martes, 8 de octubre de 2013

Entrañable Ché

por Mauricio Vallejo Márquez

Mi abuela me trajo de Cuba una camiseta. Pero no era una cualquiera, tenía la imagen del Ché Guevara. Era blanca, el dibujo de líneas negras y la palabra “Ché” en rojo. Era un sueño de camiseta, me encantaba usarla. Así que el uso terminó desgastando mi querida prenda, pero no mi admiración para el inmortal argentino.
Unos cinco años atrás mi tío Tony me había obsequiado una biografía del Ché escrita por Pierre Kalfon que me instruyó mucho, porque en mi niñez miraba al Ché como aquel paladín de la justicia, tan inclaudicable como El Quijote, tan valeroso como Sigfried y tan noble y orgulloso como Tlahuicole. Pero había algo más, Como suele sucedere en estos enormes hombres como Salvador Allende y Hugo Chávez.
El Ché, Ernesto Guevara de la Serna no fue un hombre común, sino jamás hubiera trascendido su imagen ni se hubiera convertido en un ícono de la revolución, de la rebeldía, de la lucha. El Ché no era un tipo cualquiera. Tenía personalidad y corazón. Y eso no engaña a la gente, al contrario la anima a seguir y a cambiar.
El Ché es un ejemplo, su vida lo es. Todo ser humano comete errores, pero siempre debemos observar lo positivio, lo que nos instruye y nos ayude a crecer. En él existen varias características, comentaré solo algunas:
Se concidera un ciudadano del mundo. Nace en Argentina, pero se siente profundamente identificado con las luchas de Latinoamérica y es por eso que se embarca junto a Fidel Castro en la Revolución Cubana. Llega como médico, pero termina convirtiéndose en comandante.
Era un hombre de una sola pieza. Creía en sus ideales y los defendía, consideraba que pelear por las causas justas no era un juego o un simple momento de negociación. Era una lucha fuera con quien fuera. Nunca hubo un momento de repliegue, ni aún con sus propios camaradas.
Su presencia mediática era fantástica, algo que solo se logra gracias a su seguridad y a su desenfado.
El Ché era asmático, pero eso no lo detuvo para recorrer en moto nuestra América, ni para querer apoyar a Jacobo Arbens en Guatemala y mucho menos para sumarse en la lucha cubana. Tampoco para animar el Estado Cubano. Y mucho menos para aventurarse en El Congo y luego en Bolivia. Para el Ché no había muro que lo detuviera salvo la traición.
La traición es dolorosa, porque nunca viene del enemigo. La gente que traiciona es de confianza, personas cercanas a las que se les acepta y se estima. Guevara fue traicionado. Esa era la única forma de derribar a un gigante. Sin embargo, los asesinos de gigantes se les olvida que cuando matan a alguien como El Ché lo vuelven inmortal, imparable. Y en esa inmortalidad es imposible matar.

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