Los benditos buses

Los buses de mi país son pequeñas prisiones, donde la gente va hacinada o sumisa ante los delincuentes que se suben a robar o a «pedir colaboración».
La música suena a todo volumen. Van a reventar de mixes de bachatas, reguetón y otros ritmos similares que te van poniendo tenso, tan tenso que solo bajarte de la unidad te da una sensación de libertad.
La gente va con la mirada de pocos amigos, sospechando de cualquiera. Se somete al mal humor del motorista y al cúmulo de frustraciones y amarguras que lo adelganzan o engordan, y que brota en las puteadas que van dando como piropos.
Los motoristas siguen su ruta sin preocuparse de llamar a la policía porque dos sujetos sacan las pistolas e inician el despojo de todos los artículos de valor que pueden, llevandosr las esperanzas y la tranquilidad que de por sí es escasa en un país como el nuestro, que día a día nos ahoga.
Y ahí va la gente tolerando, viviendo. Sometidos al alza del pasaje, al irrespeto, a los paros. Total, ya de por sí es como morir en vida o vivir en muerte.
Algunos no saben si regresarán con vida o si dormirse en el bus les hará despertar para la muerte. Solo saben que día a día deben levantarse, comer, partir. Y lo demás les tiene sin cuidado, porque solo les interesa su vida.
Y los buses siguen y siguen llenando de plomo el ambiente, del ruido ensordecedor y de la falta de esperanza que un día el pasaje no habrá de preocupar que nos falte un centavo para viajar 
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