lunes, 28 de julio de 2014

Eternidad


Por Mauricio Vallejo Márquez

Mi sombra se yergue, 
se sostiene firme frente al sol
mientras mi cuerpo
tendido como el lomo de agua de una laguna
pretende no moverse mientras la hiere una barca.
Mi sombra crece hasta llenarse de cielo
y tomar las nubes en una inmensa marea de quietud
hasta percatarse 
que mi cuerpo se va corriendo entre el viento
dejando apenas unos arreboles 
y la estela de que estuvo ahí
Y en quietud el movimiento de un cuerpo
que se vuelve polvo y no habita nada
se hace parte del viento
y la sombra crece,
sobrevive
como si nunca fue mía
o como si nunca fuimos uno
en ese instante llamado eternidad.

Sábado 18 de enero de 2014

jueves, 24 de julio de 2014

Luna

por Mauricio Vallejo Márquez

Eres la luna de la madrugada inmarcesible frente a la noche
que apenas evoca al sol cuando habla
y se afirma en el alma como una sonata bajando a la aurora.
Luna ,
baja al mar ,
inunda de tu aliento las olas

y no te marches hasta que el sol sea firme .


miércoles, 23 de julio de 2014

Tambores de Tainan

La piel que formará parte del tambor.


por Mauricio Vallejo Márquez

Tainan es caluroso. En su seno se encuentra Arahan drums, en donde no sólo se tocan los tambores, se fabrican. Todo un rito desde la selección de los materiales, su proceso de curtido, la selección de las maderas y metales, y el momento maestro en que todo se funde para darle lugar a los tambores.
El cuero puede dar diferentes sonidos, además de sus dimensiones.
Todo es un arte, un hermoso arte para ver listo el tambor. Pero verlos tocar es mágico. Cada golpe está elaborado con una técnica en la que el kung fu está presente. Es una danza, un momento en que el escenario te envuelve y los tambores te llevan a girar con todo la soltura en que los interpretes lo hacen en esos soles que se mueven en el escenario.
Tambores de Tainan.
Afuera sólo hay sombras, mientras la percusión se convierte en luz. El frío de la sala, el olor de la madera y el cuero. Y tras todo, la sonrisa de los artistas invitando a que seamos parte del espectáculo. Nos muestran cómo hacerlo, cómo golpear los tambores, a contar los movimientos, a sentirlos.
Tainan marcha mientras sus tambores suenan y retumban aunque los días pasen.

martes, 22 de julio de 2014

Abordo del tren bala

por Mauricio Vallejo Márquez

El tren bala era algo impactante. era largo y con una forma orgánica que me hacía figurar en su cuerpo el rostro de un águila que venía en picada. Lo veía con toda su languitud recorrer a grandes velocidades los rieles dispuestos a lo largo de Asia, mientras el narrador contaba todo acerca de esta hermosa locomotora moderna que pretendía emular la velocidad de una bala o de un avión. Cuando lo veía en los documentales que trasmitía el canal 10, veía lejano y casi imposible ver uno de cerca, ya no se diga subirme a uno.
Pero la vida es extraña y misteriosa, a veces suceden las cosas menos sospechadas. En mi viaje a Taiwán había un trayecto que lo recorrería en un tren bala. ¿Un tren bala? Sí. Era de las cosas que más me emocionaban y creo que llegué a cansar a mi hijo y a las personas a las que les contaba esto. ¿Pero qué podía hacer? Me sentía como un niño al que le dan el regalo que siempre espero. Ahora la figura que vi en mi niñez la podría ver y tocar, y también subir en él.
En la entrada de la estación.
Taipei es una ciudad grande, ordenada y hermosa. Cada parte de ella me parecía un sueño o la elaboración de un esmerado diseñador de ambientes o de un arquitecto, aunado con la colaboración de sus ciudadanos que lograban que se mantuviera limpia y ordenada. Al llegar a la estación todo era así, se combinaba lo tradicional con lo moderno, afuera de la estación había una vieja locomotora que nos hacía recordar de donde venimos. Aunque, en El Salvador los trenes son un recuerdo y el metro un sueño. En cambio acá estaba a unos pasos no sólo de un tren, sino del esperado tren bala.
La estación es inmensa. Recuerdo la Central Camionera de Mexico DF, que aunque es grande, no tiene comparación con esta. Es un centro comercial inmenso, con mares de gente, con pequeños grupos discutiendo sus rutas. Y yo en medio de todo, observando, viendo como la gente camina rápido, cruza, se para. Y algunos ancianos se detienen a leer en las bancas. Los rótulos de neón y las pantallas digitales están en todas partes. La modernidad es protagonista de la espera.
Anuncios de trenes.
Voy rumbo a mi tren. La puntualidad es la regla, así que un retraso equivaldría a un verdadero problema y una segura perdida en la Central de tren de Taipei, en donde los pasillos blancos con sus rieles negros se ven opacados por los rótulos con letras naranjas.
Los trenes están a tiempo. La gente comienza a andar en busca de sus asientos, de su vagón. Y aguarda, hacen colas y luego comienza el rito de buscar asiento y la mejor ventana para los curiosos como yo. Hay dos asientos de cada lado y en el medio un pasillo. Los baños en otro vagón con la leyenda de no fumar en inglés y mandarín. Además de anuncios pidiendo silencio.

