martes, 4 de marzo de 2014

Aquellos días de tiempos comunes

por Mauricio Vallejo Márquez

El gran Tony Alexander, a quien todos conocíamos como El Guapo, apareció de nuevo.
Claro, ahora en su oficio de trailero no hay país de América que se le resista, pero esta vez tomó el teléfono para recordarme días que aún hacen ruido en mí, aún estando en silencio.
Tony lleva su trailer con todo el lujo de baile con el que él se movía en esos años de juerga, en los que creábamos historias de todas las escenas que veíamos o imaginábamos. Caminamos juntos la Avenida Izalco, y mientras veíamos devorar camino a los vehículos íbamos divirtiéndonos con todos los cuentos que se nos venían a la cabeza, creando personajes y riéndonos de la vida como si nosotros no estábamos en ella.
Esos  años en los que la camaradería era suficiente para compartir todo, como debe ser el comunismo, sin intereses, ni mezquindades. Sólo con el genuino deseo de la amistad.
Pasamos más de una madrugada viendo las estrellas y conversando del futuro y el pasado mientras los camaradas procuraban componer el mundo entre pláticas desveladas.
El viejo Tomate era testigo de todo. Aquel Subaru rojo de 1975 con el que estrenamos la Jerusalén, antes de tener asegurado el nombre. Ese viejo vehículo que llegó a soportar 14 individuos en su seno y no achicarse en las cuestas, a pesar del peso.
Esos años la vida era total arte. Tuvimos el esfuerzo infructuoso de crear un grupo de teatro con el maestro Godo y el resto. Pero un grupo requiere el esfuerzo del conjunto. Al final, la empresa quedó en recuerdo. Y como el Guapo tenía como meta primordial bailar, bailó. Yo dibujaba y escribía, pero como la amistad es compartir, también bailé.
Así se nos fue 1998 y 1999 hasta que fuimos asimilados por la civilización y esa irreductible necesidad de estudiar y trabajar, con el objetivo de ganar dinero. Esa terrible herramienta que erosiona y ayuda al ser humano.
Los años fueron separando las sendas de todos, en las que extrañamente a veces nos juntamos. Pero una llamada es suficiente para acortar distancias y lograr que la historia deje recordar esos episodios que se vivieron como el fuego o como el hielo: inolvidables.

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