miércoles, 1 de julio de 2015

Julio y Fabieli

por Mauricio Vallejo Márquez


Julio me recuerda muchos amigos, aventuras y sueños. Julio tiene ese rostro simpático que guiñe ojos y dice aquí estoy para que recuerdes y te de el mundo giros y aperturas. Así es como empiezo a labrar anécdotas que se van haciendo historia y llegan a armar otras historias.
En julio llegué a conocer a uno de los personajes más curiosos de mi vida, un tipo que sin quererlo se convirtió en un gran amigo. Era escultor y un verdadero soñador, era Antonio Fabieli.
A Fabieli le gustaba el café y la mariguana. Nada raro para un artista, pensaba. Claro, con la estigmatización que se tiene se piensa así. Pero Fabieli era uno de esos tipos que de por sí ya habitan otro mundo, a esos seres le llaman locos. ¿pero será que los locos en realidad somos los cuerdos?
Preparábamos café cubano, porque Fabieli era esa mezcla de nacionalidades Italiano-cubano-estadounidense que había vivido casi toda su vida como hippie, por eso estaba acá en El Salvador. Se había venido caminando desde el enorme país del Norte.
No podía moverse con facilidad en el país, le costaba entender nuestra cultura. Claro que pretendía hacerlo, en esos años gobernaba Armando Calderón Sol y al parecer le agradaba a Fabieli.
“Este tipo vale la pena, quiere la unión de Centroamérica”, me decía. Yo tenía mis dudas, Calderón Sol era un presidente de Arena y de por sí pertenecer a un partido político es tener una mirada parcial de la realidad, aunque también una verdad. Nunca logró convencerme, pero lo intentó.
Tenía sus gracias, Fabieli. Hablar con él era ver el mundo como un desentendido del sistema. No le importaba la marca de la ropa, ni si los zapatos eran los estéticos o de moda. Le importaba estar vestido y calzado aunque los zapatos le quedarán de canoa. Lo que no podía faltar en él era el cigarro y el café. ¿Y la mariguana? No era de fácil acceso para él. Así que no lo vi fumarla, aunque sí hablar maravillas de ese monte mágico que hace perder la realidad por otra realidad.
Una vez, un amigo le hizo trueque, le dio una bolsita de tabaco para pipa haciéndole creer que era mariguana. Fabieli iba emocionado cortando la última página de una Biblia para comenzar el ritual, pero la nube de tabaco era densa y dura. Gran decepción, estaba todo triste y molesto. ¡Ah, Fabieli!
En esos años no detectaba los locos y aún ahora me resultan tan simpáticos cuando vuelan. Claro que los violentos y mal intencionados no me parecen agradables. Fabieli se tomó su tiempo y decidió regresar a su patria. Se fue dejando un proyecto inconcluso, aquel famoso festival medieval. 
Fabieli me dejó varias enseñanzas, pero la principal: seguir mi camino.
Eso es lo hermoso de aprender a observar, cualquier persona nos enseña mucho.


lunes, 29 de junio de 2015

El ojo y su verdad


por Mauricio Vallejo Márquez

Es difícil observar con la mirada cerrada. No permitir que el ojo vea más allá del sentido llano de ver. Lograr poner atención en todo lo que existe, en cada uno de sus detalles y poder describir la vida en lo nimio de un instante.
A veces es simplemente eso, la imposibilidad de ver o de sentir. Limitados al simple hecho de no poder hacerlo porque estamos suprimiendo la acción. No lo sé, al razonarlo resulta la verdadera razón algo tan lejano y quizá imposible. Sin embargo, a pesar de todo lo que podría evitar que observara, observo.
Quedo absorto en el reflejo de ese líquido oscuro llamado café y lo fotografío. Procuro captar el instante del reflejo y su aliento incoloro que me dice café. Y al hacerlo el reflejo se pierde para tomar lugar la figura de mi celular y ese cuadro que muestra el ojo de la cámara. 
Y al quitar la cámara vuelve el reflejo único que nada más puede ver mi ojo, que sólo está preparado y autorizado mi ojo. Luego, se disipa todo y sólo queda el recuerdo, así como la fotografía de un pasado incierto que se vuelve real porque la cámara lo captó; sin detenernos a observar que la mayor verdad quedó en el ojo.