Calles de Taiwán.

Las sillas se reclinan. Algunos se disponen a dormir, mientras el tren rompe el viento y llega en 5 minutos a ciudades que están a horas de distancia. Viajo de Taipei a Tainan, una distancia parecida a la que me tocaría de San Salvador a la Frontera de México en 45 minutos, cuando viajar a Guatemala implicará unas 5 horas con mucha suerte. Voy con la boca abierta viendo como pasan de rápido las ciudades, las calles, el campo, el cielo.
Campo de Taiwán.


Y antes de que pueda contar otra cosa estamos en Tainan. Alejados de Taipei gracias a una inmensa flecha que llaman tren bala. Ahora no es sólo el televisor, había recorrido Taiwán en él. ¿Cómo no iba a recordarlo? Tener presente esos rótulos con caracteres chinos, ese espacio que me recordó las naves espaciales, porque me cumplió un deseo de la niñez.

Interior del tren bala.

lunes, 21 de julio de 2014

La noche tuvo cuatro vientos en tres voces

Vallejo Márquez, Rob Escobar y Mustafá Al Salvadorí.



por Mauricio Vallejo Márquez

La noche tiene cuatro rumbos cuando de pronto surgen cuatro idiomas. El persa con su fuerza y armonía, el nahuat con su historia y su magia. el hebreo con la sonoridad y el tiempo, y el castellano tan actual y propio, sin serlo. 
El Centro Cultural El Mesón fue el escenario perfecto, rodeados de murales y de la gente jicamera la noche parecía permanecer en el tiempo kairos.
Cuatro idiomas que parecen los diferentes rumbos del viento. Tres personajes en la mesa llamando el viento con dos velas en la mesa y un micrófono. Rob Escrobar, Mustafá Al Salvadorí y yo (Mauricio Vallejo Márquez). 
Quien más domina los idiomas es Mustafá Al Salvadorí, quien además de hablar castellano domina el portugués, el árabe y el persa. Rob Escobar también tiene muchos conocimientos de nahuat. En cambio yo, apenas tengo algunas palabras y frases en hebreo. Pero le dimos oportunidad de vibrar a esas palabras. 
Al final compartimos unas pupusas de papelillo y disfrutamos la noche en la tierra de la mitología cuscatleca: Tonacatepeque.


lunes, 14 de julio de 2014

Quién llegara a 120...

por Mauricio Vallejo Márquez

Abuelito Chup
«Más serán sus días 120 años» dijo El Creador en Génesis 6:3 refiriéndose a la edad que alcanzarían los seres humanos. La primera vez que leí este versículo creía que la gente podía llegar a vivir más de 300 años o como Matusalén 969 años, sin embargo al ir madurando me pareció algo imposible, -¿la gente en el país no pasa de 60 años?, me dije-  Y empecé a creer que lo máximo que podemos llegar a vivir es siete décadas y, en muy raros casos, 80. Pero volví a sorprenderme cuando descubrí que existen estudios que fundamentan la longevidad, afirman que las personas están diseñadas para vivir 120 años... Así que empezó a gustarme la idea de la longevidad. Llegar a 120 años sería fantástico. A muchos ancianos a los que les dije que esto era posible me dijeron que no les gustaría porque existen varios males que les hace infeliz la existencia: el reumatismo, problema con el estómago, cataratas, en fin la lista es innumerable..
Claro, vivir con dolores y mala salud no es del agrado de ninguno. La calidad de vida puede mermar con los años, sobre todo por los genes o por  su salud. Pero si cuidamos nuestra alimentación, dormimos bien, hacemos ejercicio se puede llegar a los 90 años con una vida tranquila.
Cuando leí la historia de don Miguel Ramos, de San Vicente,  reconfirmé que era posible llegar a las doce décadas. Don Miguel no es el único hombre en alcanzar esta edad, en la selva amazónica de Ecuador existe un hombre llamado Chup que también ha conseguido vivir más de 120 años. Incluso sabemos que en latinoamerica hay casos de gente que llega a alcanzar edades mayores de 114 años, que es lo máximo que ha alcanzado un europeo o estadounidense. Y curiosamente es Walter Breuning, un estadounidense, el que posee el Guinnes Record como hombre más viejo del planeta, y que lo sustenta al tener en regla sus documentos, algo que no podemos exigirles a los indígenas amazónicos del Ecuador y a don Miguel.
Es notorio que la esperanza de vida no es siempre seis décadas. El promedio del mundo industrializado era hasta 2002 de 50 años, en el caso de los hombres, y  55, en el de las mujeres. Ahora se puede llegar a los 80 con una buena alimentación, higiene y cuidados médicos. En Japón, las mujeres pueden alcanzar 83 años, y muchas lo sobrepasan. En otros países como Suecia no es raro saber de personas que sobrepasan las siete décadas.
En los países en subdesarrollo la esperanza de existencia crece a pesar de las alteraciones del medio ambiente y la pobreza. El fenómeno de longevidad que era casi exclusivo de las naciones desarrolladas parece que está al alcance de todos. Algo que no sólo tiene que ver con las cirugías plásticas y la medicina, como algunos creen; sino con  una característica que, al parecer, poseen todas estas personas longevas: la paz interior.

