lunes, 18 de agosto de 2014

Libros, autores y escenarios

por Mauricio Vallejo Márquez

Cuando comencé a decirle a la gente que me gustaba escribir, comenzaron a preguntarme ¿Cual es tu escritor favorito? Tremenda pregunta a esos mozos años, no porque me faltaran lecturas o que tuviera autores en exceso, sino porque me resultaba confusa la pregunta. Era algo así como tener un juego predilecto o una película que me gustara ver más. Esos cuestionamientos que nos resultan innecesariamente comprometedoras.
¿Un escritor favorito?
Y hasta la fecha sigue resultando complejo responderlo. Puedo hablar de escritos que me encantan, poemas que amo leer o recitar de memoria, incluso historias que me encantan pensarlas o vivirlas en sus paisajes, ambientes o ciudades. Quizá por ello me cueste tanto hablar de un favorito.
Existen autores los cuales con un conjunto de sus poemas me han atrapado, puedo hablar de Osvaldo Escobar Velado con su poema Patria Exacta y esa evocación hermosa que muestra quien es y cómo, y a pesar de que fue escrito en la década de 1940 sigue siendo intensamente verdadero. Me sucede lo mismo con Blasòn de Alberto Masferrer, que con cada año me conmueve más, después de aquel 2000 cuando me lo presentó Álvaro Darío Lara. Me enternece y me da suma tristeza el poema de los dones de Jorge Luis Borges, esa resignación de tener a la vez lo que odiamos y amamos, una sensación tan humana en ese prqueño dios que nos menciona Vicente Huidobro en Art Poética y que luego lo vemos como ese dios triste y carente de acción ante el destino humano que nos muestra César Vallejo en Traspie entre dos estrellas, afirmando que somos eso.
Me agrada leer novelas, embeberme con sus personajes, aquí son los españoles los que mandan, y tengo mi lista. Idelfonso Falcones, carlos Ruiz Zafón, Benjami Prado, Antonio Gala, Rosa Montero. No sé, me agrada su forma de narrar, su tino para dar ganchos y carnadas. No todas sus novelas, pero sí las necesarias.
Sin embargo, hay escenarios que me resultan particularmente atractivos como Comala de Pedro Páramo, ese lugar ideado por Juan Rulfo me intriga y me atrae, sólo por eso quiero adentrarme en esos paisajes de arena y sol hasta la saciedad. Dimensionar esos ocasos aspirando el quemante aire que la soledad hacen ver y sentir como otro infierno menor al infinito.
Me encantaría recorrer la abadía de El nombre de la Rosa de Humberto Eco, y porque no el Cementerio de los Libros perdidos de Ruiz Zafón o la isla Utopía.
Quisiera sin dudas tocar, oler y sentir cada lugar, cada poema, cada línea, cada escenario hasta el momento en que cierro el libro y el tiempo y la realidad se encargan de mantenerlos vivos sólo cuando cierro los ojos y me doy a la tarea de recordar esos pasos que se materializaron mientras pasaba las páginas de esos mundos.

jueves, 14 de agosto de 2014

Las calles y el rumor que las habita


por Mauricio Vallejo Márquez

Son curiosas las calles, el rumor que en ellas habita. Sobre todo las del Centro de San Salvador donde los vendedores han asaltado las cunetas, las calles y hacen del día una feria por siempre donde habitan sus juegos de cartas, las chiviadas, las mesas con cuadros para jugar damas o ajedrez.
En todo tiempo, y a veces por gusto, por el sólo hecho de no tener la mirada perdida, camino. Y conforme borro los pasos crece la ciudad y las costumbres y la gente se mueve entre la calle y el negocio ajenos a todo, hasta que una voz emerge de un local invitando a pasar. Y os viejos con su barba de sueños venden la suerte y le llaman jugar a tomar un trozo de papel con números, y buscan el mejor, el que lleva el triunfo, los mil, dos mil o más.
Y sigo, porque el resto del camino no existe, y conforme crecen las cuadras y el bullicio muta como un ventilador al paso de sus astas, mostrando una ilusión de lo que es. Así son las calles del Centro, tan llenas de nosotros mismos, llenas de lo que negamos que pretendemos negar a pesar de la certeza fiera de que es así, y no hay duda de que los ruidos retratan nuestro pasado de represiones, de odios, de intolerancia y racismo. Eso que nos enseñaron a hacer con prohibirlo con distorsionarlo, con empañarnos la realidad, lo bueno que somos. Esas mentiras que a rosa de los vientos nos afirman, y que por amor las creemos o por ingenuidad, ¿porque qué puede ser mas ingenuo que el amor?, qué puede también ser mas peligroso que cuando se tiene o cuando se ha perdido. Todo eso contienen nuestras calles que agonizan soportando hasta la muerte para no gritarlo, pero que lo muestra en su rostro, ese sucio rostro que arrastra nuestra pobreza e incultura y que quizá nunca podrá cambiarse, porque de hacerlo tendrían que cambiar todo nuestro país y so no se puede si no se quiere. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

El sendero que habita la tarde

por Mauricio Vallejo Márquez

Aquella tarde cuando el parque era un páramo y no había señas de que habrían senderos y que la hierba iba a rodear ese inmenso almendro de río, procuramos tomar de su falda a la tarde. Sentados ahí, cubriendo de sombra las pocas mesas de cemento no alcanzaba a ver que la vida era más ancha y larga que los días.
Me levantaba y salía a bordear las calles, a repasarlas y a encontrarme en ese andar.
He caminado mucho desde ese entonces, y aunque me canso sigo andando. Pero esa tarde estábamos Carlos Santos y yo, agotando las horas.

