Cada uno reverenciando, recordando a los abuelos y viviendo esa experiencia que nos hace recordar lo maravilloso de nuestra gente, de su luz, de su pureza, de su amor.
Hasta tuve mi momento para bailar junto a las abuelas de Izalco, y sentir la calidez de cada una de ellas, la devoción y el amor a sus orígenes. Ahí estaban en profunda armonía los pueblos nahuat y maya agradeciendo, celebrando el equinoccio de primavera. Al finalizar nos pidieron abrazarnos, pero no a todos, primero a nosotros mismos  (algo que olvidamos en este tiempo). Tras esto nos fundimos en abrazos todos, recordando que somos uno, que somos hermanos.

  





sábado, 22 de marzo de 2014

Monseñor omnipresente

 Por Mauricio Vallejo Márquez

Dos hombres estaban ahí. El corredor no tiene salida, por donde quiera que uno busque salir los encuentra. Siempre están ahí, dos hombres viéndose a los ojos. Justo en el corredor de la casa de mi abuela podía verlos. Siempre.
Uno con sotana blanca muy limpia y con un solideo del mismo color, mientras el otro con una sonrisa tierna, de lentes y sotana negra como la noche y su solideo púrpura, el color de la imaginación. Ambos sosteniéndose mutuamente las manos y con una ligera inclinación que trasmite calidez. Eran el Papa Juan Pablo II y Monseñor Oscar Arnulfo Romero con la leyenda: “mensajeros de la paz”. Que buen nombre, justamente eso eran.
El de blanco fue el líder de la Iglesia católica, además del Papa que más visitó a su feligresía, y el otro San Romero de las Américas el guía de nuestro pueblo. A Romero lo recordamos con devoción aquellos que rememoran su lucha y su digno comportamiento cristiano que terminó en martirio por decir la verdad y vivir con coherencia en un tiempo difícil para nuestro El Salvador.
Crecía irremediablemente, en tanto el afiche de la casa de mi abuela continúa en el mismo lugar, recordándome esos años en que esos dos personajes eran vistos como familiares. Claro, eran familiares porque eran la primera y única imagen del pasillo, hasta que llegaron unas libreras para hacerles compañía. Sin embargo, es de las pocas cosas de esa casa que no se mueven.
Era pequeño, cuando mataron a Monseñor, apenas era un bebé. Recuerdo a mi abuela contar que ella fue a la misa en Catedral donde recibieron bombas y balas de parte de los cuerpos represivos; y que no sólo eso, tuvieron que huir para conservar la vida. La gente dejaba a su paso los zapatos, e incluso cuerpos de personas que eran abatidas por los francotiradores, los alrededores de Catedral eran cercos de muerte. Huyeron corriendo agachados, procurando no ser un blanco fácil para los que probaban puntería con los fieles que estaban conmovidos con la muerte del pastor.
De esa ocasión sólo mi abuela Josefina sobrevive, mi abuelo (Mauro Márquez) y mi papá (Mauricio Vallejo) eran los otros testigos que jamás podrán contarnos nada, uno por ser desaparecido político y el otro porque su tiempo también llegó para partir. Mi abuela en cambio tiene tan presentes las misas de Monseñor, sus palabras y su muerte.
Monseñor jugó un gran papel no sólo por denunciar injusticias y llamar al cese de la represión, también fundó el único lugar, Tutela Legal, donde se pudo denunciar la desaparición de mi papá y tantas injusticias más. Tutela Legal del Arzobispado fue un bastión para pedir justicia y documentar los casos y crímenes que se dieron en tiempos de la guerra.
 Cuando acompañaba a mi mamá en la UES recuerdo un afiche en la Facultad de Humanidades, en el decanato, donde ella laboraba.  Presentaba unos tipos con rasgos monstruosos asesinando al obispo mártir, mientras las personas a su alrededor tenían gestos de tanto dolor. No sé de quién era la obra, pero al ver la familiaridad con el hombre de sotana negra que veía en la casa lo vi familiar. Y como niño curioso pregunté lo que era casi seguro para mí. Era Monseñor Romero.
Cuando era adolescente el grupo Yolocamba Ita grabó un disco dedicado a Monseñor. Le pedí a Roberto Quezada que me obsequiara uno, así que me regaló una copia. En esos años lo escuchaba sin descanso, sobre todo Canción para un mártir de Carlos Serpas.
Ahora observo que el paso del tiempo sigue dándole su lugar a Monseñor Romero, con Avenidas, con plazas, centros educativos y el aeropuerto. Sin olvidar que los homenajes son buenos, pero lo que vale más es que su mensaje y su ejemplo sea entendido y aplicado. Los valores de Monseñor tuvieron, tienen y tendrán validez siempre.

