jueves, 30 de mayo de 2013

Ocaso


Los duendes de agua

Por Mauricio Vallejo Márquez

Cuando era niño vi como pequeños duendes de agua entraban y salían de una corriente de agua. Pequeños, quizá del tamaño de uno de mis antebrazos, delgados y todos ellos líquidos, tomando el color del agua, si estaba llena de tierra, entonces tenían ese color también. Jugaban de entrar y salir en la corriente. Era un río que tomaba como cuenca una ancha calle de tierra.

Había ido a comprar tortillas y tras surcar con cuidado el inoportuno río aguardaba bajo el techo de lámina mientras sonaban las gotas en el techo de aluminio mientras el agua bramaba.

Fue la primera vez que los vi sin saber si lo había soñado, porque en esos años soñaba despierto e incluso soñaba a soñar. Después procuraba volver a verlos y observaba con atención la lluvia pero ya no vi esos duendes, aunque tenía la sensación de que ellos me miraban.

A mis dieciséis años me di cuenta que esos no eran sueños míos, Sarlos Cantos me habló de ellos y de la vez que los vio. Era un adulto el que me hablaba, no estaba jugando conmigo y teniendo el referente de esos hombrecitos de agua comprendí que era cierto, que los duendes líquidos no eran una alucinación ni un sueño. Sarlos me contaba que salían a jugar cuando la corriente era fuerte y que él los había visto y había leído de ellos en algún libro que su mente no le permitió recordar.

La gente no los ve, pero yo y Sarlos, además de los que hablaban de ellos en los libros sabemos que nos observan en las comisuras de la calle cuando llega la estación lluviosa. Nos miran fijamente queriendo indagar porqué los vemos y los otros no. Y esperan a que sigamos nuestros caminos, escondiéndose de nosotros y aguardando salir, porque ahora son más prudentes.


A veces cuando llueve me aventuro a enfrentar las tormentas y me quedo quieto en alguna esquina esperando que se forme un caudal. Algunas veces los he visto surcar las pequeñas olas y entrar y salir del agua como los expertos nadadores que son. Se han quedado viéndome. No tienen ojos, pero sé que me han visto. Se detienen y voltean a verme y tras ver mis ojos fijos en ellos vuelven a sus juegos sin miedo, sabiendo que sólo los observo, que no correré a tocarlos para terminar con su magia y con su vida que de por si es efímera porque duran lo que dura una tormenta.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Paz y reconciliación

Por Mauricio Vallejo Márquez

Así como muchos más aún esperan saber qué sucedió con sus familiares y amigos que durante la guerra fueron partiendo sin que se pudieran encontrar sus cuerpos. Era algo normal de esos años, las desapariciones forzosas con las que borraban todas las huellas que les recordara que algo había de malo en este país, de que existían injusticias, de que las cosas debían de cambiar. Claro, también había asesinatos y torturas, muchas para ser exactos.

Sabía que mi papá era un desaparecido político. Lo supe desde muy pequeño, así como las razones (que aunque no entendía del todo, las aceptaba) sabía que eran por una buena razón, porque él al igual que muchos valientes y conscientes salvadoreños luchaban para cambiar las cosas, para cambiar un sistema que nos devoraba y hacía más amargos nuestros días, por la búsqueda de un futuro más justo. Para lograr lo que hoy nosotros vivimos y ellos sólo soñaron: La paz.

Esos años estaban cubiertos de sangre y desesperanza. Una sombra de muerte inundaba nuestro país, una sombra que crecía y parecía que iba a cubrirlo para siempre. Esos días en que la juventud decidió enfrentar al gigante que reprimía a nuestro pueblo, y buscar esos cambios.
Esos años fueron difíciles, la represión y la guerra devoraban todo.
Así, muchos de nuestros padres, amigos y familiares fueron engrosando las filas de desaparecidos y asesinados, por eso era necesario terminar con la represión, con las persecuciones y todos esos delitos de lesa humanidad que eran lo habitual de esas décadas de 1970 y 1980 en las que crecí, en la que crecimos.
No fueron años fáciles, porque además de ver que los muertos eran cada vez más numerosos, también lo eran los salvadoreños que eran obligados a salir del país. La gente se sentía perseguida, insegura. Pero a pesar de eso, la gente enfrentó la guerra y sus consecuencias.
Muchos siguieron construyendo país, en la lucha, en la valentía.

