lunes, 29 de junio de 2015

El ojo y su verdad


por Mauricio Vallejo Márquez

Es difícil observar con la mirada cerrada. No permitir que el ojo vea más allá del sentido llano de ver. Lograr poner atención en todo lo que existe, en cada uno de sus detalles y poder describir la vida en lo nimio de un instante.
A veces es simplemente eso, la imposibilidad de ver o de sentir. Limitados al simple hecho de no poder hacerlo porque estamos suprimiendo la acción. No lo sé, al razonarlo resulta la verdadera razón algo tan lejano y quizá imposible. Sin embargo, a pesar de todo lo que podría evitar que observara, observo.
Quedo absorto en el reflejo de ese líquido oscuro llamado café y lo fotografío. Procuro captar el instante del reflejo y su aliento incoloro que me dice café. Y al hacerlo el reflejo se pierde para tomar lugar la figura de mi celular y ese cuadro que muestra el ojo de la cámara. 
Y al quitar la cámara vuelve el reflejo único que nada más puede ver mi ojo, que sólo está preparado y autorizado mi ojo. Luego, se disipa todo y sólo queda el recuerdo, así como la fotografía de un pasado incierto que se vuelve real porque la cámara lo captó; sin detenernos a observar que la mayor verdad quedó en el ojo.

lunes, 22 de junio de 2015

Una celebración del día del maestro por cuatro generaciones

por Mauricio Vallejo Márquez


Provengo de una familia de maestros. Mi bisabuelo Manuel Pineda fue maestro, de aquellos que trabajaron en una jefatura magisterial en la época del general Martínez y del presidente que llamaban Mica Polveada. Fue a estudiar a Puerto Rico y siempre estuvo en su vocación, incluso cuando se jubiló. Papá Manuel, le llamaba. Era tan dulce que cuando yo quebré unos vidrios, él llegó con un rimero de 25 vidrios para cuando volviera a pasar.
Luego mi abuelita, Josefina Pineda de Márquez, quien ejerció la docencia por más de 65 años y es una de las fundadoras de ANDES, mi abuela también fue maestra de mi papá cuando cursaba el bachillerato en el Inframen, y sigue siendo mi maestra, además de continuar enseñando a través de su columna semanal Gotas de ortografía. Mi abuelo Mauro fue maestro de inglés, de matemática y Maestro en la Logia, el abuelo que se sentaba conmigo por las tardes a hacer tareas o a ilustrar los cuentecitos que yo elaboraba.
Mi mamá, Patricia Márquez, también maestra, siguiendo el ejemplo de su abuelo y su madre. Recuerdo cuando la acompañaba a la UES cuando daba clases. Siempre fue una maestra que la gente quería.
Mi abuela paterna, María Julia Marroquín de Vallejo, también fue maestra de matemática. Además de que elaboraba las famosas libretas de ciencias sociales, matemática y biología de Edisal.
¿Y yo? ¿Qué podía hacer? No sólo las letras están en mi sangre. Mi primer trabajo como profesor fue en el Instituto Nazareth, después dimos clases en la Universidad Evangélica y la UTEC. Y seguimos dando clases de literatura en la Asociación islámica Shiita. Así que celebro también al cuádruple este día del maestro. Gracias a mi bisabuelo, mis abuelos y mi madre.

domingo, 21 de junio de 2015

Escribir, el maravilloso oficio

Por Mauricio Vallejo Márquez
El oficio de escritor es solitario. Sin intermediarios ni ayudantes, es uno solo luchando contra la página en blanco y la exigencia de hacer algo que deseamos hacer: escribir. Claro que para llegar a esta conclusión se debe de bordar un sinfín de conflictos y aventuras que comienzan con el genuino hecho de desear ser. Acción que puede contender con el verdadero deseo de alguien, que no siempre tiene que ver con nuestra verdadera vocación. Recuerdo que Geovani Galeas decía que si no era alguien realmente bueno en la literatura entonces mejor que escogiera ser médico o carpintero, cualquier cosa. Sin embargo su comentario no dejaba fuera que cualquier individuo con el talento necesario podía llegar a convertirse en escritor.
Toda vez que exista el deseo genuino y la capacidad, el viaje estará hecho. El resto es pura disciplina y trabajo, como para tocar el violín. Se aprende porque se tiene el talento, el resto es dedicación y el pasar el tiempo. Algo que nos cuesta entender, porque la comodidad siempre es primero.
Por lo general este oficio de labrar palabras goza del desaliento de los familiares y amigos, además de la ignorancia del resto de personas que tenemos a nuestro alrededor. No siempre tenemos la fortuna de tener algún perito en el tema, por lo general la gente sólo dirá: "está bonito", entre sonrisas y luego a olvidar el tema. En mi caso, a pesar de ser hijo de un escritor sólo mi abuela materna tenía la convicción de que sería escritor, aunque me desalentaba al decirme que de escritor no se vive. Yo diría que al ser escritor es en verdad cuando vivo. Pero ella se dio a la tarea de guiarme en la primera jornada como legionario de las letras, además de compartirme su biblioteca casi como si fuera la mía. El resto, pues nada. Se sumaron cuando el camino estaba comenzado.
No puedo dejar de pensar en el ofrecimiento que me dio una vez mi abuela paterna cuando me cuestionaba sobre qué era lo que deseaba ser. Ellos querían que fuera abogado o médico. En tanto yo seguía empecinado con ser escritor, así que al ver mi convicción ella me ofreció adecuar una habitación para el oficio, que llenaría de libros y lo necesario, pero con la condición de que fuera el mejor del país. Ante tremenda propuesta y, en mi rebeldía y bohemia, le dije que no, que iba a estudiar. Primera gran falla en mi carrera, aunque me gradué en Leyes, siempre he dedicado más tiempo a la literatura que al Derecho. A veces me pregunto si estoy en un error y si debería dedicarme a ganar dinero como el resto.
¿Y los premios y certámenes? A veces creo que no me aliento lo necesario para participar, como no considero un premio un termómetro de calidad, aunque otros sí. El poeta Carlos Santos afirmaba que la gran mayoría de premios estaban amañados, en lo personal creo que esa opinión que escuché me sigue calando aunque me quieran convencer de lo contrario. Sólo he participado en tres certámenes, y en uno obtuve una mención de honor. Ya veré si me convenzo en participar.
El escritor escribe, así que esa es mi dedicación principal. Escribir. Escribir. Escribir. Además de leer. No me dedico a publicar todo lo que escribo, es más lo que he publicado no llega a sumar ni el uno por ciento de lo que escribo. Pero estamos pensando que lo iremos publicando, nada se pierde. Claro que será a su tiempo, mientras seguiremos en este oficio maravilloso de escribir.