viernes, 21 de marzo de 2014

Hasta que me toque marcarle tarjeta a la vida

Por Mauricio Vallejo Márquez

Escribo. Sí, escribo. Y no hay nada que disfrute tanto como hacerlo, sino es vivir para tener ese material que permite seguir escribiendo, así como leer. Sin embargo, escribir resulta maravilloso, y lleno mis horas de eso.
Comencé pequeño, era un juego para mí en el que podía crear historias, cabalgar sueños, morder tiempos. Era quien quería.
Tenía algunos muñecos y con estos creaba historias que poco a poco fui dibujando y luego escribiendo. En esto fueron tremendos cómplices mis abuelos Mauro Márquez y Josefina Pineda de Márquez. El primero por su apoyo en las ilustraciones y la paciencia de leerlos o escucharlos; la segunda por darme la entrada a esa dimensión fantástica de las letras.
Esas noches de toques de queda, la ofensiva final y tantas más sirvieron para que mi abuela a la luz de una vela me tendiera la mano para no volver a salir del mundo de la literatura y de la poesía.
Y entonces los cuadernos se hicieron pocos para escribir, para ir bordando instantes con tinta.
Al aparecer la computadora no pude dejar el filtro de escribir directamente en la computadora a no ser un artículo o ensayo. Los cuentos y los poemas primero los plasmo a mano en un cuaderno donde los tachones y líneas montadas dan razones de mapas, como una geografía que me lleva por la vida como si fuera un viaje.
Pero leer, eso es algo tan mágico también. Ahí entramos en los mundos y vidas que otros autores se dieron a la tarea de descodificar para nosotros, aún siendo insinuaciones o verdades a media.
En este día, como siempre, escribo. Sin dejar de hacerlo, aún con las ocupaciones, los estudios, la vida. Es algo inevitable que al parecer seguiré haciendo hasta que me toque marcarle tarjeta a la vida.

jueves, 20 de marzo de 2014

Desenterrar obras

por Mauricio Vallejo Márquez

Algunos miran pasar el tiempo, sin más. Olvidan con facilidad la historia, nuestra historia y todo lo que vivimos.  Yo lo vi, vi a escritores incluso olvidar a sus coetáneos y hacer mofa incluso de sus muertes (a uno sobre todo que no merece siquiera ser mencionado).
Vivía expectante, queriendo conocer un poco de la obra de mi papá, saber qué escribía y cómo. Pero en tiempos de guerra difícilmente veía algo, sin embargo un día mi tía Alba me mostró una fotocopia de Salivitas de Cipotes, un cuento de él. Ya había escuchado de ese cuento, mi mamá me lo mencionó en algunas ocasiones al igual que Balta o el poemario Cosita Linda que sos. Pero mientras no viera alguno de sus escritos el deseo seguía latente y me mantenía a la expectativa.
Sus amigos ayudaron mucho, sobre todo luego de los Acuerdos de Paz cuando escuché historias de él en boca de Donald Paz, que era responsable del colectivo donde estaba. Y con el tiempo fueron apareciendo cartas, camisas, utensilios de él. Pero la obra seguía ausente. No llegaba.
Al cumplir mi mayoría de edad, mi abuela se atrevió a romper el silencio. Mi abuela Josefina decidió que era tiempo de exhumar la obra de su yerno.
Mi familia tuvo que mudarse en múltiples ocasiones, pero la determinante fue cuando dejaron la Colonia Morán para dirigirse a la San Luis. Ahí armaron un tatú donde depositaron la mayor parte de la obra de mi papá que les fue posible. La cubrieron con bolsas plásticas y lona. Tras esto la amarraron y escarbaron un agujero como el que nunca pudo recibir los restos de mi padre. Enterraron su obra, como haberlo enterrado a él. A los días construyeron una bodega sobre el lugar donde estaban los trabajos de Mauricio Vallejo. Y yo jugué alrededor de esa bodega sin imaginarme que guardaban el tesoro más grande que legaba mi papá.
Mi abuela decidió que rompiéramos el suelo.  Con un pico comenzamos la faena. Estaba emocionado, queriendo encontrar la obra y con la duda de si existían aún esos papeles, porque el tiempo, la humedad, el mismo suelo podrían haber cobrado factura. Escarbamos sin resultados, cada vez más lejos de nuestro objetivo. Mi abuela no recordaba bien el lugar exacto, pero mi tío Luis Manuel sí. Él ayudo a abrir el hoyo. Mientras escarbamos apareció un conjunto de raíces que parecían formar un cuadro, y al hacerle un poco de lado estaba ahí, el paquete estaba ahí. En medio de una urna de raíces, protegida como si el árbol hubiera sido el guardián de esa obra.
Abrimos las bolsas, fuimos poco a poco quitando las capas como si desnudáramos una cebolla. Y cuando los papeles salieron a luz… No sé si se me escaparon lágrimas, pero sí que fue emotivo y que es uno de los recuerdos más frescos en mi memoria. Llevamos el paquete a una mesa blanca de hierro donde comenzamos a hurgar el resultado de tantas horas de correcciones, de mediciones, de historias, de figuras que dedicó un muchacho que desaparecieron cuando apenas tenía 23 años y que sin pretenderlo sus asesinos lo hicieron inmortal.
Tengo esos escritos guardados en una caja plástica que atesoro. Siempre a la espera de su publicación. Ya están hechos los diseños, sólo falta que al fin nos animemos a mostrar y no ser otra urna como lo fueron las raíces de aquel árbol de mango que aún sigue en el mismo lugar.