Extraido del  SUPLEMENTO CULTURAL TRESMIL    Sábado 23 / octubre / 2010

sábado, 12 de julio de 2014

Leer, más que un hábito

por Mauricio Vallejo Márquez

La Biblioteca Nacional está en silencio. No se encuentra silente porque en la sala de estudio haya muchas personas leyendo las páginas de las colecciones, sino porque están vacías. Salvo por algunos jóvenes que buscan algún tema en las enciclopedias. Vacía. Sí, al igual que un buen número de otros lugares para la lectura en nuestro país. Los estudiantes de secundaria, sus mayores usuarios, son enviados a buscar información para una tarea y encuentran en los anaqueles de estas la información para poder realizar sus informes. Estos jóvenes casi nunca indagan por placer los volúmenes, a pesar de todas las riquezas que se encuentran en ellos.
El fenómeno no es exclusivo de estos lugares, existen otras víctimas: los libros. Muchos de ellos yacen olvidados en los rincones de las casas, llenándose de polvo y a veces atacados por las polillas. No es  siempre el caso, pero nos demuestra que la gran mayoría de salvadoreños no tienen la costumbre de leer. Incluso los periódicos no  los leen con atención. Sólo las noticias del momento causan curiosidad, y por ello se ha trabajado el diseño para que se lean los titulares, pies de foto de las notas. Incluso los periodistas usan la fórmula conocida como las 5 “w” para escribir notas.
La gente no lee y es producto de una herencia cultural. Los adultos no le están enseñando a las nuevas  generaciones que gracias a la lectura podemos conocer la historia presente y pasada, que nos puede ayudar a desarrollar nuestras vidas. Olvidan enseñar que para todo lo que hacemos necesitamos leer, porque cuando no lo hacemos  somos vulnerables; como la población analfabeta que desconoce cómo se escribe su nombre y  lo que le podrían hacer firmar. En las profesiones (abogados, médicos, psicólogos, administradores) se debe estudiar mucho material, así que es necesario leer si se busca la excelencia. De igual forma al tener una creencia religiosa, aumentamos nuestra fe por la lectura como lo cita el apóstol Pablo en sus cartas.
Leer resulta una tortura para muchos. No porque en realidad lo sea, si no porque la gente aún no ha descubierto la ventaja que este hábito proporciona y, lamentablemente, no lo descubrirá mientras no exista alguien que  guíe o desee cambiar de actitud frente a la lectura.

