ARANDO EN LOS DÍAS

 Salí del aula. El ancho y largo pasillo que me llevaba al baño comenzó a moverse, igual que una hamaca. Aquellos ladrillos brillantes del piso me parecían una pista de patinaje sobre hielo. Perdí el equilibrio y caí sentado. Al fondo, a lo lejos se escuchaba un bramido como el del mar. 

Tenía seis años y ni por enterado que estaba viviendo un terremoto, el que atravesó San Salvador y derribó el edificio Dario y otros lugares. Yo estaba en el Externaso de San José, donde estudiaba preparatoria.

El pandemonio inició. Todos salían atropellándose entre ellos. Veía el polvo caer de los plafones, las aulas parecían regaderas de polvo gris. Algunos niños salían cubiertos de sangre, golpeados. Así como el hermanito San Pedro que le cayó un bloque de proporciones suficientes para asustar.

Luego bajé con tranquilidad junto aquel tropel  de estudiantes, maestros y sacerdotes jesuítas asustados para ver un conjunto musical cerca de la cancha de fútbol, afuera celebraban el día del psicólogo. Escuchaba llorar a Gerardo, llamando a su mamá. Esa mañana no dimensioné lo que era una pérdida de esa naturaleza. Mi amiguito no se repuso de esa pérdida que intuyó.

Hoy que han pasado 40 años de ese terremoto, me arropo de esos recuerdos para comprender que no solo no me tocaba quedar bajo las ruinas, si no agradecer por seguir arando en los días, con la profunda consciencia que vivir también implica agradecer, además de seguir adelante y esta es una buena oportunidad para volver a escribir.

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