jueves, 22 de mayo de 2014

A cultivar vida






por Mauricio Vallejo Márquez


La naturaleza me cautiva. No importa donde esté, siempre la busco. Quizá por eso cultivé por varios años bonsais y ahora estamos planeando con mi hermana el desarrollo de un huerto en casa.  Siempre estamos prestos a verla, a disfrutarla. Cada vez que viajo al interior del país o a otra nación mi primer punto de encuentro es con la naturaleza, si me fuera posible traerme plantas de esos países lo haría, pero el trámite en los aviones es un verdadero lío, así que me conformo con lo que tenemos a mano en El Salvador y Guatemala.
Hace algunos días me fui de paseo con Santiago al Parque Bicentenario a devorar senderos y respirar ese olor a tierra y madera. Cuando íbamos de camino me dijo que se sentía un poco mal, que le dolía la cabeza. Estuvimos tentados a cancelar el paseo, pero al llegar se sentía de maravilla y se encargó de explorar senderos de hacerme correr tras él, de explicarle los tipos de hoja, de hablar de las quebradas, de la arena, de las piedras, de los escarabajos que encontramos en el camino, de todo. Y por supuesto, él me compartía sus conocimientos, que como buen niño curioso los logra expresar en momentos precisos.
Poco a poco nos fuimos aventurando en la profundidad del parque, en esos hermosos viajes exploratorios que vamos planificando cada cierto tiempo, porque a mi hijo le encanta rodearse de árboles y plantas. Así que ahí vamos, el sólo andar por ahí, recoger algunas piedras, ver hojas, comparar semillas, ver frutos y tendernos en la hierba vale más que cualquier cosa.
Así que de nuevo cultivaremos y tengo más cómplices: mi hermana y mi hijo. No será como un viaje al campo o a los bosques, pero será vida que tendremos a la mano. Mi hermana incluso ha preparado el abono desde hace algunas semanas, ahora sólo esperamos el momento justo para sembrar, que sospecho será pronto.
Ya tenemos en la lista las hierbas perennes para comenzar, y también las semillas de hortalizas que haremos en un huerto vertical, la idea es que cosechemos lo que comemos, volver a esos hermosos orígenes de la humanidad cuando el dinero servía para otros intercambios, porque en casa había de todo.
Quien puede decir que en un futuro no tengamos gallinas u otros animalitos o que hagamos más cosas de esas que nos dan vida. Por el momento hemos dado el gran paso: comenzar.


jueves, 15 de mayo de 2014

Compartir almas

por Mauricio Vallejo Márquez

Día de la poesía. Claro hay que celebrarla y qué mejor forma que recordando al poeta más conocido de El Salvador: Roque Dalton. Y de paso a una larga lista de ellos, que siempre resultan gratos e incluso tan propios sin desmerecer al resto. En lo personal el poeta salvadoreño que más me agrada releer es Oswaldo Escobar Velado, aunque también en su Todo el Códice a José Roberto Cea, y por esas cosas de amor y orgullo a mi papá: Mauricio Vallejo. De vez en cuando alguno que otro de Pedro Geofroy Rivas y Jaime Suárez Quemaìn. ¡Ah!, los poetas, se vuelven tan nuestros porque nos sentimos tan estrechos con pocas palabras.
La poesía no tiene un día aunque se lo adjudiquen, la poesía se vive eternamente, incluso antes de que la humanidad le diera cuerpo. Siempre ha estado presente y siempre lo estará al igual que la palabra. No hay noche ni día sin ella, aunque queramos a veces dejar de escribirla se nos sale por el lugar y el momento menos indicado y sirve de consuelo y celebración, como una maravillosa compañera de entierros y nacimientos.
Leerla resulta maravilloso, así como escribirla. Pero eso de compartir las emociones y experiencias de otros, esas visiones que arrullaron sus almas no tiene precio.
¿Qué puedo hacer? Leer nada más, sin buscar quienes son los mejores o peores. Buscar poetas, esos verdaderos que dejan el corazón en la tinta y que no buscan odas ni pedestales, sino que escribir, que bordar el pecho en cada sílaba. Así que para mí no hay día de la poesía, sino la vida. A celebrar.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Mientras aguardo el vuelo

por Mauricio Vallejo Márquez

Los aeropuertos me parecen inmensos y solitarios, a pesar de todo el tránsito que tienen. Miles de personas recorriendo sus pasillos en busca del Gate 32, 72, 6, 14, en fin.
Siento que me pierdo en ellos aun cuando los haya recorrido muchas veces. Quizá el único que ya me sé de memoria y en el que no me pierdo es en el Monseñor Romero. Mientras, recorro alguno de ellos veo sus pasillos, en los que esos locales comerciales parecen no ser más que pinturas de comercios, estampas de lo que el comercio avanza y demanda. Raramente entro en alguno de ellos, el único hasta la fecha fue una tienda de jade en Taipei, que tenía una delicia de figuras. 
Pero en los habituales, no. No me siento cómodo al llenar mis horas observando las masas de perfumes, gadgets, ropas, juguetes, dulces y revistas. Pero hay algo que sí me interesa observar: las artesanías y recuerdos. Me tomo el tiempo para verlas y pensar en todas las dimensiones de cómo fueron hechos y el gusto, sobre todo el gusto. Veo las diferencias y semejanzas entre un pueblo y otro. El sólo ver es suficiente para entretenerme en esos largos pasillos a la espera de un vuelo.

Y tras andar por algunas horas, entre las vitrinas, tomo asiento, con los aviones a mi espalda. No sé por qué no se me da el deseo de apreciarlos, de detenerme a verlos, compararlos, sentirlos Aunque ya en el avión comienzo a indagar y a ver cómo se alejan mientras mi vuelo despega. Simplemente me detengo y observo la cotidianidad del aeropuerto, algo que pocas veces hago, que pocas veces me llamo a hacer. Sin embargo, la soledad y las horas hacen que los aviones sean sombras y todo el tránsito la luz.