En donde habita el tiempo
Carlos hablaba quedo, como si forzara hacia dentro la palabra tras darle un jalón al cigarro, y sonreía exageradamente, pero con brevedad. Ese poeta con la camisa desabotonada y el pelo largo y rizado que asemejaba un nido al que se le desprenden tiras, era el más grande gurú que me había encontrado, aunque muchos compartieron conocimientos y lecturas, resultaba más espontáneo y rebelde. Es probable que eso nos llevara a seguirlo, creer ciegamente que tenía la razón absoluta, aunque con el tiempo nos diéramos cuenta que no era así. Claro que no nos enseñó mucho y cada vez que veo una hormiga verde me acuerdo de él, porque justo acá (en este parque) pasamos la tarde escuchando hablar al viento y procurando que el cenit durara tanto como el respiro. Ya no me acuerdo qué más hablamos ni que más dijo mientras encendía uno a uno sus cigarros y su boca hacía círculos como en una película de cine mudo.
La mente es así de discreta a veces y se guarda diálogos que hubiera sido fantástico retratar. Como esas tardes en su casa cuando compartíamos café frío e historias. Sólo sé que no surgió el poema o una lección, sin embargo quedó la estela de saber disfrazar el paso de las horas mientras el viento arrullaba como un caudal el cenit.
Una mesa, un mapa, una historia.

11 08 2014

sábado, 2 de agosto de 2014

Receta sin retorno

por Mauricio Vallejo Márquez

Es posible que el mundo regrese a su principio, como lo demuestran los diferentes ciclos en la naturaleza. El día se convierte en noche para volver a ser día con el pasar de las horas, y con esa premisa de que la materia nunca se destruye sino que se transforma llego a tener la impresión de que en realidad la vida es un caudal que cruza el cauce del tiempo. El agua que recorre la corriente no es la misma que fue en su principio, ni será la misma al final, aunque su esencia lo continúe siendo.
Por eso mismo la posibilidad del retorno sólo tiene un tiempo establecido y aún así jamás será otra vez la misma, aunque se ocupe el mismo espacio. Los días que se fueron ya no son, sólo queda su registro en nuestras mentes y en la historia.
Somos ingenuos engañándonos con la existencia, dándole importancia a cosas que no la tienen y que quizá jamás la tendrán. Sin embargo, cómo no hacerlo si somos humanos. Personas, individuos, sujetos y condenados a fallar a buscar la perfección, pero siendo finitamente perfectibles y falibles e imposibilitados de volver al principio, aunque tengamos miles y miles e principios, en tanto descubrimos que todo cauce tiene final y no somos como el agua en su ciclo histórico, aunque algunas fes lo consideran así y nos hablan de la reencarnación o la llegada a otro mundo llamado Paraíso. Lo no comprobable siempre será una duda, y las dudas son las que fundamentan una fe. Nadie puede tenerla si no se ha enfrentado a la imposibilidad. ¿Podremos retornar? ¿Volveremos a retorna? Quizá, eso es lo hermoso de algo que en sí mismo es una posibilidad, es posible.

01 08 14
Caracol de Cristo Darwin Fuentes.

viernes, 1 de agosto de 2014

Receta infinita

por Mauricio Vallejo Márquez

Cuando la vida cambia de golpe hay que salir a la calle, cerrar los ojos y comenzar a indagarnos. Uno no sabe si vivía una vida prestada o se obligó a alquilarla más tiempo que el debido por esas extrañas razones de ser un individuo de la raza humana o de creer que uno lo es.  Porque siempre habrán dudas. Uno está acá en este mundo sin saber el porqué y mientras uno vive entre esta frontera de la vida se conforma con creer que le encontramos sentido a la vida, que le dibujamos un mapa, siendo nosotros los que nos adherimos a la vida. No hay remedio en ello más que en vivir.
Así que sabiendo esto la vida en su continuo movimiento nos va dejando aunados en la incertidumbre, pero nadie se detiene  observar esta danza en la que el movimiento más complejo es la muerte, el único que nos libera de este infinito movimiento en que nuestros cuerpos se mueven como un nombre, nos engulle como un conjunto de letras, de grafías o radicales, de líneas y puntos que al final no son nada, nada como nosotros mismos pretendiendo vivir entre ideales absurdos que sólo sin banderas que se van destiñendo con los años y pasan de rojas a blancas, de blancas a azules, se suma amarillo o verde y al final van quedando sólo los jirones que el viento se compadece en dejar.
¿Cambiar la vida, entonces? No cambia, ella sigue en su continuo movimiento de cambios como un acto repetitivo, infinito, mientras nosotros nos iremos volviendo una estampa lejana que estuvo, que alguna vez fue y que no volverá a ser, un individuo sin retorno desde su concepción y que va cambiando, cambia y cambiará en su complejo cambio.

08 07 14
El escultor Cristo Darwin Fuentes labra el cambio en la madera.