martes, 15 de abril de 2008

Los años


Por Mauricio Vallejo Márquez
Era la primera vez que la miraba a los ojos. Ella era una niña, yo aún no cumplía los nueve. Es increíble que la atracción se sientan con tanta fuerza cuando uno empieza a vivir. Me enamoré de ella, sus ojos eran un relámpago. Cada vez que la veía se erizaban los vellos de mis brazos y las palabras se me perdían entre los labios; ella sabía eso, yo también le gustaba, como no gustarle, éramos el uno para el otro me decía a mí mismo.
Jamás pensé que nuestras vidas girarían tanto con mi ausencia, pasados los años yo no me atreví a decirle que la amaba, por esas cosas de la vida; conocí a otra niña, y la olvide. No recuerdo bien su nombre, creo que se llamaba Julia. Era morena, de rasgos finos, figura lo suficiente para su edad.
La guerra era el pan de cada día, balas aquí, balas allá. Miles de hombre con ideas diferentes.
Ya no viví más en esa casa, me largué. Pasaron los años y yo cambié. Como era natural, ella dejó de ser parte de mi mente, hasta el punto de olvidar su nombre e inventarme uno: Julia. Crecí, se me ensancharon los hombros, me convertí en un adolescente pero estaba solo.
Ese año regresé a la casa que dejé, todo había cambiado alrededor. Algunos afirman que hay cosas que nunca cambian, pero aún no las logro descifrar. Ella se había ido, contaba la gente que ya tenía dos hijos, que había engordado, que el tiempo la había maltratado. No le di tanta importancia, a no ser que aún guardara esperanza. Para mí era triste saber que ella no me había esperado. Eran tonterías de adolescente, ella no podía esperar a alguien que nunca le ofreció nada. Total, el tiempo pasa y yo, como todo, iba cambiando.
Una noche la vi, me contó que se había casado, que tenía una vida difícil, que su hermano se había hecho homosexual, que su madre se había suicidado y que se sentía miserable. No supe que decirle, me quedé callado e hice lo más prudente, escucharla y luego la perdí de vista.
Un día llegó el tío Moncho a la casa, como era de costumbre. Invitó a Edgardo y a mí a dar una vuelta y pasando por una calle donde habían prostitutas y allí estaba ella, era Julia, la misma niña. La mire a los ojos, como la primera vez, y quise tomarle las manos con una profunda tristeza. No podía creer que ella estuviera en eso. Edgardo le propuso acostarse con ella insistiéndole que si no lo hacia le contaría a todos. Yo no permití eso. Le dije que se callara y conversé con ella. Ella me contó lo mismo de siempre. No tenía excusa.
Cuando me despedí de ella, sin tocarla, siempre con ese recuerdo: una niña pura. Me di cuenta de lo injusta que puede ser la vida. No era tan noche, quizás eran las nueve. Aún hoy, que han pasado nueve años después de esa noche, ahora que yo tengo un hijo y una esposa, sigo creyendo que la decisión que tomó Julia de dormir con más de un hombre diferente cada noche, sin amarlo, sin sentirlo propio pudo ser un error, pero ella no tuvo otra opción. Creo que no puede haber algo peor, que ser violada, por la necesidad del dinero. Ahora ella rehace su vida en otro país, con otro hombre y llevando una vida digna. Lastima que tuvo que dejarlo todo para vivir tranquila, lo malo es que el pasado aún está allí.

5 comentarios:

mano dijo...

Mauricio desde Buenos Aires te invito a que te sumes a una literatura a costas de un "nosotros".

http://escribiendocomun.blogspot.com/

un saludo fuerte
Mano

fafa dijo...

[...]yo no me atreví a decirle que la amaba, por esas cosas de la vida[...]

[...]conocí a otra niña, y la olvide[...]

[...]lo malo es que el pasado aún está allí[...]

Me gustó este post pero aunque veo CRONICAS en la etiqueta, no me queda claro si es una historia verdadera, o es producto de tu habilidad poética. Bueno, como sea esta bastante bien.

Saludos.

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

GRacias Mano, llegaré por allí nomás escriba este comentario.

Aunque no lo creas Monge, es verdad y el Edgardo ese del que hablo es Chipopo. Esa vez sí que se portó mal el tipo.

Gabriel dijo...

Tu amor de infancia no tuvo un final feliz, me recordaste mi primer amor a los 9 años, ella tenía 13 y yo muy formalito me le declaré (le agradezco el tacto y la ternura con los que me dijo que no porque yo estaba muy chico para ella, desde luego, tenía razón).
Es de agradecerte poeta que tomes como materia prima tus vivencias y nos las confies a tus lectores.

Un fuerte abrazo
Gabriel Otero

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Gracias poeta Otero por tus comentarios y por compartirnos tu experiencia de amor. Esperamos siempre tus visitas y comentarios.