domingo, 29 de junio de 2014

El canto del mar entre la bruma


por Mauricio Vallejo Márquez

El Paseo La Concordia está lleno de  sombra tras el reflejo del sol sobre la iglesia. En el café El imposible aguardamos la llegada de Santiago Vásquez, organizador de la presentación de Bitácora en la Casa de la Cultura de Ahuchapán.
Pedimos café. No debía faltar, sobre todo al estar en tierra cafetera. Probamos un sabroso café pacamara cultivado en esas hermosas tierras. La ciudad está llena de murales con un ambiente de color que no abruma, sino que tranquiliza, porque su alrededor es blanco. Sus iglesias, sus casas, sus parques.
La Casa de la Cultura está llena de actividad: exposiciones de pintura, coros, grupos musicales y literatura. El sábado presentamos Bitácora, el canto del mar entre la bruma. La bruma que recorre los cafetales.
En la actividad participó el coro de adultos mayores con acordeón, bajo y guitarra, toda una dulzura. Me encantó ver la pasión en sus ojos, tranquilidad, en fin: todo.


Los chicos del grupo de música también hicieron lo suyo, incluso tocaron a violín y violoncello Oye como va de Carlos Santana.
En la actividad estuvo presente el grupo Cuscatlán Balam de Santa Ana y el círculo literario Mario Ben Castro.
Me agradó compartir con los ahuachapanecos, ver su sensibilidad, y participar. La historia es algo que nos toca a todos, algo que llevamos siempre así como nuestra sombra. Y al contarles mi historia y la de mi padre, también ellos contaron sus historias y cómo tuvieron que huir de sus casas y alojarse en Ahuachapán, porque la guerra lo devoraba todo.
Luego de dar un paseo por sus calles, nos queda de nuevo la invitación de regresar, que no puede quedar en un intento. Así que regresaremos.
A más de 100 kilómetros de San Salvador pude sentir que nuestro navío encayó entre la bruma y el rumor de los cafetos. A pesar de ser una tarde calurosa, la gente nos hizo sentir la frescura de esos años en que la tarde se iba en arrullos al conversar de nosotros, porque no se hablaba sólo de Bitácora, hablamos de todos y todas, porque lo que se habla en Bitácora es una imagen de todo lo que hemos vivido.


viernes, 27 de junio de 2014

Bitácora en la Escuela de Derecho, Utec


por Mauricio Vallejo Márquez

Esta semana volví a los pasillos de la Utec. Volví a recorrer ese edificio donde se aloja la Escuela de Derecho donde aprendí a amar la Teoría del Estado y las Doctrinas Políticas.
Participamos en la Semana del abogado y presentamos mi poemario Bitácora. No sé porque razón no se dio la oportunidad en 2013, pero ahora que la tuvimos fue una grata experiencia. La actividad se desarrolló en interciclo, por lo que la convocatoria fue abierta y estimulante.
Me alegró ver en la presentación a varios de mis profesores: Marco Aurelio Alfaro, Ernestina Jovel, Lucy de Soto, Godofredo Salazar y a mi colega y amiga Carolina Lucero Morán, que además se desempeñó como maestra de ceremonia.
Bitácora nació gracias a la guerra y las cosas que vivimos en esos cruentos años, las desapariciones, las persecuciones y el duelo. Así que hablamos mucho de eso, de la experiencia personal que vivimos como hijo de un desaparecido y de personas que pelearon por que existiera justicia en el país. La gente fue receptiva e incluso compartieron sus experiencias. Una excombatiente se acercó al final del evento y me dijo que perdió a su esposo en la guerra y que ella estuvo en la montaña, al verla le dije de inmediato: "compañera". Esa hermandad nadie nos la puede quitar, esa lucha fue digna y necesaria. Ante la represión sólo quedaba ese camino. Al final la guerra resultó un naufragio y lo que había que hacer era sobrevivir.
También tuve la compañía de amigos de Tonacatepeque, que siempre le dan ese toque de casa. Gracias, Ismael Antonio por participar.
Mi mamá no me había dicho que iba a llegar, así que al verla entrar me alegré. Ella es una protagonista en Bitácora, a ella le tocó ver partir a su esposo y seguir adelante. Ella logró sobrevivir a ese naufragio, y a eso le sumamos todos los años que dio clases en la Utec. Así que fue un digno regreso para ambos.