Inculcar la lectura
En el colegio donde estudié mi primaria las autoridades nos inculcaron el gusto por los libros. Una vez por semana visitábamos la biblioteca y escogíamos entre las colecciones que los profesores ya habían preseleccionado para nosotros. Los títulos variaban, no siempre eran los que la mayoría de niños conoce. Sin embargo, a pesar de que eran dirigidos para enriquecernos nunca fueron los clásicos originales, sino versiones adaptadas o resumidas. Tuve que esperar varios años para leer el original de Pushkin: La princesa y los siete paladines y no la versión moderna que muchos conocemos como Blanca Nieves y los siete enanos.
Aunque los maestros cumplían con su intención de habituarnos a los libros, en pocos de mis excompañeros aprecié la maravillosa adicción a las obras literarias. Incluso se hablaba de «lo aburrido» que era leer las obras del plan de educación.
Con los años observé mermar las visitas a la biblioteca, la cual nos censuraba la posibilidad de escoger otros libros, incluso para niños, mientras no fueran las obras recomendadas. Y tenían razón, no me imagino en esos años leyendo El Decameron o La Filosofía en el Tocador. La última vez que visité esa sala de lectura la encargada me negó unas historietas de Ásterix aduciendo que no eran para mi edad (en ese entonces tenía once años), algo que sería impensable en Francia, puesto que el personaje es para niños. Desde entonces me conforme con los libros del plan de educación y los que estaban disponibles en mi casa. Después tuve que cambiarme de colegio y allí la biblioteca era un salón espacioso que aprisionaba una reducida cantidad de libros, visitados por raras personas, sin incluir a la gente que llegaba a sacar fotocopias. El resto llegaba al lugar para una reunión de clubes o para conversar porque lo utilizaban como salón de usos múltiples, mientras los anaqueles en los que figuraban Biblias, El Quijote y otras obras (que de seguro aún están empolvándose) eran olvidados entre unos barrotes que simulaban una celda.
La gran mayoría de salvadoreños no visita una biblioteca por placer, los que acuden a ellas es porque deben  realizar una tarea de la escuela o de la universidad. Los que gustamos de pasar las horas con un libro frente a nuestros ojos somos vistos como extraños por el resto.
Leer no sirve sólo para entretener, también para educar. Pero algunos creen que es una perdida de tiempo. En el campo algunos padres prefieren que sus hijos trabajen y no  estudien, entre tanto en las ciudades el problema es que no les inculcan que el conocimiento que adquieren les agrega un poco más a la vida. Y es una responsabilidad que comparten los maestros, preparar a sus estudiantes para el futuro y mostrarles que gracias a los libros mejoramos nuestra redacción, conocemos palabras nuevas, aprendemos historia, descubrimos datos y nos damos cuenta que el mundo tiene los límites que nosotros le pongamos y no los que creíamos que tenía. Esto sin enumerar la gran cantidad de beneficios que nos trae el conocimiento.
En mucha de nuestra gente está ausente el deseo de leer. De mis conocidos apenas un tres por ciento lee un promedio de cinco libros al año, y estos no representan ni siquiera el 0.01 por ciento de la población de El Salvador; mientras que en Japón, de diez personas, nueve leen el periódico, además se estima que leen 47 libros al año. Muchos alegan que sólo se trata de historietas de animé. Los japoneses no sólo leen esto, sino también literatura, tecnología y ciencia. Es una nación amante de las bellas artes y de la sabiduría. Logramos ver reflejados esos conocimientos en el desarrollo  económico, tecnológico y científico de su nación.
Alberto Masferrer.
Incluso naciones más cercanas como la mexicana, la mayoría de sus ciudadanos leen un total de 2.5 libros al año que puede variar en temas como la auto superación, la ciencia y la literatura. No es raro observar más de una persona leyendo en sus plazas, visitando a los libreros y los puestos de revistas. Deteniéndose por horas a hojear el contenido de las ediciones. Mientras que en Argentina sus ciudadanos leen  3.5 libros en seis meses, muestra una considerable ventaja frente a  El Salvador en donde ni siquiera existen datos acerca del tema.
Estas naciones tienen más hábito de la lectura  que nuestra nación y producto de ello es que también poseen un activismo y participación en los acontecimientos sociales, además tienen más escritores de renombre que nuestro país, a pesar que aquí también tenemos estupendos autores que por  la falta del hábito de la lectura no son conocidos.
Los países desarrollados tienen altos índices de lectores, conocen bastante más su historia y han leído a los más importantes autores de cada país. ¿Será por esta razón que estos llegan a alcanzar el desarrollo? Sí, una nación instruida es una nación que avanza y cumple sus objetivos, deja de lado la mediocridad, algo que nosotros aún no hemos logrado. Alberto Masferrer trató el tema, antes de 1930, en su ensayo Leer y escribir, y a pesar que han pasado 80 años, no se ha logrado modificar la ausencia del hábito de la lectura, incluso ha empeorado y si permitimos que las personas lean cada vez menos, es seguro que en el futuro serán menos participativas. Así que tomemos un libro y forjemos un futuro con más imaginación.

