miércoles, 13 de agosto de 2014

El sendero que habita la tarde

por Mauricio Vallejo Márquez

Aquella tarde cuando el parque era un páramo y no había señas de que habrían senderos y que la hierba iba a rodear ese inmenso almendro de río, procuramos tomar de su falda a la tarde. Sentados ahí, cubriendo de sombra las pocas mesas de cemento no alcanzaba a ver que la vida era más ancha y larga que los días.
Me levantaba y salía a bordear las calles, a repasarlas y a encontrarme en ese andar.
He caminado mucho desde ese entonces, y aunque me canso sigo andando. Pero esa tarde estábamos Carlos Santos y yo, agotando las horas.

En donde habita el tiempo
Carlos hablaba quedo, como si forzara hacia dentro la palabra tras darle un jalón al cigarro, y sonreía exageradamente, pero con brevedad. Ese poeta con la camisa desabotonada y el pelo largo y rizado que asemejaba un nido al que se le desprenden tiras, era el más grande gurú que me había encontrado, aunque muchos compartieron conocimientos y lecturas, resultaba más espontáneo y rebelde. Es probable que eso nos llevara a seguirlo, creer ciegamente que tenía la razón absoluta, aunque con el tiempo nos diéramos cuenta que no era así. Claro que no nos enseñó mucho y cada vez que veo una hormiga verde me acuerdo de él, porque justo acá (en este parque) pasamos la tarde escuchando hablar al viento y procurando que el cenit durara tanto como el respiro. Ya no me acuerdo qué más hablamos ni que más dijo mientras encendía uno a uno sus cigarros y su boca hacía círculos como en una película de cine mudo.
La mente es así de discreta a veces y se guarda diálogos que hubiera sido fantástico retratar. Como esas tardes en su casa cuando compartíamos café frío e historias. Sólo sé que no surgió el poema o una lección, sin embargo quedó la estela de saber disfrazar el paso de las horas mientras el viento arrullaba como un caudal el cenit.
Una mesa, un mapa, una historia.

11 08 2014

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