viernes, 1 de agosto de 2014

Receta infinita

por Mauricio Vallejo Márquez

Cuando la vida cambia de golpe hay que salir a la calle, cerrar los ojos y comenzar a indagarnos. Uno no sabe si vivía una vida prestada o se obligó a alquilarla más tiempo que el debido por esas extrañas razones de ser un individuo de la raza humana o de creer que uno lo es.  Porque siempre habrán dudas. Uno está acá en este mundo sin saber el porqué y mientras uno vive entre esta frontera de la vida se conforma con creer que le encontramos sentido a la vida, que le dibujamos un mapa, siendo nosotros los que nos adherimos a la vida. No hay remedio en ello más que en vivir.
Así que sabiendo esto la vida en su continuo movimiento nos va dejando aunados en la incertidumbre, pero nadie se detiene  observar esta danza en la que el movimiento más complejo es la muerte, el único que nos libera de este infinito movimiento en que nuestros cuerpos se mueven como un nombre, nos engulle como un conjunto de letras, de grafías o radicales, de líneas y puntos que al final no son nada, nada como nosotros mismos pretendiendo vivir entre ideales absurdos que sólo sin banderas que se van destiñendo con los años y pasan de rojas a blancas, de blancas a azules, se suma amarillo o verde y al final van quedando sólo los jirones que el viento se compadece en dejar.
¿Cambiar la vida, entonces? No cambia, ella sigue en su continuo movimiento de cambios como un acto repetitivo, infinito, mientras nosotros nos iremos volviendo una estampa lejana que estuvo, que alguna vez fue y que no volverá a ser, un individuo sin retorno desde su concepción y que va cambiando, cambia y cambiará en su complejo cambio.

08 07 14
El escultor Cristo Darwin Fuentes labra el cambio en la madera.


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