lunes, 23 de junio de 2014

Sueño sin sueño

por Mauricio Vallejo Márquez

Hoy desperté como si no hubiera soñado, con esa curiosa sensación de que mi sueño era la continuación de la noche. El reposo era apenas un asomo de cerrar y volver a abrir mis párpados. Absurdo, tal y como a veces se nos presenta la vida. Abrí mis ojos soñando que nunca los cerré y que toda la noche permanecí conectado en ese submundo que no existe y apenas procuramos habitar, pero que ahora es fundamental: las redes sociales. Pero sin estar, como si tuviera importancia o fuera la razón del sueño, pero en un sueño de sensaciones las imágenes se escapan como palomas. Y al fin, procurando poner el pie derecho en el suelo como primer impulso para volver a tomar carga con los días.
Abrí la ventana y vi tres palomas columpiándose en el tendido eléctrico. Fantásticas equilibristas viendo a su alrededor con la despreocupación que da la altura. Todo lucía húmedo, como si lo acabaran de limpiar. Las palomas volaban en círculos, caían y se alzaban, como si estuvieran bailando y la noche en realidad no existiera. Ya antes he vivido eso de tener dos noches al hilo o de tener dos días sin noche, pero cuando en mi habitación han cabalgado tantos años y recuerdos resultan inquietantes.
He cambiado tantas veces de dirección mi cama, crédulo de que es necesario hacerlo. Dando la impresión de que en realidad siempre permanecimos ahí y nada más existe fuera, como si la casa estuviera suspendida en una marisma negra de vacío. Sin embargo, las palomas emiten esos sonidos curiosos que parecen llevar de la mano al viento. Mi hijo los sabe imitar muy bien, y mientras caminamos en las paredes del tobogán va contándome secretos que repaso en ese sueño sin sueño en medio de la agitación de conversaciones, palabras y nombres que ansiamos, llenamos, nos llenan y vamos descifrando como parte de ese camino de la vida, como si Calderón de la Barca siempre tuvo razón, porque la vida es un sueño.


lunes, 16 de junio de 2014

Por primera vez en un periódico


 Por Mauricio Vallejo Márquez

Mi primera publicación la escribí cuando aún tenía seis años, pero fue publicada cuando tenía siete, el 21 de diciembre de 1987 en La Prensa Gráfica. Estaba en un curso de verano cuando propusieron escribir una carta a Santa Claus; y bueno, así se hizo.
No fue nada suntuoso o elaborado, fue un texto espontáneo, como nacen las cosas de corazón. Sumamente  sincero. Le pedía de una forma un poco imperativa a Santa Claus que mi mamá pusiera el nacimiento, además de algunos regalitos.  No era un perito en las letras, tanto así que incluso no utilizo mayúsculas ni en la entrada. Quizá tardé un poco en escribir con coherencia, recuerdo que el escribir me resultó un reto por algunos años, un reto que aún ahora debo seguir puliendo.

Sin embargo, me parece un lindo gesto ver que algunas personas aún lo guardan entre sus buenos recuerdos. Y a mí siempre me agrada ver esa fotografía y recordar esos años. Son pocas las fotos en las que no utilizo lentes, y ese detalle me hace sentir que siempre he sido yo con todo y sus bémoles y soles. Usé lentes desde los seis años, dicen que no alcanzaba a ver las líneas de los cuadernos y ya no se diga la pizarra.
Es curioso ver atrás y pensar que deseaba ser escritor igual que mi papá, aún con esas dificultades, quizá por tanto escuchar historias de mi abuela o de tanto leer los libros que tenía a mi alcance o es posible por querer imitar a mi papá.
Cómo son las cosas de extrañas. Recuerdo que un niño del Externado se burlaba de mí por ese escrito neófito, tanto que me buscaba los recreos para mofarse por casi todo el año. Es posible que ese niño me ayudó mucho para tolerar la crítica, porque luego he ido limando mi paciencia.
Ahora se suman muchos escritos más a esa lista, ya con mayúsculas entre signos de puntuación, y se siguen sumando. Gracias a la persona que ideó esta publicación, porque me abrió las puertas, sin saberlo.


miércoles, 11 de junio de 2014

De sombras, lunas y bitácoras


por Mauricio Vallejo Márquez

Algo que nos agrada a la mayoría de escritores es compartir nuestras creaciones, sobre todo al compartirlas con amigos y personas que tienen una obra respetable. Así que cuando me invitaron los organizadores de Sombras, lunas y bitácoras dije sí con muchísimo gusto.
En el Centro de Artes Hermanos Aguilar compartiremos poesía Mustafá Al salvadori, Wilfredo Arriola y Mauricio Vallejo Márquez. Es curioso el recital, porque engloba mucho del mundo.
A Mustafá lo conocí hace muchos años, cuando comenzaba la faena de emborronar cuartillas y él ya llevaba un buen trecho recorrido, en el que La sombra que sueña con vos ya era más que una sombra e impactaba su lectura, su conversacionalismo y sobre todo la intensidad del Dadá. Debo reconocer que aprendí mucho de él, sobre todo su desenvolvimiento ante la vida.
Y por supuesto el buen Wilfredo Arriola, a quien considero un escritor joven con un trabajo muy valioso e interesante. Con Wilfredo no sólo nos une la amistad, sino el camino recorrido en el Taller de Literatura de la UEES y La Fragua.
Wilfredo y yo leeremos en castellano, mientras nuestro buen poeta Mustafá además de la lengua nacional también compartirá versos en persa.
Será una tarde-noche interesante. Espero que puedan compartir con nosotros, porque no sólo habrá lectura de poesía, también habrá conversatorio.  Todo el evento será moderado por nuestro hermano y amigo Bilal Arif Portillo, con el que siempre tenemos la complicidad de elaborar barcos que navegan en el cielo y darle la mano a los molinos de viento.
La actividad se desarrollará el sábado 21 de junio a las 5:30 de la tarde.

