sábado, 5 de enero de 2008

El Negocio


por Mauricio Vallejo Márquez
Era una noche tranquila. Los árboles se dibujaban como diminutas sombras a la distancia. Los grillos le cantaban a la noche confundiendo su canto con la melodía del viento. En la casa, una vela iluminaba los cansados ojos de un anciano.
A pesar de sus años tenía una apariencia de roble. Vestía una camisa café y un pantalón ocre. Su barba se iluminaba con majestad. Parecía, por momentos, que iba a arder junto a la llama de la vela. Sus manos parecían ser las de un oso y no las de un hombre. Parecía un vikingo, que meditaba frente a una vela.
La noche avanzaba y el hombre no perdía la compostura a pesar de sus problemas, continuaba observando la ligera llama de la vela que se extinguía.
Cuando dieron las tres de la mañana alguien tocó su puerta. El hombre giró su rostro, como si alguien tocara sobre su hombro. Se levantó de la mesa y observó la puerta. Era muy noche para que fuera un amigo. Seguramente se trataba de algún ladrón, en noches anteriores había recibido varias visitas de esos irrespetuosos visitantes. El hombre se acercó a la puerta intentando no hacer ningún ruido. Afuera volvieron a tocar, una vez más otra, y otra más. El hombre comenzó a temblar, “¿Quién podrá ser?, se preguntó.
-Marcos, soy yo, Fabricio. Abrime la puerta que me andan buscando.
-Te creía en El Salvador. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No sabés que te pueden matar? –dijo el anciano.
-Ya es muy tarde para eso. Hoy di el gran golpe.
-¿Tenías que hacerlo? ¡Qué decepción me das! No era necesario. Me has tenido por dos meses lleno de temor. Creí que te habían asesinado.
Marcos invitó a pasar a su hermano. Cuando se le permitió entrar llamó a siete hombres que estaban a los alrededores.
-Y, ¿ellos quienes son? –preguntó Marcos.
-Son apoyo, varón. Uno tiene que cuidarse las espaldas, vos sabés. Aquí sólo están siete, pero hay diez más al otro lado de San Antonio.
En realidad eran nueve los que esperaban en san Antonio. Uno había muerto alcanzado por el proyectil de un policía.
Marcos observó detenidamente a Fabricio con incredulidad. Sabía que no era hombre de fiar. Siempre contaba “cuentos extraños” sobre el amor y la esperanza, y se dedicaba a vender droga y a asaltar bancos.
Así que extendió sus manos hacia los hombros de Fabricio y al asirlo le dijo:
-Hermanito, no puedo seguir cuidándote. ¿Cuándo vas a cambiar?
-Vos no sabés nada, oís
-No te voy a alojar en mi casa. Quiero que aprendás. Lo que hiciste está mal y no quiero meterme con ladrones. Me avergüenza que seas mi hermano. Fabricio tragó saliva y le dijo:
-Bueno Marcos, me tengo que ir. Pero quiero que sepás que te quiero.
Horas más tarde ocho hombres cruzaban Puebla callados, se podía escuchar a kilómetros de distancia el motor del Jeep, cuando uno de los hombres le dijo al salvadoreño:
-No lo hubieras matado, mano, no era necesario.
El salvadoreño guardó silencio y observó hacia el cielo y dijo:
-Este es un asunto de hermanos.
Y volvió a guardar silencio.

2 comentarios:

FaFa dijo...

Decile a Fabricio que digo yo que no hubiera matado a Marcos, no era necesario.

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Ya ves, cosas del destino y no hay que darle largas. El mismo Fabricio dice que es un asunto de hermanos.