miércoles, 19 de marzo de 2014

Un libro, un sueño

por Mauricio Vallejo Márquez

Un libro nos lleva a viajar. Al pasar cada una de sus páginas nos vamos adentrando a un mundo en el que no existimos, pero estamos. Nos vamos sintiendo parte, sobre todo si el autor tiene la habilidad de darnos pertenencia.
Hay libros de libros. Esos que comenzamos y no podemos parar de leer. El primero que me provocó eso fue Andanzas y Malandanzas de Alberto Rivas Bonilla. Iba a tercer grado y me lo habían dejado de tarea, pero al tomar ese libro sentí que me habían dado permiso de divertirme. Me leí la obra de corrido, y tras cerrar el libro, volví a sus páginas no sólo esa tarde, sino muchas más.  Me sentí cómplice del buen Nerón y todas sus peripecias, de su tristeza (de la que no se percataba). Me hizo ver a los perros de otra manera.
Otro libro que disfrutaba releer era David Copperfield. Una hermosa novela de Charles Dickens, que aún ahora que evoco su nombre siento la dulzura de esos días. Este libro nunca fue una tarea, revisaba entre los estantes de la biblioteca de mi papá. De pronto aparece una edición juvenil ilustrada. Hojee sus páginas para ver las ilustraciones y me encontré con esa maravillosa entrada. Me identifique con su personaje y hasta veía coincidencias entre su vida y la mía. Eso no tiene precio. Gracias a esta edición busqué la completa y poco a poco me fue haciendo un devorador de historias, de Dickens, de Melville, de Salarrué y de otros tantos que la lista se alargaría más de lo necesario. Lo importante era leer.
Me encantaban las historias, quizá porque mi abuela Josefina se pasaba las noches de toque de queda contándome historias de Grecia, Egipto y respondiendo mis interrogantes sobre dichas mitologías. Esas noches en las que las velas se agotaban sin darnos cuentas me llené de tantos hechos, vi tantas cosas, me imaginé a sus personajes que se grabaron tanto en mí. En la ofensiva de noviembre de 1989 recuerdo a don Mincho contándome leyendas también. Y hasta la fecha me sigue cautivando eso, la anécdota, el acto simple de narrar, de compartir vidas, visiones.
Siempre agradeceré un buen libro, sobre todo uno que me haga vivir la historia, que me haga palpar su ambiente, sentir el aire de la historia, descubrir la sombra de sus personajes deambulando en sus escenarios como si los tuviera frente a mí. Leer seguirá siendo la invitación a construir sueños con sólo comenzar a leer la primera palabra que da la bienvenida a una historia.

martes, 4 de marzo de 2014

Aquellos días de tiempos comunes

por Mauricio Vallejo Márquez

El gran Tony Alexander, a quien todos conocíamos como El Guapo, apareció de nuevo.
Claro, ahora en su oficio de trailero no hay país de América que se le resista, pero esta vez tomó el teléfono para recordarme días que aún hacen ruido en mí, aún estando en silencio.
Tony lleva su trailer con todo el lujo de baile con el que él se movía en esos años de juerga, en los que creábamos historias de todas las escenas que veíamos o imaginábamos. Caminamos juntos la Avenida Izalco, y mientras veíamos devorar camino a los vehículos íbamos divirtiéndonos con todos los cuentos que se nos venían a la cabeza, creando personajes y riéndonos de la vida como si nosotros no estábamos en ella.
Esos  años en los que la camaradería era suficiente para compartir todo, como debe ser el comunismo, sin intereses, ni mezquindades. Sólo con el genuino deseo de la amistad.
Pasamos más de una madrugada viendo las estrellas y conversando del futuro y el pasado mientras los camaradas procuraban componer el mundo entre pláticas desveladas.
El viejo Tomate era testigo de todo. Aquel Subaru rojo de 1975 con el que estrenamos la Jerusalén, antes de tener asegurado el nombre. Ese viejo vehículo que llegó a soportar 14 individuos en su seno y no achicarse en las cuestas, a pesar del peso.
Esos años la vida era total arte. Tuvimos el esfuerzo infructuoso de crear un grupo de teatro con el maestro Godo y el resto. Pero un grupo requiere el esfuerzo del conjunto. Al final, la empresa quedó en recuerdo. Y como el Guapo tenía como meta primordial bailar, bailó. Yo dibujaba y escribía, pero como la amistad es compartir, también bailé.
Así se nos fue 1998 y 1999 hasta que fuimos asimilados por la civilización y esa irreductible necesidad de estudiar y trabajar, con el objetivo de ganar dinero. Esa terrible herramienta que erosiona y ayuda al ser humano.
Los años fueron separando las sendas de todos, en las que extrañamente a veces nos juntamos. Pero una llamada es suficiente para acortar distancias y lograr que la historia deje recordar esos episodios que se vivieron como el fuego o como el hielo: inolvidables.