domingo, 21 de octubre de 2007

Desierto



Mauricio Vallejo Márquez

El hombre no se detuvo, continuó caminando. No servía de nada detenerse. A veces giraba su cuello para observar lo que dejaba atrás. Sólo veía arena reflejando el ocaso en la inmensidad absoluta. El hombre, como si se tratara de una marcha, golpeaba el suelo con la destreza de un carabinero. Siempre a la búsqueda de la vegetación. Una sonrisa rompía la seriedad de su rostro cuando encontraba un árbol o una flor. Los tomaba entre sus manos, pero al darle la espalda todo se transformaba lentamente en dunas, en nada. El pasto que reverdecía y se movía con el viento, se secaba con una rapidez jamás vista, ningún ojo humano podía explicar este suceso. A un segundo paso, el pasto se hacía polvo. Al tercero, la tierra se agrietaba. Y al cuarto, las arenas lo inundaban todo.

Todos los hombres de la tierra advirtieron el problema, se reunieron a discutir. Y al no encontrar una solución más razonable que asesinarlo planearon esperarlo en un bosque. Esperaron a que tocara la hierba.
Como un niño, el hombre dibujó en sus ojos la armonía de la hoja, observó cada una de sus células y les puso nombre, las nombró clorofila, hoja, planta, árbol, selva, bosque, mundo.
El hombre calló al suelo, y rebotó dos veces sobre él. Sus ojos se desorbitaron, sus manos se tornaron tensas. Su boca dejó escapar un quejido. En el suelo sintiéndose solo y abatido, lloró. Uno de los hombres se acercó a él y compadecido le preguntó:
-¿Cómo te llamas?. El hombre intentó por un largo segundo levantar su rostro y como si quisiera volver a llorar contestó:
-¡Hombre, me llamo Hombre!.

1 comentario:

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Este cuento lo escribí en el 2001, siempre he tenido un profundo interés en mejorar nuestro medio ambiente y hasta el momento este ha sido un buen aporte, pues ha sido utilizado para campañas ecologicas en la radio, algo que agradezco a Luis Rivera de ARPAS.