lunes, 22 de junio de 2015

Una celebración del día del maestro por cuatro generaciones

por Mauricio Vallejo Márquez


Provengo de una familia de maestros. Mi bisabuelo Manuel Pineda fue maestro, de aquellos que trabajaron en una jefatura magisterial en la época del general Martínez y del presidente que llamaban Mica Polveada. Fue a estudiar a Puerto Rico y siempre estuvo en su vocación, incluso cuando se jubiló. Papá Manuel, le llamaba. Era tan dulce que cuando yo quebré unos vidrios, él llegó con un rimero de 25 vidrios para cuando volviera a pasar.
Luego mi abuelita, Josefina Pineda de Márquez, quien ejerció la docencia por más de 65 años y es una de las fundadoras de ANDES, mi abuela también fue maestra de mi papá cuando cursaba el bachillerato en el Inframen, y sigue siendo mi maestra, además de continuar enseñando a través de su columna semanal Gotas de ortografía. Mi abuelo Mauro fue maestro de inglés, de matemática y Maestro en la Logia, el abuelo que se sentaba conmigo por las tardes a hacer tareas o a ilustrar los cuentecitos que yo elaboraba.
Mi mamá, Patricia Márquez, también maestra, siguiendo el ejemplo de su abuelo y su madre. Recuerdo cuando la acompañaba a la UES cuando daba clases. Siempre fue una maestra que la gente quería.
Mi abuela paterna, María Julia Marroquín de Vallejo, también fue maestra de matemática. Además de que elaboraba las famosas libretas de ciencias sociales, matemática y biología de Edisal.
¿Y yo? ¿Qué podía hacer? No sólo las letras están en mi sangre. Mi primer trabajo como profesor fue en el Instituto Nazareth, después dimos clases en la Universidad Evangélica y la UTEC. Y seguimos dando clases de literatura en la Asociación islámica Shiita. Así que celebro también al cuádruple este día del maestro. Gracias a mi bisabuelo, mis abuelos y mi madre.

domingo, 21 de junio de 2015

Escribir, el maravilloso oficio

Por Mauricio Vallejo Márquez
El oficio de escritor es solitario. Sin intermediarios ni ayudantes, es uno solo luchando contra la página en blanco y la exigencia de hacer algo que deseamos hacer: escribir. Claro que para llegar a esta conclusión se debe de bordar un sinfín de conflictos y aventuras que comienzan con el genuino hecho de desear ser. Acción que puede contender con el verdadero deseo de alguien, que no siempre tiene que ver con nuestra verdadera vocación. Recuerdo que Geovani Galeas decía que si no era alguien realmente bueno en la literatura entonces mejor que escogiera ser médico o carpintero, cualquier cosa. Sin embargo su comentario no dejaba fuera que cualquier individuo con el talento necesario podía llegar a convertirse en escritor.
Toda vez que exista el deseo genuino y la capacidad, el viaje estará hecho. El resto es pura disciplina y trabajo, como para tocar el violín. Se aprende porque se tiene el talento, el resto es dedicación y el pasar el tiempo. Algo que nos cuesta entender, porque la comodidad siempre es primero.
Por lo general este oficio de labrar palabras goza del desaliento de los familiares y amigos, además de la ignorancia del resto de personas que tenemos a nuestro alrededor. No siempre tenemos la fortuna de tener algún perito en el tema, por lo general la gente sólo dirá: "está bonito", entre sonrisas y luego a olvidar el tema. En mi caso, a pesar de ser hijo de un escritor sólo mi abuela materna tenía la convicción de que sería escritor, aunque me desalentaba al decirme que de escritor no se vive. Yo diría que al ser escritor es en verdad cuando vivo. Pero ella se dio a la tarea de guiarme en la primera jornada como legionario de las letras, además de compartirme su biblioteca casi como si fuera la mía. El resto, pues nada. Se sumaron cuando el camino estaba comenzado.
No puedo dejar de pensar en el ofrecimiento que me dio una vez mi abuela paterna cuando me cuestionaba sobre qué era lo que deseaba ser. Ellos querían que fuera abogado o médico. En tanto yo seguía empecinado con ser escritor, así que al ver mi convicción ella me ofreció adecuar una habitación para el oficio, que llenaría de libros y lo necesario, pero con la condición de que fuera el mejor del país. Ante tremenda propuesta y, en mi rebeldía y bohemia, le dije que no, que iba a estudiar. Primera gran falla en mi carrera, aunque me gradué en Leyes, siempre he dedicado más tiempo a la literatura que al Derecho. A veces me pregunto si estoy en un error y si debería dedicarme a ganar dinero como el resto.
¿Y los premios y certámenes? A veces creo que no me aliento lo necesario para participar, como no considero un premio un termómetro de calidad, aunque otros sí. El poeta Carlos Santos afirmaba que la gran mayoría de premios estaban amañados, en lo personal creo que esa opinión que escuché me sigue calando aunque me quieran convencer de lo contrario. Sólo he participado en tres certámenes, y en uno obtuve una mención de honor. Ya veré si me convenzo en participar.
El escritor escribe, así que esa es mi dedicación principal. Escribir. Escribir. Escribir. Además de leer. No me dedico a publicar todo lo que escribo, es más lo que he publicado no llega a sumar ni el uno por ciento de lo que escribo. Pero estamos pensando que lo iremos publicando, nada se pierde. Claro que será a su tiempo, mientras seguiremos en este oficio maravilloso de escribir.