Sin embargo, a pesar del dolor de la represión y la guerra, esos años nos dejaron personas valiosas que estaban dispuestas a perder sus vidas. Muchos murieron defendiendo la búsqueda de la paz.
Y para pronunciar sus nombres no son suficientes estas horas.
Nombres que nos dejaron la paz que ahora vivimos y que nos recuerdan que aún existe mucho por hacer.
Que ellos tuvieron el compromiso y que nosotros, los jóvenes, somos los responsables de continuar labrando ese camino.

Sabía que mi papá era un desaparecido político. Lo supe desde muy pequeño, así como las razones (que aunque no entendía del todo, las aceptaba) sabía que eran por una buena razón, porque él al igual que muchos valientes y conscientes salvadoreños luchaban para cambiar las cosas, para cambiar un sistema que nos devoraba y hacía más amargos nuestros días, por la búsqueda de un futuro más justo. Para lograr lo que hoy nosotros vivimos y ellos sólo soñaron: La paz.

Esos años estaban cubiertos de sangre y desesperanza. Una sombra de muerte inundaba nuestro país, una sombra que crecía y parecía que iba a cubrirlo para siempre. Esos días en que la juventud decidió enfrentar al gigante que reprimía a nuestro pueblo, y buscar esos cambios. 

Esos años fueron difíciles, la represión y la guerra devoraban todo. 

Así, muchos de nuestros padres, amigos y familiares fueron engrosando las filas de desaparecidos y asesinados, por eso era necesario terminar con la represión, con las persecuciones y todos esos delitos de lesa humanidad que eran lo habitual de esas décadas de 1970 y 1980 en las que crecí, en la que crecimos. 
No fueron años fáciles, porque además de ver que los muertos eran cada vez más numerosos, también lo eran los salvadoreños que eran obligados a salir del país. La gente se sentía perseguida, insegura. Pero a pesar de eso, la gente enfrentó la guerra y sus consecuencias.

Muchos siguieron construyendo país, en la lucha, en la valentía.
Sin embargo, a pesar del dolor de la represión y la guerra, esos años nos dejaron personas valiosas que estaban dispuestas a perder sus vidas. Muchos murieron defendiendo la búsqueda de la paz. 
Y para pronunciar sus nombres no son suficientes estas horas. 
Nombres que nos dejaron la paz que ahora vivimos y que nos recuerdan que aún existe mucho por hacer.
Que ellos tuvieron el compromiso y que nosotros, los jóvenes, somos los responsables de continuar labrando ese camino.

Han pasado veintiún años de los Acuerdos de Paz. La guerra para muchos parece ser sólo un mal recuerdo. Se han olvidado las balas, el estrés de la guerra y los muertos.
Sin embargo, en muchos sectores afectados por el conflicto aún se encuentra presente y aún falta mucho por enmendar de esos años. La justicia aún está esperando para que exista una completa reconciliación.
Muchas cosas han mejorado es cierto, como la libertad de expresión y la pluralidad representativa en la Asamblea Legislativa. El sólo hecho de que el FMLN ganó las elecciones presidenciales en 2009 es una muestra de ello. Sin embargo, aún falta trabajo.

El Salvador ha cambiado radicalmente tras los Acuerdos de Paz, las balas entre ambos bandos en contienda cesaron, ya no existen enfrentamientos militares entre el ejército y el FMLN, ahora quienes se enfrentan son los policías y los delincuentes en el campo de las armas. En la política aún hay conflictos que tienen como principal campo de batalla la Asamblea Legislativa.

Qué gran paso dio nuestro país el 16 de enero de 1992 cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Se convirtió en un ejemplo para el mundo por su proceso exitoso y digno de imitarse, pero no logró continuarse esa lucha por reunificar la sociedad salvadoreña porque las limitantes y desequilibrios continúan.