Extraído del Suplemento Cultural Tres mil, sábado 16 / octubre / 2010

viernes, 11 de julio de 2014

La pluma, el valor y la guerra

Por Mauricio Vallejo Márquez

Antes de explorar un mundo desconocido debemos de prepararnos, sino podemos perdernos. Eso es lo que nos ha sucedido en la historia de nuestras letras. Se habla mucho de la bibliografía de ibéricos, ingleses, estadounidenses, chinos. De creadores como Homero, Shakespeare, Cervantes, Neruda, García Márquez y de la imprescindible teoría literaria, pero poco se conoce acerca de nuestros prosistas y poetas. Aunque es necesario conocer la literatura universal, primero  debemos comprender la nuestra, la de autores que vivieron por años en este territorio, que hablan nuestro mismo castellano con esos modismos y palabras que nosotros discernimos, y así lograr una mayor dimensión uniendo ambas líneas de estudio. Es fundamental que continuemos explorando para saber  acerca de la tradición literaria en El Salvador, para que seamos parte de ella.
Jaime Suárez Quemaín
Alfonso Hernández
Es curioso que la mayoría de libros didácticos acerca del tema finalizan las crónicas de los literatos nacionales con la generación Comprometida, con la excepción de un par de casos como los libros de Rafael Francisco Góchez, que presenta a varios polígrafos posteriores a los Comprometidos. En artículos sueltos se mencionan algunos autores y se citan sus obras, pero no existe un panorama completo de los creadores cuzcatlecos, quizá por falta de datos o quizá por que la guerra pretendió que se olvidaran. Los pocos volúmenes editados acerca del tema ahondan en Roque Dalton, quien también es parte esencial de nuestros anales, pero dejan de lado a más de una veintena de escritores que le precedieron y que tienen propuestas interesantes. Chema Cuéllar, Ovidio Villafuerte, Suárez Quemaín, Mauricio Vallejo, Lil Milagro, Amada Libertad son nombres que deben estar presentes en nuestros libros, ellos al igual que sus compañeros dejaron una obra que es importante analizar para descubrir cuál es el eslabón que le falta a estas nuevas generaciones de creadores.
Mauricio Vallejo
Hay una deuda con los literatos de la guerra, por ejemplo la generación de 1970 nos mostró que la tradición de denuncia se mantuvo y que la Generación Olvidada no sólo la siguió sino que estos sacrificaron sus vidas por mantener firmes sus ideales para legar una costumbre de lucha más fuerte y que varios de los escritores de 1985 a 1992  compartieron entre la montaña, el fusil y la pluma. Muchos de ellos murieron aún más jóvenes que la Generación Olvidada.
Delfy Góchez

Es penoso que nuestro país no conoce esas historias. Los literatos jóvenes de ese entonces fueron valientes defensores del cambio y talentosos artistas que pudieron llegar lejos en el ámbito de las letras. Tal vez la muerte les impidió concretizar la calidad de sus materiales; sin embargo, los manuscritos y las publicaciones que dejaron son evidencia irrefutable que merecen un nombre en la literatura nacional, no sólo para ser mencionados, también deben ser estudiados. Toda literatura es parte de la historia de los pueblos, es nuestro responsabilidad no olvidar.

Extraído del Suplemento Cultural Tres mil,  Sábado 9 / octubre / 2010

jueves, 10 de julio de 2014

Amanece

por Mauricio Vallejo Márquez

Llegó el alba,
sólo llegó como la brisa del mar
vistiendo la noche
y en sus manos alzaba las risas
que hace tanto tiempo escuché en sus playas y montes
como si nunca se hubieran marchado.

Alba de otro tiempo
lejana y presente
llenando la jornada.


Llegó el alba e inundó de día el horizonte.


martes, 8 de julio de 2014

La herencia en la noche de Vallejo



Por Mauricio Vallejo Márquez

La sala está  lista. El moisés, la mesa y la ventana aguardan la noche y el silencio.
Con la sorpresa del trueno surgen los tambores emulando los golpes que la guardia daba en esos cruentos años en que tantos morían por amor. Indescifrables latidos que van carcomiendo el alma ante la posibilidad de un final. Se ve su rostro, ella tiene miedo. Observa, se lleva los brazos al rostro, danza, se vuelve, se retrae, inunda el escenario.
Las luces intensas y azules. Entra de nueva ella, en movimiento como el alba sobre la noche y es una luna que ilumina todo en busca del consuelo, de ese consuelo que se da uno en la soledad, y canta al alba. Saca de sus cajas los símbolos del tiempo para bordar un vestido con hojas y agua que se deslizan en su propio vestido y en sus pies de agua para de pronto no sólo conjugar el dolor de la desaparición, el temor y la esperanza en el futuro. Vuelven a sonar cada tanto los tambores, como aquellos pasos que dieron los soldados en la UCA aquella noche de noviembre de 1989.
Alza con su voz un vestido blanco, hecho de historia y de nombres, y  con una medalla que dice Mauricio Vallejo, un vestido que trae palabra y encuentro que transforma y llena. Un vestido para herencia, para ser legado de su hija. Sus ojos llevan a la niña, brillan, sus manos alzan el vestido hasta colgarlo en el muro, en la vida, como si fuera un estandarte.

