martes, 11 de julio de 2017

Una promesa cumplida

por Mauricio Vallejo Márquez

Todos los niños del aula hablaban de su papá. Uno era ingeniero, el otro ministro de no sé qué, el otro médico y así la lista iba mostrando una serie de profesiones. Yo esperaba en silencio, cuando llegó mi turno de hablar. Mi papá es escritor, dije. “Ohhhh”, exclamaron unos. Otros se miraron entre ellos para después escuchar a uno, que no recuerdo el nombre, hacer aquella terrible pregunta: “¿Cuáles libros tiene?” Me quedé mudo… Sabía que escribía, pero a mis seis años no comprendía la dimensión de hacerlo en revistas o periódicos o libros. No conocía el nombre de sus libros inéditos, solo estaba seguro que para mí tenía valor. Entonces me animé a decir: “Es escritor y desaparecido político, por eso no hay libros de él”. “Este bicho es pajero”, dijo uno. Y en un instante como si un pastor llevara el ganado lo secundaron y se rieron de mí. 
Aquella mañana decidí que yo publicaría el primer libro de mi papá. No sabía cómo, ni tenía idea de lo que conllevaba. No comprendía aún que el dinero era tan determinante como los cuellos blancos para avanzar. No sabía de las envidias y rivalidades entre escritores, pero las fui viviendo. Primero conociendo las de los escritores con respecto a mi papá y luego mi experiencia personal. El literato es un individuo que brega contra muchos mares, y contra sí mismo.
Empecé a tocar puertas. La editorial de la UES, escritores, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI). Y siempre hubo negativas. Con otros autores no vi tanta traba. Revisando los periódicos entre 1976 y 1981 mi papá era de los que más publicaban y se reconocía su trabajo como destacable, incluso era citado como buen escritor en libros de Letras como los de José Roberto Cea, por otros escritores como Ovidio Villafuerte y Rafael Menjívar Ochoa, entre otros. ¿Por qué entonces el límite? Tengo algunas tesis e indicios.
Total el camino era cuesta arriba. En mi familia la cosa era parecida, no porque no se deseara publicar. Muchos no podían darse el lujo de pagar una edición, y los que podrían sencillamente no estuvieron nunca interesados. Así que siempre estaba ahorrando para hacer la primera impresión, y de igual forma siempre me quedaba sin el dinero porque surgían miles de eventualidades en las que al final yo debía de solventar.
Así fueron pasando los años buscando soluciones, queriendo hacerlo solo. Pero, mi papá me dio una lección enorme cuando editaba algo de su material político: la colectividad sincera. Así comenzamos una campaña entre amigos y familiares para publicarlo. Tuvimos contratiempos en presentar el material final, en los diseños, la entrega de la imprenta. Pero El libro estaba catalogado, tenía ISBN y ahora es toda una realidad.
Hoy solo falta divulgarlo, conocerlo, estudiarlo y llevarlo lo más lejos que se pueda. Sacarlo del silencio y de la oscuridad, como algunos pretendieron mantenerlo. No sé qué piensan sus captores al ver que lo seguimos poniendo en pie, tampoco imagino lo que pensaran sus torturadores y asesinos (si acaso viven, porque gente así nace muerta); pero no me importa, allá ellos. Yo sigo firme en esa promesa de niño, ahora sumando que publicaré el resto de su obra.Me siento feliz porque este cuatro de julio no tuve la culpabilidad ni el dolor de aún faltar a mi promesa. Una vez el poeta Carlos Santos me dijo: "Si yo muriera nada me haría más feliz que tener la seguridad de que mi hijo publicará mi obra, así como vos estás haciendo con tu papá".
A partir de julio haremos una serie de recitales y conversatorios para conocer a Edgar Mauricio Vallejo Marroquín. Espero que puedan acompañarnos, como muchos de sus amigos y camaradas lo acompañaron el 8 de julio en Tonaca. Gracias, por sumarse a este esfuerzo por rescatar una parte de la memoria histórica de El Salvador.


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