La sociedad civil se organizó para erigir un monumento en el que se recuerda a las personas que fueron asesinadas y desaparecidas en un muro del Parque Cuscatlán, mientras los causantes de esas muertes continúan sus vidas. Los que cometieron crímenes de lesa humanidad deambulan con tranquilidad amparada en la ley de amnistía, pasando por alto que estos delitos no tienen prescripción y deben ser perseguidos, además de castigados.

Muchas cosas han cambiado, es cierto, podemos salir a las calles y no somos perseguidos ni asesinados por pedir justicia gracias a un Acuerdo de Paz, sin embargo esa madurez aún no ha alcanzado para cancelar una deuda con todas las partes y víctimas del conflicto, que mientras pasen más de dos década aún parece que deben ver de lejos la justicia.

¿Quién tomará entonces el compromiso? ¿Quiénes serán los que continuarán luchando por mejorar este país, por hacer que la justicia llegue y que exista una reconciliación? Será la juventud, sin duda. Es esta juventud la que debe continuar luchando.

El Salvador ha cambiado radicalmente tras los Acuerdos de Paz, las balas entre ambos bandos en contienda cesaron, ya no existen enfrentamientos militares entre el ejército y el FMLN, ahora quienes se enfrentan son los policías y los delincuentes en el campo de las armas. En la política aún hay conflictos que tienen como principal campo de batalla la Asamblea Legislativa.
Qué gran paso dio nuestro país el 16 de enero de 1992 cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Se convirtió en un ejemplo para el mundo por su proceso exitoso y digno de imitarse, pero no logró continuarse esa lucha por reunificar la sociedad salvadoreña porque las limitantes y desequilibrios continúan.
La sociedad civil se organizó para erigir un monumento en el que se recuerda a las personas que fueron asesinadas y desaparecidas en un muro del Parque Cuscatlán, mientras los causantes de esas muertes continúan sus vidas. Los que cometieron crímenes de lesa humanidad deambulan con tranquilidad amparada en la ley de amnistía, pasando por alto que estos delitos no tienen prescripción y deben ser perseguidos, además de castigados.
Muchas cosas han cambiado, es cierto, podemos salir a las calles y no somos perseguidos ni asesinados por pedir justicia gracias a un Acuerdo de Paz, sin embargo esa madurez aún no ha alcanzado para cancelar una deuda con todas las partes y víctimas del conflicto, que mientras pasen más de dos década aún parece que deben ver de lejos la justicia.
¿Quién tomará entonces el compromiso? ¿Quiénes serán los que continuarán luchando por mejorar este país, por hacer que la justicia llegue y que exista una reconciliación? Será la juventud, sin duda. Es esta juventud la que debe continuar luchando.

Discurso dictado el sábado 8 de mayo de 2013 en el Auditorio Herber Anaya de la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador
(c) Fotografía de Gloria Anaya.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cerca aún en la distancia

por Mauricio Vallejo Márquez

Esos años cuando las actividades se limitaban a la realidad que antes conocíamos están cambiando. Poco a poco el mundo de internet y sobre todo el internet 2.0 no están llevando por otros rumbos.
Es raro el día que no me conecto a internet, y eso que no siempre tengo la oportunidad de interactuar a mis anchas. Así como yo, millones de persona ahora habitan esta nueva realidad. Que aunque muchos no lo quieran aceptar nos muestra otra faceta de la humanidad, en la que películas como Tron y Mátrix son sólo una muestra de lo posible por venir.
Amigos con los que no me veo desde hace más de 20 años los he encontrado gracias a las redes social y conversamos. Y mientras intercambiamos mensajes y comentarios parece que la distancia se acerca, aunque no sea así.
Y las redes sociales son una verdadera herramienta para no estar lejos.

domingo, 19 de mayo de 2013

Un muro que habla en Tonaca

por Mauricio Vallejo Márquez

El muro de la casa donde creció mi papá es diferente. No es el mismo que lo vio jugar en la calle, antes de polvo, o que lo apoyó unos instantes mientras miraba la tarde quedar tendida en alguna calle de su natal Tonaca.
Ahora es diferente no sólo por ser de concreto, sino porque los amigos de Acción Poética El Salvador, grupo que es coordinado por Erick Jalagua decidieron no dejar en silencio a mi padre y fueron a pintar su rostro y sus versos:
"Hemos crecido sin soñar maravillas
más que la única justa y correcta
de seguir amándonos
en la sensata locura del socialismo"

y

"Nací para desobedecer lo establecido
para trocar el rocío en un mar"

