viernes, 23 de noviembre de 2012

Sin plan se planea perder

por Mauricio Vallejo Márquez
Me encanta el ajedrez.  Me divierto moviendo esas piezas en los tableros de 64 escaques, olvidándome de que el mundo existe a mi alrededor. Estoy bajo el encanto de ese combate de mentes que se libra con esas 32 piezas, siempre.  Y no rechazo una buena partida.
Me agrada el ajedrez desde pequeño, y sólo mientras tenía 17 jugué en torneos de la federación salvadoreña y en los Juegos estudiantiles de 1997, de los que guardo un  recuerdo de plata. Desde ese año me quedé con el ajedrez fraternal y ocasional, aunque no renuncio a la posibilidad de volver a los torneos o de llevar a mi hijo.
Ese año fue interesante compartiendo horas con Carlos Alvarez, Carlos Ríos y Ricardo Ríos en los pasillos y el Colegio Cristóbal Colón y luego las tardes llenas de Combinaciones y sacrificios junto a Rafael Monge, David Blanco, Rafael Mendoza y Carlos Burgos, entre otros que no sólo mediamos fuerzas sino que también me enseñaban mucho. Desde diciembre de ese año dejé de jugar en esas mesas, aunque seguí mi juego en internet y bebiendo de los libros de mi papá, que ahora me sirven para enseñarle a mi hijo (que ya me gana).
Siempre me agradó el sueño de que el ajedrez se convirtiera en un deporte más popular, aunque sí lo era, porque veía la gente de mi colonia agotar las horas entre fútbol y ajedrez, pero con el tiempo he visto disminuir la pasión por los reyes y caballos a unos pocos, mientras otros sienten la afición, pero las ocupaciones diarias los atrapan en otras actividades.
Cuando reparo en esas horas moviendo piezas y elaborando estrategias, me doy cuenta que en verdad la vida es como un juego de ajedrez donde el que no tiene un plan planea perder. Sabias palabras que se repetían hasta la saciedad en la Federación. Por años creía que sólo eran dignas del juego, pero con el tiempo se vuelven indispensables en la vida.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Ofensiva y cambios

Por Mauricio Vallejo Márquez
La guerra creció con nosotros. Era algo imprescindible, no porque fuera necesario sino porque era una realidad que sin importar a dónde fuéramos siempre estaría con nosotros y siempre nos perseguiría, ya fuera como espectadores, víctimas o exiliados. Sin duda la guerra era tan parte de nosotros como nuestra propia nación.
De niño viví los toques de queda, los cateos, la mirada inquisidora de los soldados, la persecución. Observé desde mi casa las trágicas imágenes que se vivían en mi país y en sus centros de acción. A veces si algún adulto estaba conmigo apagaba el televisor o me mandaba a otra parte para evitar que viera escenas que en la calle eran normales. Vivimos viendo muertos, cadáveres por todas partes, sangre y el siempre reconocido sonido de las balas que sin importar la fecha era infaltable sobre todo por las noches, así como las bombas como respuesta a alguna escaramuza.
Tras la desaparición de mi papá (Mauricio Vallejo) el 4 de julio de 1981 tuve una vida de silencio y movimientos. Vivía de casa en casa hasta los Acuerdos de Paz en 1992, aunque después me quedó la costumbre de no permanecer mucho tiempo en un lugar. Una vez en esos movimientos iba en un camión para Tonacatepeque y un poco después de donde ahora es el Distrito Italia las balas comenzaron a aparecer de cualquier parte. Yo era pequeño, tenía unos 2 ó 3 años, apenas podía comprender lo que pasaba, sólo recuerdo que mi abuela me puso en un rincón de la cabina y luego ella se colocó sobre mí, y sobre ella se dispuso mi abuelo, para evitar que alguna bala llegara a mí. Tras no sé cuánto tiempo los disparos cesaron y sin buscar más explicaciones mi abuelo decidió continuar el camino, pero los soldados nos detuvieron y catearon. Tras eso no recuerdo más que la llegada a Tonaca completos, porque mis abuelos paternos, con quienes compartí la aventura ya no están con nosotros.
Mientras crecía observé de cerca los movimientos en la Universidad de El Salvador, para mí eran normales. Veía a mi mamá trabajando activamente allí, y de vez en cuando algún refugiado en mi casa o en casa de familiares. Todos esos movimientos no me impresionaron tanto como la noche del 11 de noviembre de 1989 cuando me olvidaba de la guerra para vivir mi infancia. Ese día jugué como de costumbre y cuando llegó la noche mi mamá iba a salir. Un tío me llevó junto a Maritza a comer un sorbete y cuando íbamos en la Avenida Bernal, cerca de la Calle a San Antonio Abad suenan los disparos. Miles de líneas doradas cernían frente a nosotros, cruzaban la calle como ahora lo hacen los autos. Mi tío dio un giro de esos de película que sólo quedan dos llantas en el pavimento. Y sin medir palabras sólo nos gritaba: «al suelo».
Al llegar a la casa todo era oscuridad. Las luces se habían apagado para todos, pero en la cocina teníamos un radio de baterías que mi mamá se apresuró a poner. Sonaba la radio Farabundo o la Venceremos no lo recuerdo, incluso mi memoria y la de mi madre nos puede fallar y podría ser una de las nacionales. Hablaban de la ofensiva. Y yo, con todo el dolor del fallecimiento de mi papá me alegré, pensaba que llegaba el tiempo de la justicia.
Esos días volvieron a ser de mudanza. Nos fuimos a refugiar a la casa de mi abuela, donde los helicópteros no volaban tan bajo, pero si lo suficiente para hacernos tenso el momento. Esas noches las vivíamos alrededor de una vela. Muchas de esas noches me quedaba cerca de mi abuela Josefina cuestionándole el comportamiento de algunos dioses griegos y con la esperanza de que ella contara algo más, buscando otro tema que no fuera el holocausto que se vivía afuera. Salir a la calle era una proeza, muchas avenidas estaban doradas, recordaban el camino amarillo del Mago de Oz, pero no porque fueran de oro o estuvieran pintados de ese color, una estela de muerte estaba presente en los innumerables casquillos de fusiles, pistolas y otras armas. Como muchos niños inocentes coleccioné algunos casquillos, que a la larga me produjeron asco e indignación. Mi conciencia no me permitió guardarlos por mucho tiempo.
Poco tiempo después de estallar la Ofensiva otros primos llegaron a refugiarse con nosotros hasta el punto de que la casa se convirtió en una ciudad con incertidumbre. Todos se refugiaban alrededor de los pequeños radios de baterías, de onda corta. Tenían la esperanza de que todo acabara pronto, que saliéramos a la calles a celebrar un triunfo o el cese de todo la zozobra que vivíamos.
Al trascurrir ese año la Ofensiva Final Hasta El Tope resultó ser una medición de fuerza, que nos traía algo tan bueno como la justicia que tantos aún esperamos: la paz. Esa noche tuve tantos sueños, pensaba que las injusticias terminaban, que la gente no iba a desaparecer ni a morir por pensar diferente. En parte el sueño se realizó, aunque ahora la gente desaparece por el flagelo de la delincuencia, sufriendo las consecuencias de vivir en posguerra donde las heridas de guerra no se han curado ni tampoco los desequilibrios sociales, y el mundo sigue siendo un tornado que no sabemos si nos tocará vivir otra crisis. Pero no, por pensar diferente. Algo hemos avanzado y algo logró esa fecha que jamás se borrará de mi mente, porque me demostró que los cambios se forjan al arriesgarlo todo.