La herencia es universal, la herencia de todos y tiene un nombre la persona que la labra, tras verla, entre palabras y escenas: Dinora Alfaro. Y nos lo mostró como una primicia en el Centro Cultural El Mesón, Tonacatepeque.

lunes, 7 de julio de 2014

Mauricio Vallejo volvió a recorrer las calles de su Tonaca


Por Mauricio Vallejo Marquez

No podemos olvidar. El que olvida no tiene certeza de dónde está parado ni de dónde estuvo. Simplemente vegeta entre la historia y no puede responderse a sí mismo de donde viene ni el porqué. No voy a olvidar ni a claudicar en cuanto esto. Mi padre es un desaparecido político, un hombre que fue separado de su familia cuando contaba 23 años y con un buen futuro por delante. Desaparecido por ser quien era, por pelear por causas justas, por creer que las cosas deben de cambiar para mejorar, por decir que en nuestro país existía represión e injusticias, por ser joven, por ser poeta. ¿Por qué entonces callarme? ¿Por qué vamos a callar lo que vivimos?
Una de las razones por las que se firmaron los Acuerdos de Paz es para que exista reconciliación, no olvido. Para perdonar debemos saber a quiénes y el porqué. ¿Serán tan valientes las personas que cometieron estos crímenes y que gozaron torturando a personas como padre,  para decir que lo hicieron? No. Tengo la certeza de que no hablaran, porque ahora desean que la gente olvide. Imagino lo duro que puede resultar para ellos al ver que hay personas que no olvidamos y que no sentimos esos deseos tan bajos (asesinar y torturar) como los que ellos sintieron y ejecutaron.
Una noche el pintor Manuel Bonilla me dijo que debía enterrar a mi padre. No es el único que me lo ha dicho. No sé si él es consciente de sus palabras, porque enterrar a mi padre en el sentido de aceptar su muerte es un hecho, sin embargo jamás voy a olvidar que fue desaparecido, torturado y asesinado, así como no se debe olvidar que se cometieron estos hechos. Claro, uno no es como ellos que ansían venganza, yo deseo justicia y verdad.
En el 2008 Tonacatepeque realizó el primer homenaje para la memoria de Mauricio Vallejo Marroquín. Carlos Fajardo fue el responsable al devolverlo a su pueblo y sacarlo ahí del silencio.


Desde el año pasado el encargado de coordinar el homenaje a Mauricio Vallejo  en su tierra es Rob Escobar, artista oriundo también de nuestro amado Tonacatepeque y quien desea firmemente sacar del silencio a todos los mártires y héroes de Tonaca. Es todo un ejemplo al ver su entereza, su solidaridad y participación. Colaboró en la pinta que se hizo en su casa y continúa con el trabajo de divulgación de la obra del muchacho Vallejo. Un gran abrazo, hermano Rob.

La conmemoración
En el Centro Cultural El mesón se realizó la conmemoración del 33 aniversario de la desaparición de Mauricio Vallejo Marroquín, coordinado por Rob Escobar. La conmemoración contó con el apoyo de Gremio de Artistas de Tonacatepque, Asociación Cultural Islámica Shiita de el Salvador, La Fragua de Arte y Cultura, Sociedad la noche de Vallejo, Casa de la cultura de Tonacatepeque y el Movimiento Mauricio Vallejo Vive!!!

La actividad contó con la moderación de Bilal Portillo, destacado orador y ensayista musulmán, quien cedió la palabra a Patricia Márquez, viuda del poeta, y a Josefina Pineda de Márquez, suegra, para que contaran acerca de la vida del poeta. De sus amigos se contó con Luis Silva que además de rendirle honor al recuerdo de su amistad, también leyó el Bombillo de Savia, cuento de Vallejo.
La música estuvo a cargo de Paty Silva, Carlos Rubio Calles y Margarita Navas Cañadas, quienes nos deleitaron con sus frescas voces y con la profundidad de las canciones que interpretaron.

Los poetas Hector Dennis López, Mercedes Cañadas de Navas y Jim Casalvé leyeron poemas que han escrito en honor al poeta tonacatepecano.  Escritos que muestran la sensibilidad de los cultores de la palabra por algo muy nuestro, lo vivido en la guerra.
El poeta Mustafá Al Salvadori leyó algunos de sus versos para referirse a la importancia de la lucha revolucionaria. Sus textos están cargados de una realidad que sigue latente.
La diputada del Parlacen, Gloria Anaya, pronunció unas palabras para recordar la lucha de los mártires en la guerra civil salvadoreña. Tras esto se desarrolló el emotivo testimonio de Mercedes Cañadas de Navas, quien presenció la desaparición forzada de Vallejo, quien además fue su compañera de estudios.
La danza estuvo a cargo de Marielos Juárez quien nos deslumbró con dos maravillosas piezas que nos hacen ver en Marielos un futuro prometedor en la danza.


