jueves, 26 de marzo de 2009

Antes que llegue la madrugada

por Mauricio Vallejo Márquez

Levantarme de madrugada representa en estos días un verdadero sacrificio, no sé si por la fuerza de la costumbre o porque en verdad el ánimo anda con ganas de quedarse acostado. Sin embargo, eso no siempre fue así, cuando tenía 12 años mi Mamá Yuly me enseñó a levantarme temprano, así como a acostarme pocas horas después del anochecer. En esos días no necesitaba café.

La tradición de estar en pie a las 4 de la mañana me duró hasta casi los 18 años, sólo que más esporádico, pero de algo que estaba seguro era que los días eran más largo, aunque había tanto que hacer. Justo en esos años leí David Copperfield y otros tantos libros, me ponían a hacer los deberes como si fueran de la universidad, una ansia grande de parte de mi tío Yomar porque hiciera bien las cosas, así como de mi mamá Yuly porque me encaminara correctamente y en la tradición de la familia, hay cosas que las mantuve, pero no fui tan constante, mi personalidad difiere un tanto, aunque no niego que eso me sirvió más que los seis años en el Externado de San José. Creo que ahora debo de empezar de nuevo a marcar mis ritmos, a lograr las metas, recuperar el terreno perdido en vez de desvelarme, total la noche se ha hecho para descansar y me dicen que con siete horas de sueño es más que suficiente.

Recuerdo bien la caminada por el tobogán de la calle México cuando era un niño, a las 5:30 ya tenía puesta la mochila y cerraba el portón, pasaba por la tortillería en el reparto Jaime y por una colonia del barrio San Jacinto que aún me agrada recordarla cuando era niño, pues era como un pasadizo secreto, después pasaba cerca de la escuela Espíritu Santo hasta llegar a la ferretería Vidri. Todas las mañanas antes de abordar la ruta 26 a unas diez o más cuadras de la casa de Mamá Yuly me entrenaron para no tenerle miedo a las caminadas y eso me ha valido de mucho en tantas ocasiones, tanto cuando vivía en Tlaxcala, como cuando me perdí en Quelepa o cuando por ahorrarme el bus deshice las suelas de los zapatos. La costumbre de la frugalidad que la heredé de mi abuela Josefina la empecé a poner en practica justo esos años y todo era para ahorrar 0.25 centavos de colón. Tomaba el bus casi frente a Casa Presidencial y luego empezaba la ruta, algunos tramos ya no los recuerdo porque fue en esos años cuando comencé la costumbre de leer en los buses, a veces estudiaba para los examenes, otras por simple diversión revisaba la mitología griega (si que era un niño raro). El colegio estaba en la colonia Miralvalle, por lo que el viaje duraba poco más de 45 minutos. La verdad que en esos días sin computadoras ni televisión era divertido. Aunque el camino de regreso era un poco más tedioso bajo el sol del mediodía y las sudadas, aunque mi Mamá Yuly siempre estaba en la puerta esperándome. Recuerdo bien su sonrisa cuando estaba a una cuadra. Ella no era una mujer muy expresiva, pero cuando me sonreía sentía algo especial, una camaradería de la cual los años y la ignorancia me apartaron de ella por un tiempo, a pesar de que me cuidó tan finamente en mis enfermedades infantiles. Pocos años antes de que muriera recuperamos esa amistad, gracias a una invitación del tío Yomar, claro que no en esa medida tan agradable cuando me llevaba de un lado a otro, yo ya no era un niño, ya estaba casado, pero ella me abrazaba aún tal y como lo hacia cuando niño. Recuerdo bien que me ponía a manejar los carros sólo para darme el gusto de hacerlo y así como cuando niño la acompañaba con religiosidad a Tonacatepeque donde le quitábamos la nata a la leche y Jaime se la comía con sal. Ella estaba pendiente de que mi ropa estuviera lista y todo, tal y como si viviera completamente con ella, me cortó el pelo hasta que ya no podía dominar las tijeras, aunque en nuestra reconciliación lo intentó un par de veces. Lo primero que me preguntaban al llegar era si ya había comido e inmediatamente a preparar comida si no lo había hecho, así como el clásico café con leche que tan bien prepara Ursula. Gracias a Dios pude pedirle perdón y abrazarla antes de no volverla a ver y aún cuando estuvo lejos en su tratamiento de radioterapia en Sao Paulo se acordó de mí y me dejó algunas líneas que guardo entre mis tesoros.

Ahora que vuelven a mi memoria esos días pienso, que esas detalles que me intentó enseñar y que mi alma rebelde no quería aceptar, aún pueden darle un tanto de honor a su esfuerzo, así que probaremos de nuevo ganarle a la madrugada.

1 comentario:

Sergio Gutiérrez dijo...

Siempre que veo una notificación de un comentario tuyo me alegro! jajaja no sé porque. Obviamente cuando lo leo entiendo de qué se trata.
Mil disculpas Mauricio, el tiempo, el trabajo, la familia y los problemas no me han ayudado mucho.
Pero te comento que este miercoles me reuní con Will y se lo entregué, hubiera querido entregartelo en tus manos pero hubiera tardado todavía más.

De nuevo mil disculpas, estamos en contacto.

Saludos.