martes, 10 de junio de 2014

Al alba


Por Mauricio Vallejo Márquez

Volar de noche es un espectáculo. Uno comparte en la cabina del avión con mucha gente y se puede decir literalmente que ha dormido con todos ellos. Los asientos se reclinan y las luces se apagan, comienza la noche o lo que queda de ella.
Recomiendan cerrar las ventanillas para que la luz no moleste en el momento en que el sol le  da por dar ese brinco lento hacia el cielo. Pero cuando vuelo de Los Ángeles a El Salvador, ese tipo de anuncios no existen y en el vuelo puedo observar ese amanecer con todo lujo de detalle. Logro ver la escala de colores y su difuminación. Ese maravilloso hilo blanco que se torna amarillo, luego naranja, violeta y azul negro. Como si fuera una uña que va creciendo hasta que de pronto llega el día sin remedio.

Hay escarcha en la ventana. Afuera hace frío, pero dentro del avión no es tanto. Algunos duermen, otros ven películas o escuchan un concierto, yo he visto un concierto de luces, una danza de colores. Uno de los mejores espectáculos de mi vida.



lunes, 9 de junio de 2014

Apariencia

Por Mauricio Vallejo Márquez
La quietud contiene mucho movimiento. A veces me detengo a observar desde mi ventana el delicado trajín que lleva con lentitud la mañana. Veo los microbuses recogiendo a los niños, la gente caminando a su trabajo, alguna ardilla equilibrando en el tendido eléctrico, mientras a lo lejos logró ver a Armindo barriendo las hojas secas que procuran ser islas en el caudaloso río negro que tenemos por calle.
Esa calle, no es la misma, aunque lo sea. Pasamos tardes enteras en ella, jugando fútbol, en esos partidos donde no había tiempo ni número exacto de participantes. Casi todos los varones de la colonia estábamos ahí. Jugando el mascón.
La noche hace su mella también y el sonido de los vehículos trayendo fiesta a cualquier casa se dejaba escuchar después de las 8:00 de la noche, e incluso sonaba más duro luego de la madrugada.

Las calles de la colonia son así, silentes, pero con mucho ruido. Ese ruido que se escucha de momento y que no se olvida.  Y parece que no pasara nada, así son los seres humanos también, que pretenden el silencio y llevan bajo el brazo todo el bullicio que parecía inexistente. El mundo, las cosas y la gente tiene una apariencia que oculta muchas historias.


jueves, 5 de junio de 2014

Una noche ante la sinfónica

por Mauricio Vallejo Márquez

Uno tiene gustos creados. O quizá simplemente uno va reconociendo sus gustos a medida que va experimentándolos. La música clásica resultó así para mí. La escuchaba desde pequeño, y bueno al final tengo mis favoritos que me acompañan a veces mientras escribo como sucede con Bach, Händel, Brahms y Tchaikovsky.


Hoy decidí inundarme de música, pero no por el medio digital, sino que en vivo. Estar en el Teatro Presidente escuchando y viendo a los músicos interpretar sinfonías. Me impresiona ver la  pericia con que manejan sus instrumentos, la delicada inclinación que los violinistas tienen mientras interpretan una pieza,  la exactitud del percusionista que aguarda el momento justo para entrar, todo finamente trabajado por semanas, meses, años.

La música es algo maravilloso, y el ser músico también. Poseer un oído musical, aprender a leer  música e interpretarla requiere de talento y de estudio. No es algo fácil, aunque lo parezca. Claro, todo lo que hace un experto lo parece hasta que lo intentamos nosotros.
Esa disciplina del músico requiere no sólo de constancia, sino de voluntad. Por eso siempre he admirado a mi tía Alba Márquez, ella toca el violoncello en la orquesta sinfónica. Desde pequeño la vi ensayar y estudiar con mucha devoción. Antes era más habitual mi presencia en los conciertos, sobre todo cuando era pequeño. Los compromisos y otras actividades me hacían alejarme un poco del teatro, pero ahora siento cada ve más necesidad por estar presente. La  música se hace necesaria y fundamental, es por eso que me doy cuenta que la disfruto. ¿Por qué no llegar más?, me pregunto. Y así volvimos a llenarnos de conciertos.


Existen muchas profesiones que a través del estudio pueden lograrse, pero no como la música. Para ello se requieren de tantos elementos que los músicos de la sinfónica deberían ser no sólo respetados, sino estimulados dándoles su valor, el valor que requiere ese título de patrimonio nacional: pagarles como tal. Un artista es valioso y requiere ser valorado como tal. Las salas deberían estar llenas, como seguramente comenzarán pronto a estarlo.