domingo, 11 de enero de 2009

Las yemitas españolas


por Mauricio Vallejo Márquez
Mi madre realizó hace poco un viaje a España. Con un grupo de compañeros de trabajo hizo el arresto y abordó un avión que cruzó el Atlántico hasta llegar a la tierra de donde partieron siglos antes nuestros ancestros españoles. Claro que el viaje no era evidentemente de placer, aunque para los que consideramos el estudio como algo hermoso era eso. Mi madre se fue a estudiar a España un curso de Formador de Formadores, que trataba la forma en que se debe educar.
después de 14 horas de vuelo y una llegada limpia a Madrid la semana empezó para ella con mucho estudio y dedicación y además se encargó de buscar dulces, comidas, ropa, juguetes y otros enseres como aceite de oliva de primera (pues en casa sólo con ese se cocina) para preparar su “pam at tomato”.
Pues bien, regresó con queso manchego, mazapanes, mantecados, polvorones, aceitunas de primera, anchoas y otras hierbas que causaron deleite entre la familia. Claro que a mi hijo lo único que le interesó fue un pollito, calcetines de invierno, la camiseta del hombre araña y los carros. El chiquillo fascinado no paraba de jugar con todo eso y hasta la fecha ocupan el lugar de honor en su juguetera.
Lo que si causo furor y regocijo en mi madre fueron unas yemitas españolas que según ella eran de pelos, porque la reina Sofía las comía con frecuencia (según le dijeron) y era todo un lujo devorarlas. Tanta fue la fama de las dichosas yemas que mi esposa sintió una curiosidad sin límites por probarlas y lo hizo… sin embargo el sabor no fue tan agradable y la forzó a devolver lo poco que probo. Las dichosas yemitas no toleraron el viaje ni el calor del trópico y se averiaron. Tenían sus estelas verdes a los lados y olían a chuquía. Todo un caso, pues todo lo demás era una delicia, salvo los polvorones de limón que no me gustaron para nada. Mi hermana desconociendo lo que había ocurrido estuvo a punto de comerse las dichosas yemitas, pues de noche no le podía ver los honguitos que tenía. Menos mal, qué, como no es su costumbre, se decidió a pedir permiso antes de tomar acción de devorar. Y hasta la fecha se siente con el alivio de la vida. Sin embargo las yemitas fueron a parar a MIDES, a buscar a un zopilote desdichado o a convertirse en abono.
Veremos si vuelve a traer yemitas, porque al menos en casa preferimos el huevo de otra forma y no queremos repetir la experiencia de las yemitas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Vaya! el caso de las yemitas llegó hasta el blog. La verdad es que leí de corrido tres entradas, y sí ya empezaste a escribir, eso es bueno. Me gustó mucho el tono.

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Pues heme aquí, luego de un merecido tiempo de ausencia, más no de convicción.