El cierre de la jornada artística estuvo en la actuación de Dinora Alfaro, actriz y dramaturga que nos impresionó con un emotivo trabajo llamado la Herencia, en la que plasmó una obra universal inspirada en la vida de Mauricio Vallejo Marroquín y la época.
Tras esto se desarrolló una procesión con velas y flores para que la imagen del poeta recorriera las calles de Tonacatepeque hasta llegar a la casa donde vivió el poeta Vallejo, la procesión fue liderada por la voz y la guitarra de Carlos Rubio Calles. En el lugar se dejaron unas velas como ofrenda. Cada año el piso bajo la pinta se va llenando de cera, así como la obra de Vallejo Marroquín va saliendo a la luz.




viernes, 4 de julio de 2014

Cuando la madre del desaparecido habló


Por Mauricio Vallejo Márquez

Dicen que es la última fotografía en la que estamos juntos. Dicen, pero no lo sé. Y aunque así fuera, al final de cuentas seguimos juntos .
No lo conocí, pero al ir en busca de su historia me hace verlo como se ve a esos individuos ideales, tengo esa dicha extraña de tener un padre sin muerte. Lo admiro y lo aprecio, aunque no puedo recordar su voz y su rostro. Tenía un año y medio cuando lo desaparecieron. Y mi infancia no estuvo llena de sus historias, apenas recuerdo algunas ocasiones en que quise saber de él.
Mi abuela paterna, Mamá Yuly, me dio mucho amor y disciplina, pero poco de mi papá en mi infancia. El tema era cerrado, me decían que no le preguntara ni le comentara nada. Claro, el dolor a veces puede ser tan duro que conviene no sacarlo a luz. Una vez me impacté tanto ante una noticia que veíamos en la televisión que hablaba de torturas, de esas noticias que aparecen mientras ves cualquier otra cosa y hace que resurjan imágenes en nuestras memorias y, por supuesto, preguntas. No sé cómo se salieron de mi boca esas palabras, pero fluyeron: “Eso le habrá pasado a mi papá”. Mi abuela guardó silencio, se levantó. Mi silencio la secundó hasta que pude decirle: “mamá Yuly”. Yo no salía de mi asombro, no pude moverme y seguí  frente al televisor, de inmediato llegó el esposo de una tía a regañarme por eso. Me acusó de herir a mi abuela por preguntar esas cosas que no se deben de preguntar.
El silencio nos hace más daño. Al hablar de lo que paso se van sanando las heridas. No podemos negar que las cicatrices estarán ahí aun cuando se difuminen con el tiempo. Aceptar que las cosas pasaron nos hace levantarnos y seguir andando. Mi papá sabía que iba a morir, lo reafirmaba en sus escritos e incluso sabía que tras su muerte viviría. Así que yo no iba a negar lo que pasó, e incluso investigaría más y no dejaría de hablar sobre eso.
Al dejar de ser niño tuve menos fronteras para conversar con ella, y ella se abrió conmigo. He tenido dos abuelas fantásticas, y ella me abrió su corazón. Nos hicimos amigos y nos dijimos secretos.
Con los años mi abuela se suavizó mucho y pudimos conversar más, eso que dicen sobre el tiempo curando dolores parece cierto. Íbamos camino a Tonaca cuando me contó que mi papá le enseñaba sus escritos, le preguntaba si le gustaban o no. Y ella se sentía orgullosa de él.
Me contó del nivel de confianza, que a pesar de que la llamaba mamá, la mayoría del tiempo eran camaradas y él le decía su nombre: María Julia. Las historias fluyeron y me contó tantas cosas, como el día que se le acercó mi papá para decirle: “mi papá es judío”, y ella guardó silencio. Todos hacemos descubrimientos, ese día yo le contaba el mío. Secretos, confesiones, historias se fueron sumando a pesar del silencio que hubo cuando era niño.  Ella era una cornucopia contando.
Una tarde nos sentamos juntos a ver fotografías, a hablarme de ellas. Una de ellas lo mostraba pequeño: “Así estaba cuando hacía el pueblito”. Una publicación que él elaboraba a mano, en el que contaba las noticias del pueblo, también hacía los dibujos. Elaboraba varios ejemplares e iba por las calles del barrio a venderlo.
En la casa de los Vallejo había muchos libros. Eran lectores, pero buena parte fueron llegando porque a mi papá le gustaban. Me contaba mi abuela que incluso tenía crédito abierto en varias librerías y que ella llegaba luego a saldarlas. Pero los libros no podían faltar.
Son curiosos los caminos y los tiempos. Cuando ella enfermó de cáncer también hablamos mucho. Llegó a perdonar a los captores de su hijo y me dijo que pronto se iba a reunir con él. “No diga eso”, le dije. “No. Yo no voy a regresar, hijo”, me contestó. Le sonreí, esperando que se equivocara. Fue la última vez que la vi.

