viernes, 4 de enero de 2008

Y así empezamos



Esta devoción que tengo a la palabra tuvo un inicio. Al principio me costó recordar cual fue o al menos ordenarlo en tiempos porque fue hace tanto y existen innumerables historias de cómo sucedió.
Una de las anécdotas la cuenta mi abuela, Josefina Pineda de Márquez, quien afirma que yo elaboré mi primera imagen literaria a los dos años de edad. Ella afirma que dije: “Abuelita quiero ser una mosca azul para ir al cielo como mi papá y allí hacer una casita de nubes”. Ella repite siempre este suceso con evidente orgullo. Pero, creo que eso de escribir si lo tenía metido entre ceja y ceja, sino no hubiera peleado tanto por hacerlo, peleado con otros y conmigo mismo. No sé que edad tenía, pero fue antes de los 9 años, es sí. Escribía cuentos y le pedía a mi abuelo, Mauro Márquez, que los ilustrara. Teníamos un buen número de cuentos. Al final no sé quien los guardó si él o mi abuela. Claro que en esos tiempos no tenía ni migas de formación literaria, mucho menos conocimientos de técnicas y todo eso. Creo que el principal motivo de mi deseo era que mi papá había sido escritor y él era mi héroe. Quería hacer todo lo que él hacia: cantar, escribir, jugar ajedrez, ser revolucionario, etc. Por desgracia o por fortuna no siempre podemos ser iguales y muchas de las cosas que él hacia no las puedo hacer como cantar (en serio que lo hago muy mal), pero hubo otras que las hago y allí vamos cincelando el porvenir.
Quizá cerca de los 12 años todavía jugaba con carritos y muñecos (llámense ahora figuras de acción) y me inventaba historias, pasaba horas y horas y horas jugando, como ese clásico rasgo de personalidad que tengo de clavarme con las cosas. Y además de jugar también dibujaba, en esas libretas de dibujo me inventaba personajes, algunos de ellos todavía recuerdo: los hermanos anaranjados y Hombres en la Selva del Olvido. La segunda la escribí pretendiendo elaborar una novela. Fueron más de 90 páginas de esas pequeñas, quizá la mitad de una hoja tamaño carta. Estaba orgulloso de esa “novela” y se la mostré a medio mundo, entre ellos a don Neto, un profesor que ya murió, no sé si en verdad la leyó, pero igual el escribirla me motivó a seguir haciéndolo e hice otra que se llamaba Zipacha, está era más curiosa porque me inspiré en una estampa de un álbum de mitología, había una de un sujeto que en vez de pelo tenía flamas en la cabeza. Era loca la historia, si la quieren ver aún la tengo en mis archivos.
Nunca hay freno para una pasión y menos para una literaria. Escribí narraciones que a pesar de no concretarse como cuentos, allí hay varias historias.
Cuando tenía 13 ó 14 años le dije a mi abuela que quería aprender a escribir poesía. Ella, como típica maestra, comenzó a enseñarme y me atosigaba de romances, de sonetos (que no me salen todavía), de alejandrinos, de liras, de ovillejos y uff un sin fin de tipos para que al final me decidiera a hacer sólo verso libre. En esos años también tuve la instrucción de Luis de la Gazca, con quien siempre tuvimos conflictos de ideales, pero me ayudó mucho. Nada desmerece la métrica, pero yo preferí hacer mi propio ritmo y aún estoy a la búsqueda. En esos años me reunía con Rafael Mendoza López y pasábamos horas escribiendo y leyéndonos los escritos, y pasábamos otras horas jugando ajedrez y bebiendo vino y luego cerveza y así fuimos creciendo.
Sin embargo decidí ser escritor cuando el poeta Carlos Santos comenzó a instruirme. A Santos no lo conocí desde pequeño, a pesar de que lo veía caminar en la acera frente a mi casa, pues él vivía pocas cuadras de la casa de mi abuela. Allí iba él con sus lentes tamaño paila y un enmarañamiento en la cabeza que él llamaba pelo. Caminaba medio de lado casi como Pedro Navaja y me miraba porque yo me le quedaba viendo. En fin, fue un día en el parque san José, estábamos con un amigo de mi papá, Godofredo Carranza, con quien escribíamos “cadáveres exquisitos”. Entonces pasó Santos.
-¡Hey poeta grande! –dijo el maestro Godo
-Hola –dijo Santos. Mendoza, que también estaba con nosotros, se le quedaba viendo con extrañeza.
Lo invitamos a sentarse y le mostramos lo que hacíamos. Luego se fue. Poco a poco cultivamos una amistad con él. Carlos Santos tiene sus cosas, pero a mí me hizo un gran favor, no sólo al dirigirme en el mundo Literario y al revisar mis textos, y en darme un criterio diferente de la poética (aunque yo apoye más a Dilthey), sino también porque me dejó casi toda su biblioteca, la que guardo como un tesoro, pero aún así no se ha librado de las manos de mi sobrino y de mi pequeño Santiago que al vivir entre tantos libros, pues alguno ha sufrido la mutilación de sus lomos.

El otro maestro
Otro tipo que me ayudó mucho fue Geovani Galeas. Insistía en que leyera a Jorge Luis Borges, me prestaba libros de Borges, hablábamos de Borges. Claro que también de otras cosas. Por cierto aún no le devuelvo su libro Patente de Corzo, espero pronto reunirme con él y dárselo.
Pero una de las mayores instrucciones gramaticales las tuve cuando entré a un periódico matutino, allí aprendí muchas cosas. Qué es lo que le gusta a la gente, cómo ser más sencillo, cuándo escribir y tantas cosas más. Muchos se quejan del periodismo, yo no. Para mi fue una escuela, una etapa necesaria que debía pasar y me alegro de haber pasado. En esa temporada mi maestro fue Laffite Fernández. Antes de entrar al periódico se tomó el tiempo de instruirnos casi dos meses para que nos desempeñáramos bien dentro del periódico y luego pues lo buscaba para que me ayudara en cosas que no me salían muy bien y también se tomó el tiempo.
Pero en verdad decidí completamente ser escritor este fin de año, cuando mi madre al fin aprobó que su hijo, al igual que su esposo, es un escritor. Ya escribía, ya había publicado, pero no era profeta en casa. Hoy sí lo soy.

3 comentarios:

FaFa dijo...

Yo también quise ser escritor, pero después de fracasar en el intento me dediqué más a leer que a escribir. Tampoco la posía fue lo mio. Ahora estoy tratando de retomar eso que a mi modo de ver las cosas es una manera de reencontrarse con los sueños del pasado. Todavía no me aprueba mi madre. Saludos.

Llave maestra dijo...

Bonita historia, profeta de tu casa. He disfrutado mucho tu blog, es ìntimo pero una puede sentirse còmoda y comprenderlo casi todo.
Bienvenido entonces al club de los escritores declarados y de los blogueros desvelados.

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Pues así es la vida un constante mundo lleno de pruebas y de satisfacciones. Gracias Nora por tu bienvenida y gracias Rafael por andar siempre por acá.