jueves, 18 de junio de 2009

Mamá Chita y Luis Cardoza y Aragón

por Mauricio Vallejo Márquez

Las conversaciones que tuve con mi mamá Chita las recuerdo como un momento de ternura y de esfuerzo. Ella tenía más de 90 años y yo apenas unos 12. Sin embargo, tenía una forma de ver la vida que casi se podía decir que era un poema en vida. No le preocupaba la muerte, ni si cambiaba Tonaca e incluso lo que pasaba en la esquina; pero si le interesaba saber de nosotros. El tiempo se encargó de separarnos un poco y quizá para siempre pues al llegar a la adolescencia fueron menos frecuentes mis viajes a Tonaca y cuando murió mi abuelo en 1997; pocos días después, murió ella. En esos años la literatura se hizo más profunda, tuvo más nombres y las conversaciones con ancianos fueron menos. Pero no así las lecturas de escritores que ahora serían ancianísimos.

En 1999 cuando llegaba todos los días a una revista para buscar a Carlos Santos y conversar o para mostrarle un poema, la directora tuvo a bien permitirme a mí y a otro joven escritor que prestáramos libros, fue allí donde conocí al poeta Luis Cardoza y Aragón, uno de los poetas que más me han impresionado.

Precisamente el próximo 21 de junio Luis Cardoza y Aragón estaría cumpliendo 108 años y es por eso que relaciono a mi mamá Chita con él. Pues ambos han sido dos de las personas más ancianas con las que he compartido varias horas. Con mi bisabuela porque contaba sus historias, sabía de todo a pedacitos, ya que el tiempo es cruel a veces para borrar recuerdos. Con el poeta en cambio comenzamos a volar y descubrir muchas cosas más.

Me fascinaron varios de los escritos de Cardoza y Aragón, pero el poemario que más leí y volví a releer fue Entonces sólo entonces. En esos años tenía la impaciencia de publicar y de ejercitar. Así que su poema 6 lo tomé como referencia de ejercicio, de la misma forma que hacia con los poemas de Trilce de César Vallejo, hasta que me di cuenta que el mundo poético era amplio tanto para afuera como hacia dentro.


6
Veo una blanca figura de yeso
en el centro del ruedo.
Un negro toro poderoso y recio
la embiste desde lejos.
Deja a sus pies espuma del hocico;
bufa y resopla.
Nadie los ve. La plaza abandonada.
Yo he sentido las astas en mi pecho.
En la tarde, cipreses y palomas.
Hay un lucero solo
en el cielo infinito.


(Luis Cardoza y Aragón)


El poema me impresionó porque además de su ritmo me transmitió algo tan fuerte. Sentí de verdad la corneada no se si contra el joven torero, que incluso podía simbolizar a cualquier sujeto que anda por allí creyendo que la vida es desprevenida y que no hay toros cercanos, o incluso contra sí mismo. Hasta el momento me sigue gustando y en los talleres que imparto, así como en el curso de preceptiva literaria sigue siendo motivo de estudio.

Gracias a este poema me decidí a escribir poemas que emularan ritmos más fuertes y así surgió el poemario Cantar bajo el vidrio cuyo primer poema es:


No hay más que buen fuego
en el centro de espadas
mordiendo la escena naciente.
El invierno en un puño
florece en los ojos vendados
del ser que se anida
en la mar de su entorno.
Golpea y se alza tocando el retoño que es él,
suspira y desciende
conociendo en ceguera toda espera del mundo.


Diciembre cosecha en vientres marrones
empuñando latidos en oro
el fuego lo cuece y el alma también,
y la espera en sí mismo.
(1998)


Mucho ha pasado desde esos años, como por ejemplo ya no publico mi poesía más reciente, porque está aguardando el momento oportuno. Tengo unos diez años sin publicar mis últimos versos, salvo algunos poemas sueltos como los que aparecen en el poemario de Vallejo a Vallejo o el poema Isla.

En fin, salud Luis Cardoza y Aragón. Felices 108 años, los mismos que tendría mamá Chita. Ambos nacieron el mismo año; aunque nunca se conocieron, los dos se encontraron en este escrito.

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