 Publicado en Suplemento Cultural 3000 el sábado 17 de noviembre

domingo, 4 de noviembre de 2012

Papeles y ayeres


por Mauricio Vallejo Márquez
Revisando entre mis papeles encontré un pequeño trozo de papel en el que había escrito don Santos y una tarjeta de Reyes Gilberto Arévalo, del mismo día en que me envío su libro. Los dos personajes ya no viven. Se fueron este año, al igual que muchas cosas más. Los papeles en verdad ayudan a recordar cosas, a mantener vivas esas escenas y esas voces que podría disiparse mientras el mundo y su audiovisual recurso televisivo o internet lo imperan.
Don Santos era un tipo tan pacífico, tan tranquilo. Siempre estaba sonriente, aun cuando cargaba un gran huacal de masa para pupusas. Era un tipo simpático, siempre conversaba y aconsejaba a su modo. Vendía su casa y alguien lo visitó por la noche, ese alguien lo asesinó. A él y a su familia. Así que dejamos de saber de don Santos y su buena onda.
Don Reyes era un tipo diez. Cuando mi hijo se enfermó de gravedad, él nos echó la mano y así como a nosotros a muchos más. Pocas veces escuché su voz, pero leí muchos de sus escritos y aún guardo entre mis estantes su último libro. Don Reyes también nos dejó, pero por una enfermedad que lo impuso.
Así como ellos volvieron a mi mente, muchos más comenzaron a cruzarse, a despertar imágenes que había perdido de aquellos años que viajaba mucho al oriente, de esa amistad con Carlos “El Famoso” Hernández y tantas cosas más como el esfuerzo titánico que hizo en su entonces Bernardino Albiñana con la venta del loroco. Del amigo Rubén Morán que rompió el record de eventos municipales en Oriente. Y de repente surge la tarjeta de la Hostería de Xicohtencatl y esos días de ajedrez y caminatas.Tlaxcala nunca pasa de largo a pesar de que los años lo procuran.
Las tarjetas de presentación que cuentan el currículo de los amigos, de esos puestos importantes o de esos pequeños empleos que ahora parecen mentira viendo como pasan algunos, siguen siendo mejor que llevar al día una bitácora.
Pasa el tiempo sin duda, pasa sin quererlo. Y nosotros apenas vamos guardando esos recuerdos. Con los años parece que lo olvidáramos todo, pero siempre existe un papel que nos recuerda alguna escena de este gran teatro que vivimos.