En esta iniciativa participaron también Andrea Mcleaod, Amaranta Sola de Libertad Poética; Rob Escobar y Juan Miguel Pérez, quienes forman parte del Gremio de Artístas de Tonacatepeque y de la Sociedad la Noche de Vallejo.
Bajo el inclemente sol tomaron las brochas y dedicaron la mañana y tarde de un sábado para resucitar el nombre del poeta mártir en la calle que lo vió cada mañana mientras caminaba por la calle de Tonaca.
Cada vez que paso frente al muro sólo pienso en la solidaridad, en el buen corazón, en el anhelo de hacer un mundo más justo como lo pensó mi papá (Mauricio Vallejo Marroquín) y como lo demuestran estos compañeros.

viernes, 3 de mayo de 2013

Reencuentro con Tonaca y presentación de Bitácora

Por Mauricio Vallejo Márquez
Amo Tonacatepeque. Este pueblo lo llevo en mi corazón, porque mi historia está íntimamente relacionada con sus calles y su tierra. Mi papá habitó en esos caminos, donde la gente lo recuerda con cariño como Moris. Yo no conocí a mi papá, apenas tenía un año y seis meses cuando lo desaparecieron. Sin embargo, cada fin de semana y durante las vacaciones de mi infancia recorría Tonaca, quizá sintiendo esa cercanía con él, al estar en ese lugar que tanto amaba.
Y claro mi abuela María Julia Marroquín de Vallejo, quien era la artífice de los viajes, la que nunca dejó que perdiera el amor por Tonaca.
En los viajes, junto a Ursula Escobar y Jaime Escobar comíamos jícamas. Y claro, comimos de todo lo que se preparaba en el pueblo y recorrimos sus calles. De vez en cuando recordaba que en esas calles mi papá caminó, se detuvo, habló. En fin.
Mañana vuelvo a Tonaca. Presentaré mi poemario Bitácora a las 7:00 de la noche en El Centro Cultural El Mesón que está ubicado en 3a. Calle Poniente, No. 307, Barrio San Nicolás, Tonacatepeque. A pocos metros del lugar donde crecieron mi padre y mis tíos.
Me reencotraré con el pueblo, su gente sus casas, sus calles y con el recuerdo de Mauricio Vallejo Marroquín.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Aún falta que se cumplan los derechos de los trabajadores

por Mauricio Vallejo Márquez

Han pasado 127 años desde la histórica huelga del 1 de mayo de 1886 cuando un grupo de sindicalistas de Chicago exigieron sus derechos laborales. Son 127 años de aquel entonces cuando los trabajadores eran tratados como esclavos y obligados a trabajar por más de 8 horas diarias.
Y ahora que ha pasado un siglo y un poco más de un cuarto de siglo cuando aún existen empleos que no reúnen las condiciones necesarias para los trabajadores, en los que los obligan a trabajar toda la semana, que no se les pagan horas extras o que no se les da permiso para asistir a clínicas de salud.
En El Salvador existe un salario mínimo que no llena las necesidades de los trabajadores del comercio y servicios y ya no se diga para los trabajadores de la industria y la agricultura. La mayoría de estos no tienen las condiciones para alimentarse adecuadamente ni a sus familias, mientras que los productos alimenticios aumentan cada cierto tiempo.
Muchos trabajadores aún no tienen prestaciones de ley e incluso viven con la incertidumbre de que serán despedidos. Muchos de ellos se ven forzados a trabajar en lugares donde son explotados y maltratados, pero no lo denuncian porque temen perder sus fuentes de ingreso. Esto no puede seguir.
El trabajo es uno de los derechos de los ciudadanos, sin embargo también las condiciones humanas para ejercerlo también. Ambas cosas son necesarias. Lamentablemente muchos empleadores y jefes olvidan que si los trabajadores tienen sus garantías y derechos serán más y mejor productivos.
Definitivamente aún hay una larga lucha que hacer para que los derechos de los trabajadores sean cumplidos.