sábado, 22 de marzo de 2014

Monseñor omnipresente

 Por Mauricio Vallejo Márquez

Dos hombres estaban ahí. El corredor no tiene salida, por donde quiera que uno busque salir los encuentra. Siempre están ahí, dos hombres viéndose a los ojos. Justo en el corredor de la casa de mi abuela podía verlos. Siempre.
Uno con sotana blanca muy limpia y con un solideo del mismo color, mientras el otro con una sonrisa tierna, de lentes y sotana negra como la noche y su solideo púrpura, el color de la imaginación. Ambos sosteniéndose mutuamente las manos y con una ligera inclinación que trasmite calidez. Eran el Papa Juan Pablo II y Monseñor Oscar Arnulfo Romero con la leyenda: “mensajeros de la paz”. Que buen nombre, justamente eso eran.
El de blanco fue el líder de la Iglesia católica, además del Papa que más visitó a su feligresía, y el otro San Romero de las Américas el guía de nuestro pueblo. A Romero lo recordamos con devoción aquellos que rememoran su lucha y su digno comportamiento cristiano que terminó en martirio por decir la verdad y vivir con coherencia en un tiempo difícil para nuestro El Salvador.
Crecía irremediablemente, en tanto el afiche de la casa de mi abuela continúa en el mismo lugar, recordándome esos años en que esos dos personajes eran vistos como familiares. Claro, eran familiares porque eran la primera y única imagen del pasillo, hasta que llegaron unas libreras para hacerles compañía. Sin embargo, es de las pocas cosas de esa casa que no se mueven.
Era pequeño, cuando mataron a Monseñor, apenas era un bebé. Recuerdo a mi abuela contar que ella fue a la misa en Catedral donde recibieron bombas y balas de parte de los cuerpos represivos; y que no sólo eso, tuvieron que huir para conservar la vida. La gente dejaba a su paso los zapatos, e incluso cuerpos de personas que eran abatidas por los francotiradores, los alrededores de Catedral eran cercos de muerte. Huyeron corriendo agachados, procurando no ser un blanco fácil para los que probaban puntería con los fieles que estaban conmovidos con la muerte del pastor.
De esa ocasión sólo mi abuela Josefina sobrevive, mi abuelo (Mauro Márquez) y mi papá (Mauricio Vallejo) eran los otros testigos que jamás podrán contarnos nada, uno por ser desaparecido político y el otro porque su tiempo también llegó para partir. Mi abuela en cambio tiene tan presentes las misas de Monseñor, sus palabras y su muerte.
Monseñor jugó un gran papel no sólo por denunciar injusticias y llamar al cese de la represión, también fundó el único lugar, Tutela Legal, donde se pudo denunciar la desaparición de mi papá y tantas injusticias más. Tutela Legal del Arzobispado fue un bastión para pedir justicia y documentar los casos y crímenes que se dieron en tiempos de la guerra.
 Cuando acompañaba a mi mamá en la UES recuerdo un afiche en la Facultad de Humanidades, en el decanato, donde ella laboraba.  Presentaba unos tipos con rasgos monstruosos asesinando al obispo mártir, mientras las personas a su alrededor tenían gestos de tanto dolor. No sé de quién era la obra, pero al ver la familiaridad con el hombre de sotana negra que veía en la casa lo vi familiar. Y como niño curioso pregunté lo que era casi seguro para mí. Era Monseñor Romero.
Cuando era adolescente el grupo Yolocamba Ita grabó un disco dedicado a Monseñor. Le pedí a Roberto Quezada que me obsequiara uno, así que me regaló una copia. En esos años lo escuchaba sin descanso, sobre todo Canción para un mártir de Carlos Serpas.
Ahora observo que el paso del tiempo sigue dándole su lugar a Monseñor Romero, con Avenidas, con plazas, centros educativos y el aeropuerto. Sin olvidar que los homenajes son buenos, pero lo que vale más es que su mensaje y su ejemplo sea entendido y aplicado. Los valores de Monseñor tuvieron, tienen y tendrán validez siempre.

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