jueves, 22 de noviembre de 2012

Ofensiva y cambios

Por Mauricio Vallejo Márquez
La guerra creció con nosotros. Era algo imprescindible, no porque fuera necesario sino porque era una realidad que sin importar a dónde fuéramos siempre estaría con nosotros y siempre nos perseguiría, ya fuera como espectadores, víctimas o exiliados. Sin duda la guerra era tan parte de nosotros como nuestra propia nación.
De niño viví los toques de queda, los cateos, la mirada inquisidora de los soldados, la persecución. Observé desde mi casa las trágicas imágenes que se vivían en mi país y en sus centros de acción. A veces si algún adulto estaba conmigo apagaba el televisor o me mandaba a otra parte para evitar que viera escenas que en la calle eran normales. Vivimos viendo muertos, cadáveres por todas partes, sangre y el siempre reconocido sonido de las balas que sin importar la fecha era infaltable sobre todo por las noches, así como las bombas como respuesta a alguna escaramuza.
Tras la desaparición de mi papá (Mauricio Vallejo) el 4 de julio de 1981 tuve una vida de silencio y movimientos. Vivía de casa en casa hasta los Acuerdos de Paz en 1992, aunque después me quedó la costumbre de no permanecer mucho tiempo en un lugar. Una vez en esos movimientos iba en un camión para Tonacatepeque y un poco después de donde ahora es el Distrito Italia las balas comenzaron a aparecer de cualquier parte. Yo era pequeño, tenía unos 2 ó 3 años, apenas podía comprender lo que pasaba, sólo recuerdo que mi abuela me puso en un rincón de la cabina y luego ella se colocó sobre mí, y sobre ella se dispuso mi abuelo, para evitar que alguna bala llegara a mí. Tras no sé cuánto tiempo los disparos cesaron y sin buscar más explicaciones mi abuelo decidió continuar el camino, pero los soldados nos detuvieron y catearon. Tras eso no recuerdo más que la llegada a Tonaca completos, porque mis abuelos paternos, con quienes compartí la aventura ya no están con nosotros.
Mientras crecía observé de cerca los movimientos en la Universidad de El Salvador, para mí eran normales. Veía a mi mamá trabajando activamente allí, y de vez en cuando algún refugiado en mi casa o en casa de familiares. Todos esos movimientos no me impresionaron tanto como la noche del 11 de noviembre de 1989 cuando me olvidaba de la guerra para vivir mi infancia. Ese día jugué como de costumbre y cuando llegó la noche mi mamá iba a salir. Un tío me llevó junto a Maritza a comer un sorbete y cuando íbamos en la Avenida Bernal, cerca de la Calle a San Antonio Abad suenan los disparos. Miles de líneas doradas cernían frente a nosotros, cruzaban la calle como ahora lo hacen los autos. Mi tío dio un giro de esos de película que sólo quedan dos llantas en el pavimento. Y sin medir palabras sólo nos gritaba: «al suelo».
Al llegar a la casa todo era oscuridad. Las luces se habían apagado para todos, pero en la cocina teníamos un radio de baterías que mi mamá se apresuró a poner. Sonaba la radio Farabundo o la Venceremos no lo recuerdo, incluso mi memoria y la de mi madre nos puede fallar y podría ser una de las nacionales. Hablaban de la ofensiva. Y yo, con todo el dolor del fallecimiento de mi papá me alegré, pensaba que llegaba el tiempo de la justicia.
Esos días volvieron a ser de mudanza. Nos fuimos a refugiar a la casa de mi abuela, donde los helicópteros no volaban tan bajo, pero si lo suficiente para hacernos tenso el momento. Esas noches las vivíamos alrededor de una vela. Muchas de esas noches me quedaba cerca de mi abuela Josefina cuestionándole el comportamiento de algunos dioses griegos y con la esperanza de que ella contara algo más, buscando otro tema que no fuera el holocausto que se vivía afuera. Salir a la calle era una proeza, muchas avenidas estaban doradas, recordaban el camino amarillo del Mago de Oz, pero no porque fueran de oro o estuvieran pintados de ese color, una estela de muerte estaba presente en los innumerables casquillos de fusiles, pistolas y otras armas. Como muchos niños inocentes coleccioné algunos casquillos, que a la larga me produjeron asco e indignación. Mi conciencia no me permitió guardarlos por mucho tiempo.
Poco tiempo después de estallar la Ofensiva otros primos llegaron a refugiarse con nosotros hasta el punto de que la casa se convirtió en una ciudad con incertidumbre. Todos se refugiaban alrededor de los pequeños radios de baterías, de onda corta. Tenían la esperanza de que todo acabara pronto, que saliéramos a la calles a celebrar un triunfo o el cese de todo la zozobra que vivíamos.
Al trascurrir ese año la Ofensiva Final Hasta El Tope resultó ser una medición de fuerza, que nos traía algo tan bueno como la justicia que tantos aún esperamos: la paz. Esa noche tuve tantos sueños, pensaba que las injusticias terminaban, que la gente no iba a desaparecer ni a morir por pensar diferente. En parte el sueño se realizó, aunque ahora la gente desaparece por el flagelo de la delincuencia, sufriendo las consecuencias de vivir en posguerra donde las heridas de guerra no se han curado ni tampoco los desequilibrios sociales, y el mundo sigue siendo un tornado que no sabemos si nos tocará vivir otra crisis. Pero no, por pensar diferente. Algo hemos avanzado y algo logró esa fecha que jamás se borrará de mi mente, porque me demostró que los cambios se forjan al arriesgarlo todo.

 Publicado en Suplemento Cultural 3000 el sábado 17 de noviembre

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