domingo, 4 de enero de 2015

Un nuevo año y la felicidad de Buda

por Mauricio Vallejo Márquez

Buda era mencionado por mi abuela Josefina. Ese hombre que yo relacionaba siempre con un señor con los lóbulos de sus orejas enormes. Mi abuela siempre tuvo devoción por esos guías espirituales que algo le han enseñado al ser humano. Y Buda es uno de ellos.
En Taiwán pude conocer uno de sus templos. Enorme templo que llenaba el horizonte con una figura que lo emulaba, una figura dorada que se dejaba barnizar de sol. Esa tarde hablaba con Haufan Salengke un amigo indonesio que es musulmán, acerca de lo positivo o negativo de caminar por ahí.
Haufan, siempre afable, me dijo: “Fue un hombre de grandes enseñanzas”.  Y qué más decir sobre eso. Dejé que el día me guiara por ese lugar, me concentré en conocer un poco de Buda y de tomar lo bueno, como debe ser. Ya antes había recorrido varios templos y me preguntaba cómo sería el próximo año, como sería el 2015.
Tan lejos de El Salvador, tan lejos de todo. Con la cabeza suficientemente fría para plantearme cualquier pregunta de lo que deparara el futuro porque no había nada que me recordara el presente. Tal vez no tenga las mismas ideas de esa tarde de marzo, pero sí esa incertidumbre por el devenir que lo combina con la certeza de la esperanza. Pero, aprendiendo siempre a saber que lo importante es ser felices a pesar de lo que depare el mundo.
Dentro de las exposiciones de Buda encontré al Buda feliz, ese que repetía cada cierto tiempo kai chin (estoy feliz) mientras el mundo seguí avanzando y avanzando. Quizá esa era la clave para tantas cosas: la felicidad. ¿Pero qué es y cómo se obtiene?
 "La felicidad es un estado mental que nos permite apreciar cualquier cosa", dijo Buda.

Qué otra cosa mejor que esa, seguir con el deseo de crecer al aprender a conocernos y saber cómo seguir creciendo. No crecer en esa idea egoísta de azadón, sino la de mejorar yo para ayudar a mejorar a otros. Así que el 2015 me recibe con ese deseo de seguir creciendo como ser humano para seguir ayudando a otros. Gracias, Buda. Gracias, Haufan. Siempre aprendemos, si deseamos aprender.