Los dolores tienen distintos grados. Me duele la desaparición de mi padre, pero imagino que el dolor de mi madre y mi abuela, su madre, debe de ser diferente. La primera quedarse viuda y como madre soltera sabiendo que su separación no fue voluntad de ninguno de los dos. La segunda añorando por toda su vida al hijo que le arrebataron seres insensibles llenos de odio. Al final de cuentas, no somos como ellos. Afortunadamente tenemos la capacidad de perdonar y no olvidar. La justicia siempre llegará y seguimos a la espera de ese día.

jueves, 3 de julio de 2014

Sólo era cuestión de observar


Por Mauricio Vallejo Márquez

Una vez le escuché a mi abuela hablar del cielo. No de ese paraíso religioso al que es normal mencionar los domingos, sino del firmamento, ese que vemos todos los días, pero que a veces olvidamos que está ahí. Ese cielo que cuenta historias y que en más de una ocasión entretuvo mis tardes cuando me tendía en el pasto a observar los cirros, nimbos, cúmulos, estratos y sus combinaciones. Recuerdo una tarde cuando vi un desfile de elefantes que se iban degradando hasta volverse tortugas y luego desaparecer. Relataba mi abuela que un pintor había defendido el color púrpura en sus pinturas ante Claudia Lars, quien fue maestra de ella. No sé sí la poeta negaba la existencia, pero sí que defendía la posición del artista. Tras esto, Lars afirmó que era cierto y se lo explicó a sus alumnas en su momento, entre ellas, mi abuela que contaba emocionada que lo había comprobado.
El cielo es así. Muchos colores se encuentran presentes. Y ninguna cámara es capaz de captar su maravilla, tal cual. Ninguna. Cuando estudiaba Derecho en la Utec podía verlo. A la espera de una clase salía a las gradas de metal y miraba como el cielo se iba llenando de nubes naranjas o violetas, todo dependiendo del ángulo de los rayos del sol. Cuando tenía clases en salones que daban al poniente era más notorio, así fue como tomé esta foto que reposaba entre mis archivos.
La tarde se encarga de colorearlo. No sólo es celeste, azul o cyan. Al llegar la tarde se ve el violeta, los naranjas y los amarillos, así como el rojo. Cómo no decir que en el cielo hay una naranja o una moneda, o aquella magistral imagen de Salarrué al afirmar que en el pozo había un colón de cielo. Todo da la impresión que el cielo se viste a su antojo y nos deja soñar que explicamos su forma, su ajuar y sus palabras.

Observar
Con mi hijo seguimos caminando. A él le gusta que nos acerquemos a la naturaleza, detenemos el paso y observamos. Y así como vamos descubriendo mutuamente la vida, también le damos forma y el color que percibimos. Hace poco le contaba esa pequeña anécdota de mi abuela. Mi hijo es muy curioso, de inmediato empezó a buscar tonos en el cielo y fue poniéndole cheque al color que descubría: violeta, azul, morado, naranja, amarillo, blanco. “También hay verde”, me dijo. “El verde de la esperanza”, le contesté. “No. El verde del cielo”. Y ahí estaba, era cierto, una línea verde bordeaba la tarde. Ahí estaba, sólo era cuestión de observar.

martes, 1 de julio de 2014

A no ensuciar


Por Mauricio Vallejo Márquez

No entiendo esa comodidad de arrojar la basura en cualquier lugar. No la entiendo. Las calles se van llenando de basura y por lo tanto nuestras vidas. Aun siendo nosotros cuidadosos de que eso no se dé. No arrojo basura, procuro reutilizar y reciclar. Sin embargo, la basura sigue acumulándose.
Nada pueden hacer las alcaldías, independientemente del partido político que sea. La gente en bandada decide tapizar las calles de empaques vacíos de boquitas, cera de chicle, latas, bolsas, cualquier cosa.  Un grupo de usuarios sube al bus y arroja una lata de gaseosa a la calle, un joven come un dulce y tira el envoltorio al suelo, un fumador arroja la colilla de su cigarro al suelo y lo patea.  Vivimos entre la basura.
¿Por qué no podemos cambiar esto? Tenemos una cultura indolente en la que poco nos importa el entorno, dicen. Sin embargo, existimos muchos que no queremos que esto continúe, no queremos que se sigan llenando de basuras las calles, los tragantes. No deseamos que los inviernos sean de tragantes tapados con inundaciones. Entonces, tenemos que encontrar soluciones.

Yo escojo no arrojar basura, así como reutilizar y reciclar. ¿Tú harás lo mismo?